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Para Paola Guevara, directora del festival, traer a un país invitado no es solo llenar estantes con novedades de las editoriales, sino brindar un pedazo vivo de su cultura. En años anteriores, delegaciones como Japón sorprendieron a la gente con calígrafos, pianistas, ceremonias del té y combates de sables a orillas del río.
Este año el Bulevar se llena de muestras gastronómicas donde la gente se reúne a hablar de recetas tradicionales como el mofongo y el sancocho dominicano. A esto se suma la Cinemateca de Santo Domingo, que trajo ocho películas y documentales recientes para que los caleños se acerquen al cine del Caribe.
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Puentes entre páginas
En la parte literaria, la mezcla entre historia y creación ha dejado sorpresas: uno de los temas que más ha llamado la atención con los autores dominicanos es el llamado "futurismo caribeño", una movida donde los escritores toman sus raíces y la memoria de su tierra para ponerlas a conversar con la ciencia ficción, la tecnología y el futuro.
También hay una propuestas de literatura infantil: entre los libros que trajeron hay uno ilustrado que se lee en ambas direcciones, de ida y vuelta entre Haití y República Dominicana. La historia muestra a dos niños jugando béisbol y pasándose la pelota de un lado a otro de la frontera. Es una idea sencilla y profunda sobre cómo los libros pueden unir a la gente y tender puentes donde hay diferencias.
Esa cercanía también se nota en la personalidad de ambas ciudades. Cali y Santo Domingo comparten la herencia afro, la pasión por la música y el clima cálido. Sin embargo, al comparar la logística de sus ferias, se llevaron una gran sorpresa.
La Feria del Libro de Santo Domingo se hace en un complejo cerrado con puertas y controles de entrada. Cuando los organizadores dominicanos vinieron a conocer la feria de Cali el año pasado, no podían creer que fuera un evento totalmente abierto, verde y sin muros a orillas del río, explicó Guevara. Allí entendieron que una feria del libro tiene que parecerse a la ciudad donde se celebra; en el caso de Cali, libre, fresca y abierta a todo el mundo.
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Además, los autores dominicanos mostraron un ingenio enorme para mover sus libros. A diferencia de Colombia, la industria editorial es más pequeña, por lo que muchos escritores independientes buscan formas creativas de llegar a los lectores. Varios de ellos compartieron sus obras mediante códigos QR o pintando grafitis interactivos en las calles de Santo Domingo para que la gente pudiera descargar novelas, cómics o capítulos gratis en sus celulares. Esa iniciativa por rebuscarse las cosas es algo que conecta mucho con la resiliencia y el espíritu de los caleños.
Cien mil razones para soñar
La editorial Planeta le regaló al festival un lote de 100.000 libros infantiles y juveniles, valorados en cerca de 3.000 millones de pesos. Para hacerse una idea de lo que esto significa, toda la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, que tiene más de 60 sedes, suma unos 300.000 libros. Se trata de la tercera parte de esa cifra.
Organizar la entrega de esa cantidad de libros viene ligado a un gran reto; por eso, el festival se unió con la Biblioteca Departamental para llevar las obras a bibliotecas comunitarias, fundaciones y hospitales del Valle del Cauca donde casi no hay libros para niños. En un momento donde los recursos públicos son apretados y comprar libros nuevos es difícil, este aporte llega como un respiro para la región.
De ese lote, 5.000 libros irán a la Fundación Valle del Lili para acompañar a niños hospitalizados que han tenido que dejar el colegio para atender sus tratamientos. De igual forma, muchos textos llegarán a entidades pequeñas como la Fundación Divina Providencia, que trabaja con niños pacientes de trasplantes y sus familias.
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Guevara lo explica mejor: "Cuando un niño está pasando por momentos difíciles en un hospital, un libro lleno de ilustraciones o una buena historia no es solo un regalo pedagógico: es una ventana para distraerse, sonreír, soñar y sentir alivio".
Para la directora de CaliLee la lectura sigue siendo una forma maravillosa de dar luz, acompañar y llevar esperanza a quien más lo necesita, desde aquellos primeros textos del siglo XV hasta los cuentos que hoy llegan a los hospitales.
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