A Boyacá, al menos en los últimos años, la habíamos visto retratada y narrada en las crónicas de los ciclistas colombianos. En esas montañas y en esa altura se han contado y han surgido varios de los llamados escarabajos que han dejado el nombre de Colombia en los puertos más altos del deporte de las bielas. En la literatura, resulta interesante y puede ser un motivo de celebración que aparezca un libro como el que escribió Isabel Botero, que nos sitúa en los paisajes de este departamento y que cuenta cómo es la vida lejos de los afanes de las ciudades capitales.
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Más que la historia de la profesora que se va a trabajar a Tunza para sobrellevar el duelo por la muerte de su mamá, La envidia, la novela de Botero, presenta una estructura coral en la que varios de sus personajes asumen el protagonismo en distintos momentos de la narración para, precisamente, retratar la vida en las montañas de Boyacá.
¿Por qué situar la novela en Boyacá?
Bueno, yo en el 2019 llegué a esta vereda a pasar una temporada en la casa de una prima. Mi abuela era de Tunja y mi familia ha tenido vínculos con esa región. Entonces me fui para allá en principio como a pasar las vacaciones y también buscando un lugar y un espacio para empezar a escribir El edificio Wolf, que es mi novela anterior.
Llegué a pasar una temporada como de dos meses y, efectivamente, empecé sobre todo a leer bastante para investigar para esa otra novela. La pasé tan bien y me sentí tan conectada a este lugar, a estas personas, que seguí yendo recurrentemente dos, tres veces al año; procuraba quedarme temporadas largas y lo sigo haciendo. Se convirtió en mi lugar, en el lugar donde me siento más a gusto, creo que en el mundo.
Terminé El edificio Wolf y en 2023, cuando ya se publica, surge como ese silencio que a veces aparece cuando uno termina algo: esa pregunta tan natural de “¿qué sigue?”. Y me di cuenta de que, durante todos esos años que estuve yendo, había una historia que yo tenía por ahí en el inconsciente, creo yo, y me puse a escribirla.
Hablemos de cómo retrata el paisaje de Boyacá: el páramo, el frío. La naturaleza aquí juega un papel importante, e incluso, si es correcto, parece que también se refleja una preocupación por el cambio climático, pues en distintos momentos se habla de una sequía en la región...
A mí lo que me pasó desde esa primera vez que fui a Boyacá es que hay algo en ese paisaje que me conmueve profundamente. Me pasa también en el mar y en otros lugares, pero lo de ese lugar es muy fuerte. De hecho, los primeros años —y todavía me pasa— salía a caminar y volvía con cuarenta fotos. No puedo dejar de registrar eso que estoy viendo.
Quería transmitir esa conmoción. La naturaleza muchas veces es un telón de fondo, un escenario donde transcurre la vida humana, pero yo quería que tuviera más agencia, que estuviera mucho más metida en la historia. Finalmente, todos somos parte de la naturaleza. No quería esa separación entre “humanos por aquí, naturaleza por allá”, porque es una interacción. Y la vida de los campesinos está a merced de esa naturaleza; viven a expensas de ella. Es un intercambio.
Ese fue uno de los retos más grandes. Me daba susto, sentía que no iba a ser capaz de describir algo luminoso sobre eso. Admiro mucho a quienes escriben la naturaleza con tanta sensibilidad. Pero intenté contarlo con mis palabras, sin rebuscar, sin hacer piruetas, manteniendo la simpleza del lenguaje. Eso vino de años de observación muy presente, casi sin saberlo.
Sobre el cambio climático, no lo hago explícito, pero sí sé que en esa región el clima es muy extremo: soles bestiales, noches frías, y ahora todo es más impredecible. Quise reflejar eso. Hay sequías, luego granizadas de la nada. No quería una naturaleza bucólica: la naturaleza también puede ser amenazante, sombría, melancólica, como el páramo.
La portada muestra esos árboles flotando: es un embalse artificial, tierras inundadas. Esos árboles pertenecen al pasado y siguen ahí de pie. Siempre quise fotografiarlos. Este año, por la sequía, el embalse bajó mucho y se crearon islas —las colinas de antes— y pude acercarme. Esos árboles hablan de ese mundo sumergido, que también siento como un pasado de mi familia, y de la gran sequía.
Creo que logra con precisión reflejar un ritmo de vida distinto en este libro.
Es una falsa calma. Cada personaje vive cosas muy fuertes. No sé cómo logré esa paradoja. El ritmo no es lento necesariamente, pero la sensación sí. Creo que se debe a cómo se manifiestan las cosas: a través de acciones cotidianas, no extraordinarias. Hay un par de momentos extraordinarios al final, pero el resto es cotidianeidad. Parecería que no pasa nada, pero si pones la lupa, están viviendo cosas extraordinarias dentro de la monotonía.
¿Qué le permite a un narrador escribir una novela con una estructura coral y por qué quiso escribir este libro de esa forma?
Creo que esta estructura la descubrí muy pronto. Hace poco, dando unas clases, volví a leer un texto de Vivian Gornick, en La situación y la historia, donde dice que la forma no se escoge, sino que se descubre. Yo lo siento así: el tema exige su propia forma.
Descubrí rápidamente que esta novela tenía que ser coral porque me interesaba hablar del sentido de comunidad. En esa vereda hay un contraste precioso: son personas solitarias, aisladas; desde la casa donde me quedo no se ve ninguna casa vecina. Pero al mismo tiempo hay una comunidad muy fuerte.
También porque la estructura heroica —un protagonista que carga todo— convierte a otros personajes en excusas utilitarias. Yo no quería personajes utilitarios: quería que todos brillaran, que todos tuvieran algo importante viviendo.
El reto es iluminar a todos por igual. Algunos quedan más desarrollados que otros. Ya escuchando a lectores, unos se conectan con un personaje, otros con otro, y eso me gusta: la novela es polifónica no solo por las voces, sino por las formas de leerla.
La profesora afirma en el libro que irse lejos es una manera de armarse nuevamente tras haber perdido a su mamá, quería preguntarle por esa idea.
Este personaje tiene alguna carga autobiográfica. A veces he pensado que inventé todo el resto del libro para poder hablar de ese duelo. Pero no quería la estructura manida del citadino que llega al campo y a través de él descubrimos todo. Esa posibilidad la descarté. Quise que la profesora fuera un personaje más, aunque aporta esa mirada de forastera que ayuda a narrar el espacio.
Ella está viviendo el duelo por la muerte de su madre. Busca un lugar donde transitar eso de forma íntima. No siento que sea una huida evasiva; está enfrentando lo que debe enfrentar, pero en soledad. Y luego descubre que no está tan sola: la vida comunitaria también la transforma. Creo que cambiar de geografía a veces nos sirve para vivir cosas nuevas, aunque uno siempre se lleve a sí mismo.
“La envidia la ha hecho descubrir ese deseo que tenía guardado”. Hablemos del título del libro y de lo que encierra esa afirmación.
La palabra “Envidia” tiene dos significados. Uno es un lugar llamado La Envidia, con mayúscula: existe realmente, y ese fue el detonante de la novela. Un vecino le puso así a su tienda por una pelea.
Pero también reflexioné mucho sobre la envidia: lo molesta y dañina que puede ser. En la presentación con Piedad Bonnett, un primo de mi papá dijo que la envidia es que tú tienes un sembrado de papa y tu vecino también: la envidia no es querer lo que él tiene, sino desear que a él se le dañe el cultivo. Eso me pareció muy preciso.
Aquí diferenciamos entre envidia buena y mala. Es curioso que sea la única emoción con ese doble filo. La envidia buena es cuando descubres que tú también quieres algo, no cuando deseas que el otro lo pierda.
Para mí la envidia funciona como un líquido revelador de fotografía: hace emerger la imagen de lo que deseamos, incluso cosas que no sabías que querías.
Hay una idea recurrente: que las emociones necesitan tiempo para sedimentarse.
Lo pensé mientras transitaba mi propio duelo. Es la muerte más cercana y más trascendental que he vivido. Entender que no vas a volver a hablar con esa persona lleva tiempo. Mi madre murió en 2018; siete años después, aún a veces tengo el impulso de llamarla. Algunos duelos necesitan toda una vida para entender sus implicaciones.
En el pueblo hay dos iglesias, ambas tienen que ver con la época del bipartidismo y el Frente Nacional. Incluso hay una frase que dice: “la fe no tiene colores”.
En el pueblo cercano a la vereda donde me quedo realmente hay dos iglesias en la plaza. Una vez fui a la curia a pedir información y fue complicadísimo, así que empecé a preguntarle a la gente. Me contaron que en la época de la guerra bipartidista había una sola iglesia, pero destruyeron al Cristo a machetazos. Entonces construyeron otra. Una estaba pintada de azul y la otra de rosado, hasta que un cura decidió pintarlas blancas porque “la fe no tiene colores”.
No menciono el nombre del pueblo porque no quiero que la gente empiece a identificar el lugar real. Prefiero mantener la ficción y que esto pueda ser muchas veredas posibles.
El bipartidismo en Boyacá fue muy cruel, y pensé si debía ser más incisiva, pero sentí que era otra historia, otro libro. Aquí aparece de manera sutil.
El día del lanzamiento del libro usted afirmó que si algunos escritores la escuchaban, la podían regañar al usted decir que en este libro no le quiso hacer daño a nadie. ¿Ese riesgo siempre está latente en la escritura?
La materia prima de los escritores es nuestra vida y la gente que nos rodea. Inevitablemente los personajes terminan teniendo rasgos de personas reales. Algunos autores trabajan desde un registro muy autobiográfico y exponen directamente a los suyos.
En mi caso, estos personajes están basados en personas reales de esa vereda. Ellos mismos pueden reconocerse. Pero también me tomé muchas licencias: nombres nuevos, historias inventadas. El espíritu del personaje sí se mantiene.
Mi pacto con ellos es ese: invento, transformo, pero también cuido. Paso horas con ellos, escucho sus historias, comparto. Y quiero poder seguir yendo, mirarles a los ojos, que me sigan abriendo las puertas. No quiero traicionarlos.
Hay escritores que defienden ir “de frente” cueste lo que cueste. Yo quiero hacerlo de una manera más amorosa.
No quiero dejar pasar el tema de la música. El final tiene una carranga del maestro Velosa. ¿Por qué ese elemento?
Allá es el sitio más silencioso en el que he estado. Uno siente hasta los latidos del corazón. Pero cuando ponen música, la ponen a tronar, y suena carranga. Yo solo conocía al maestro Jorge Velosa, que me parece un genio, y escogí un prefacio con una estrofa suya.
Hay otra canción que escuché visitando al vecino en La Envidia; la grabé porque la letra es increíble, pero no he podido encontrar quién la canta. Desgrabé la letra y encaja mucho en la trama.
La carranga tiene una fuerza muy especial en las letras. Quería que la historia también se escuchara. Me da miedo la palabra costumbrismo, pero también me pregunto qué significa realmente y por qué la despreciamos tanto.
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