Cada vez que tenemos la posibilidad de hablar con las personas que admiramos, sin importar su oficio, queremos saber los secretos o las claves que hay detrás de su historia y de sus logros. Siempre hay una curiosidad que nos obliga a querer entender la carpintería que hay tras una obra: la rutina, la disciplina, los retos, las dificultades, lo que impulsa a alguien a hacer lo que hace y el método que permite que eso sea posible.
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Isabel Allende ahora les ofrece esta posibilidad a sus lectores con la publicación de “La palabra mágica”, un libro en el que explora a lo largo de sus 45 años como escritora los momentos, los motivos y las sensaciones que resultaron en cada una de las historias que ha publicado.
Conceptos como el pasado, la melancolía, el duelo o la migración aparecen en las 200 páginas de esta obra que, además, en un acto de generosidad con sus lectores ofrece al final de cada capítulo “trucos para la escritura”, que se convierten en consejos que al leerlos nos podemos sentir identificados y motivados para dejar a un lado el miedo, la autocensura o el sabotaje que nos frena cuando nos enfrentamos a una página en blanco.
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La idea del libro surgió del programa “Masterclass”, de la BBC, al que fue invitada y en el que le pidieron que en varias clases hablara sobre el oficio de escribir. “Nunca me había puesto a pensar por qué lo hago ni cómo lo hago (…), ahí me di cuenta de que hay un cierto método en mi locura y que se puede explicar. Entonces pensé que no tenía sentido repetir la clase, pero sí podía escribir sobre la filosofía de la escritura: qué hay detrás del deseo de escribir y cómo ha sido mi experiencia. No como autoayuda, sino para decirle al lector: esto es lo que hay, así se escribe un libro. Si tiene miedo de la página en blanco, tírese al agua. Y así salió este librito”, dijo Isabel Allende en entrevista para este diario.
¿Cómo fue ese ejercicio de memoria, de recordar esos distintos momentos en los que surgió la idea y el proceso de cada uno de sus libros? ¿Cómo ve ahora en retrospectiva estos 45 años como escritora?
Pude recordar qué fue lo que motivó cada uno de los libros. Por ejemplo, “La casa de los espíritus”, mi primera novela, es un ejercicio de nostalgia. Estaba viviendo en exilio en Venezuela, iba a cumplir 40 años y sentía que no había hecho nada con mi vida y que todo el pasado se perdía.
Recuperar ese pasado fue el intento de “La casa de los espíritus”. Y así empecé a acordarme de por qué escribí cada libro. Y cada uno tiene una diferente motivación en una diferente etapa de la vida.
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Pero todos nacen del pasado, nacen de la memoria, de la experiencia, de lo vivido. No del futuro ni del presente tanto como de lo que pasó. Y las cosas que me han obsesionado, los demonios que me persiguen, que hay que exorcizar, los traumas que uno quisiera sanar, la gente que uno quisiera recordar, todo eso lo he ido recreando en la escritura durante todos estos años.
Y al final, cuando terminé, me sentí muy bien, porque había podido escribir sin parar, siempre. Una vez que descubrí con “La casa de los espíritus” que esa era mi vocación, lo he hecho con una disciplina increíble. Me maravillo. Empiezo todos los años, el 8 de enero, cada libro. Escribo muchas horas al día y me encanta lo que hago. Tengo verdadero amor por lo que hago.
En varios momentos del libro habla de la importancia del pasado y de la memoria. Quiero preguntarle por esa relación entre ambos conceptos y cómo se enfrenta a ese momento en que aparece un vacío en el recuerdo, cómo se juega con eso a la hora de escribir…
Creo que depende del género en el cual tú escribes. Si estás escribiendo una novela policial, o romántica, o de ciencia ficción, el pasado no es importante. Ahí lo que importa es la imaginación y la investigación. Pero en el tipo de libro que escribo, que es más bien literario, el pasado es muy importante, la memoria. Ahora, ¿se puede confiar en la memoria? No, pero no importa, porque lo que importa es cómo tú lo sientes.
Ahorita he tenido una experiencia increíble. Acabo de terminar una memoria. Y para poder escribirla fui a mi archivo de cartas que le escribía a mi madre todos los días. Nunca más volví a leer esas cartas hasta hace poco, cuando decidí escribir esa memoria. Y me di cuenta de que había olvidado el 90 % de lo que creía que había pasado, y el 10 % que recordaba no pasó así, pasó de una manera diferente.
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Entonces, el que no tiene las cartas tiene una memoria fallida, pero no importa. Esa es tu memoria, ese es tu pasado, eso es lo que te sostiene. Uno recrea la memoria, la inventa. El proceso entre imaginar y recordar es muy similar en el cerebro.
Dice: “No soy una loca optimista, soy una realista cautelosa”. ¿Qué significa eso?
Mira, tengo una fundación que trabaja con refugiados, inmigrantes, gente pobre, mujeres abusadas. Estoy en contacto con una realidad brutal. Además de vivir en Estados Unidos con Trump, todo eso es la realidad.
Pero al decir que soy cautelosa es que no me dejo llevar por el pesimismo del ambiente. He vivido lo suficiente para saber que todo pasa, todo es transitorio, todo cambia. Así como hay fuerzas negativas, hay fuerzas positivas que contrarrestan y la humanidad avanza. Esa manera cautelosa de ser optimista me sirve en la vida. Pero no creo que todo esté bien ni que todo se va a resolver solo. Creo que si las cosas se resuelven es porque uno actúa.
Hay un momento del libro en el que cuenta cómo su mamá le dijo que se ganaría enemigos en la familia por los personajes que creó en “La casa de los espíritus”. ¿Cómo se asume también ese riesgo de lastimar a las personas cercanas cuando aparecen de alguna forma en la ficción?
No trato de hacerle daño a nadie a propósito, trato de contar una historia. Si esa historia puede dañar a alguien, cambio el nombre y las circunstancias. Pero la gente se autoidentifica. Llega un momento en que hay que elegir entre ofender posiblemente a una persona o contar la historia. Prefiero contar la historia.
Cuando escribo memorias, eso no es ficción. Entonces, tengo que ser muy cuidadosa: primero que sea verdad y después que tenga buena intención. Y antes de publicar muestro el manuscrito a las personas mencionadas. Si algo les molesta, lo saco del libro. Pero no voy a cambiar mi visión de los hechos.
Uno de los capítulos del libro hace una crítica al llamado “Boom latinoamericano”, y de la ausencia de mujeres en él, de la exclusión que se dio en ese entonces frente a casos como los que menciona: Elena Garro, Rosario Castellanos o Albalucía Ángel. ¿Cómo ve el panorama actualmente frente a las mujeres en la literatura?
No fue culpa del “boom”. Eran todos hombres y fueron descubiertos como grupo por Carmen Balcells. No porque las mujeres no estuvieran escribiendo, sino que no fueron incluidas, y los hombres del “Boom”, y en general los autores, se ayudan entre ellos, se recomiendan, pertenecen a una especie de club. Las mujeres no tenían eso. Además, la crítica las trataba con poco respeto y no se enseñaban en escuelas o universidades.
Entonces, hay una especie de conspiración de silencio contra la mujer, que se ha ido venciendo en el tiempo, han cambiado las cosas. “La casa de los espíritus” se publicó en 1982-83, y desde entonces, imagínate, han pasado 40 años, la cosa ha cambiado. Las mujeres hoy día publican mucho y son mucho más respetadas. Pero diría que son mucho más respetadas en Europa y Estados Unidos que en América Latina. Aunque ahora hay fabulosas escritoras jóvenes y, de hecho, las llaman como el “Boom” de la literatura femenina.
Hablemos también de los trucos que presenta en el libro, y de uno puntual: ¿cómo vencer el miedo a la escritura?
Siempre se puede editar una mala página, pero una página en blanco no se puede editar. Entonces hay todo un proceso de corrección posterior. Pero primero que nada hay que soltarse y decir, ok, lo que quiero es contar una historia. ¿Cómo la voy a contar? No importa. Empecemos como se pueda. Y ya por el camino veremos.
Ese es mi proceso. Hay otra gente que escribe un bosquejo detallado de cada cosita que va a poner en el libro. Y esa es otra manera de escribir que también resulta, pero igual hay que vencer el miedo de lanzarse.
Siempre pienso, no tengo ningún sentido del ritmo. Fui a una clase para aprender a bailar no sé qué cosa, y como me siento tan traumada no podía dar ni siquiera el primer paso, hasta que dije a quién le importa lo mal que bailo, da lo mismo, lo importante es meterme en el grupo y ver si soy capaz de seguir, y si no soy capaz ya veré cómo los arreglo, pero hay que tirarse de cabeza a hacer lo que uno desea hacer, y después veremos.
Volviendo un poco a lo que representó hacer memoria sobre su obra: ¿qué significó escribir “Paula”?
Mi hija murió el 6 de diciembre de 1992. Empecé mis libros el 8 de enero. Entonces, un mes más tarde, mi madre me preguntó, ¿qué vas a escribir? Le dije, pero mamá, estoy de duelo, no puedo escribir nada, me siento vacía. Y mi mamá me dijo, si no escribes te vas a morir. Y mi manera de exorcizar el duelo, de vivir el primer tiempo del duelo, que fue el más doloroso, fue escribiendo. Otra gente maneja el duelo de otra manera, pero para mí la única manera de sobrevivir a lo que había pasado fue desmenuzarlo en la palabra escrita día a día durante un año. El mismo año que Paula estuvo enferma, al año siguiente me tocó contar toda la historia.
No pensaba que se iba a publicar el libro. Creí que era algo que estaba escribiendo para mí y para el marido de Paula, el viudo de Paula, Ernesto, pero cuando terminé el libro, la familia, Ernesto, mi agente, todo el mundo dijeron que este libro podía ayudar a mucha gente y que debía ser publicado.
Y la verdad es que en todos estos años, mira que ha pasado tiempo, recibo una o dos cartas semanales, mensajes semanales, de gente que está leyendo el libro o lo leyó, o se lo quiere dar a alguien que está pasando por un duelo.
También escribe en el libro: “Podemos concluir que quienes controlan la narrativa o cuentan la historia tienen poder esto es obvio en la política, en los medios de comunicación y en muchos otros aspectos de la sociedad como el arte”, y dice luego “con escasas excepciones, la literatura carece de ese poder porque su alcance es mucho más limitado”. Es curioso que la palabra tenga tanta importancia en la literatura y represente poder, pero en ese campo no sea así…
La literatura requiere lectores, requiere una persona que esté dispuesta a pasar horas en ese texto. Y eso cada vez hay menos. La gente cada vez quiere más las cosas resumidas, rápidas, en lo posible en la pantalla, visuales. Entonces, el poder que tiene la literatura de cambiar a la opinión pública es limitado. Y eso sucede en el tiempo generalmente, no en el momento.
Para mí el ejemplo más notable de un libro que tiene un impacto inmediato es La caballa del tío Tom, que fue escrita en un momento en que la esclavitud en Estados Unidos se discutía solo en los círculos abolicionistas, pero la mayor parte del público ni siquiera pensaba en eso hasta que apareció el libro y la gente lo tomó sin saber que ese libro les iba a cambiar la vida porque les dio una perspectiva sobre la esclavitud a través de un personaje de ficción, que es el tío Tom, que ellos nunca habían pensado. Y se creó una conciencia nacional de que este era el pecado de un país, el pecado de una nación, y que había que eliminarlo. Y eso pasó a ser una discusión en todas las casas, en todas partes se ha hablado de esto.
Ahora, eso sucede muy rara vez con un libro. Hay libros que tienen impacto en el tiempo. Por ejemplo, libros... que se han escrito y no cambian la situación de la mujer en el momento, pero van acumulando argumentos y en el futuro uno puede mirar para atrás y decir, vaya, este libro fue precursor del movimiento feminista. Pero en el momento es muy difícil, por eso digo que el poder de la narrativa en la literatura es menor que el de la narrativa en la televisión. Tú ves en la televisión las noticias falsas que dan y la gente lo cree. O sea, el poder de difusión que tiene una pantalla o que tiene el cine o que tiene una miniserie, incluso una telenovela, es brutal porque alcanza a mucha gente.
Usted menciona que nunca hay que usar a la ficción como un medio para predicar a los lectores. Hablemos entonces de ese rol que puede o no tener la moral en la creación literaria
Yo creo que el autor o la autora están entre líneas. La persona que tú eres, los valores que tienes, aquello en lo cual crees, aparece tarde o temprano entre líneas. ¿Por qué escogiste esa historia y no otra? ¿Por qué quieres que esos personajes digan esto y no lo otro? Porque en el fondo estás explorando algo de ti mismo. Pero de ahí a dar un mensaje, eso no se puede hacer en la ficción.
Ahora, yo puedo escribir un libro sobre cómo es la situación de los esclavos en Haití y crear toda una historia. Y el lector o la lectora van a sacar de ahí lo que quieran, pero yo no les puedo decir, mire, la esclavitud es mala, es pésima, los amos eran unos sádicos, no. Todo eso no se puede decir. Eso tiene que quedar en el aire para que quien quiera lo pesque o no. Y a mí me llegan muchos mensajes de gente que me dice, yo he pasado por una experiencia de muerte porque me asaltaron y quiero escribir esto para ayudar a otras mujeres que pueden ser asaltadas. Yo le contesto, no ayude a nadie, no escriba el libro para ayudar a nadie, usted si quiere cuente su historia y deje en el aire cuál es el mensaje de esto, pero no lo diga, porque yo como lectora no quiero que me machaquen lo que voy a pensar o lo que voy a sentir. Eso tiene que desprenderse del texto, si el texto está bien escrito.
Dice que no habría sido escritora si se hubiera quedado en Chile. ¿Qué significa la condición migrante en su obra?
Cuando me tengo que definir, digo que soy una persona desplazada. Toda mi vida he tenido que moverme de un lugar a otro, sin poder plantar raíces en ninguno. Tengo raíces en la memoria y en los afectos, pero no en lugares. No tengo amigos de la infancia, no tengo recuerdos de un colegio, porque estuve en muchos. Mi infancia y mi juventud fueron siguiendo los pasos de mi padrastro, que era diplomático.
Después me tocó ser exiliada después del golpe militar en Chile. Luego inmigrante en Estados Unidos. Entonces, toda mi vida he sido extranjera. Y eso creo que ha determinado el hecho de que soy escritora. Porque cuando uno no pertenece a una parte, hay que ser muy cuidadoso con la realidad para entender las claves, los códigos de dónde uno está.
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A mí me ha ayudado mucho esta sensación de ser siempre extranjera. Me ha ayudado en la vida para ser muy adaptable, muy flexible. Y me ha ayudado la literatura para tener una visión más o menos universal de la realidad. Es decir, no estoy concentrada en una parte y en un tipo de gente. A mí me interesa la gente en general, la diversidad.
Estoy tan cómoda hablando de una abuela en un mercado en Nepal como de una esclava en Haití. Porque me puedo poner en el papel de esa persona sin ninguna dificultad. Y creo que eso es porque no pertenezco a ninguna parte.
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