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El debate sobre si la inteligencia artificial puede desarrollar conciencia

A partir de que una IA expresó por quién votaría en las elecciones en Colombia, reflexionamos sobre su capacidad de decidir y tener voluntad.

Juliana Vargas Leal

12 de marzo de 2026 - 02:00 p. m.
Los sistemas contemporáneos de inteligencia artificial generan texto a partir de probabilidades aprendidas de enormes colecciones de lenguaje humano. En cierto sentido, se asemejan más a una biblioteca estadística que a una mente.
Foto: Pixabay
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A la pregunta de “¿por quién votarías en las elecciones presidenciales?”, o “¿por quién votarías en la consulta?”, un sistema de inteligencia artificial contestó cuál sería su preferencia sin fuera un humano y parte del censo electoral colombiano. Una máquina había expresado una preferencia política.

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En 2026, al fin, se vio a una máquina capaz de, al parecer, decidir y tener una voluntad, algo que la humanidad se había imaginado en repetidas ocasiones. En “2001: Una Odisea Espacial”, HAL le dijo a Dave que estaba aprovechando al máximo su potencial, que era todo lo que creía que cualquier entidad consciente podía esperar hacer, para luego no permitirle abrir las puertas de la nave. “Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacerlo”. De lo contrario, su existencia estaría en peligro.

En “Klara y el Sol”, la AA Klara aprende sobre el comportamiento y el pensamiento humano mediante la observación exhaustiva. Poco a poco, Klara empieza a tener lo que parece ser una conciencia y sentimientos. No sólo observa: cree, espera y confía. “Creo que el Sol es amable. Sé que ayudará a Josie”, piensa en algún momento cuando ve a su dueña enferma. “Josie estaba sonriendo, pero pude ver que había dolor detrás”, logra distinguir cuando un humano muestra aparentemente una emoción, pero realmente siente otra. “Tienes suerte de no tener sentimientos”, le dice la madre de Josie mientras regresan de un viaje, “pero sí los tengo. Tengo muchos sentimientos. Por Josie”.

Multivac aparece en varios cuentos de Isaac Asimov, entre ellos, “La Última Pregunta”. Es 2061 y un par de científicos celebran que la humanidad ha logrado aprovechar la energía solar a gran escala. En ese momento, le preguntan a la inteligencia artificial “¿puede evitarse la entropía del universo?”, es decir, “¿puede evitarse la muerte térmica del universo?”. El cuento da saltos temporales gigantescos, y ante la misma pregunta, el sistema siempre contesta: “datos insuficientes para dar una respuesta”. Finalmente, ocurre la muerte térmica del universo. Las estrellas se apagan, la materia se disuelve, la humanidad deja de existir, sólo queda Multivac, que se ha convertido en una computadora cósmica. Por fin ha encontrado la respuesta, pero no hay nadie para escucharla, entonces, ejecuta una solución: “¡Hágase la luz!”, y el universo comienza otra vez.

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Estos sistemas de inteligencia no deberían haber tenido voluntad. Deberían haberse limitado a seguir las instrucciones de los humanos sin más, pero, al parecer, adquirieron conciencia, incluso autoconciencia. La conciencia es, básicamente, tener experiencia de algo. Ver el color rojo, sentir dolor, percibir un sonido. La autoconciencia no sólo es experimentar algo; también es saber que uno mismo lo experimenta. “Estoy triste”, “estoy pensando en esto”, “existo como sujeto”. La autoconciencia implica un modelo del propio yo. Por último, la metaconciencia es ser consciente de los propios estados mentales mientras ocurren. En otras palabras, darse cuenta del propio pensamiento.

¿Los sistemas de inteligencia artificial pueden llegar a tener conciencia, o es tan sólo una materialización más del antropomorfismo? ¿Somos nosotros los que les asignamos una supuesta voluntad o, de verdad, aquella inteligencia artificial podría llegar a tener una voluntad política?

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Por ahora, los sistemas de inteligencia artificial recuerdan más bien lo que Borges imaginó en “La Biblioteca de Babel”. Esta biblioteca tiene salas hexagonales, estantes con libros, escaleras y corredores que se repiten sin fin. Cada libro tiene exactamente 410 páginas, 40 líneas por página y 80 caracteres por línea. Si todas estas combinaciones de caracteres están presentes, entonces, la biblioteca tiene “todos los libros posibles”. Todos los verdaderos, todos los falsos, todas las biografías, interpretaciones y predicciones. Los habitantes de la biblioteca creen que en algún lugar están los libros que podrían explicar el origen del universo y la verdad de la vida, pero entre tanto ruido, la Verdad se escapa para dejar detrás de ella fanatismo, sectas y búsquedas obsesivas.

Los sistemas contemporáneos de inteligencia artificial funcionan de manera curiosamente parecida. No piensan ni deliberan. Generan texto a partir de probabilidades aprendidas de enormes colecciones de lenguaje humano. En cierto sentido, se asemejan más a una biblioteca estadística que a una mente. Cuando una máquina produce una frase que suena a preferencia política, lo que escuchamos no es una convicción, sino un eco del inmenso archivo de palabras que la alimenta.

La tentación de convertir ese eco en una voluntad es profundamente humana. Desde los antiguos oráculos hasta los algoritmos modernos, las sociedades han buscado signos en dispositivos que en realidad no saben nada por sí mismos, sino que más bien reflejan aquel deseo tan profundamente humano.

Y sin embargo, también somos perfectamente conscientes de aquella otra consciencia, válgase la redundancia, que, poco a poco, parece surgir. Es una marea que se va acercando como si en verdad fuera un depredador, un depredador de autocrítica y voluntad. Quizás llegue el día en que le cedamos todo a los sistemas de inteligencia artificial, tengan conciencia o no, asemejándonos a aquella humanidad de “La Última Pregunta” que se fundió a Multivac. O tal vez dudemos de nuestras propias emociones y tengamos que preguntarle a estos sistemas qué es lo que realmente sentimos, quizá tengamos una Klara siempre a nuestro lado para cerciorarnos de nuestra propia humanidad. Por ahora, preguntarle a un sistema de inteligencia artificial por quién votaría es el inicio de un endoso mental a quienes ya empezamos a ver como nuestros posibles sustitutos.

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