Nacionalismo, drama, tensión, escenas históricas y mitológicas son algunas de las características del estilo neoclásico en el arte. Jacques-Louis David fue uno de los artistas que se destacó en este movimiento y produjo lienzos de gran formato que hoy son reconocibles a nivel mundial.
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Con escenas como “El juramento de los Horacios”, “La coronación de Napoleón”, “La muerte de Sócrates”, “La intervención de las mujeres sabinas” y “La muerte de Marat”, entre muchas otras, se convirtió en uno de los artistas más cotizados del siglo XVIII y XIX.
Sus obras, que reimaginaron momentos históricos y los mitos de la antigüedad, marcaron una cambio en el estilo artístico predominante del Rococó, hacia los sentimientos de austeridad que prevalecieron durante los últimos años de la monarquía en Francia.
Las obras de David funcionaban como ejemplos y espejos morales. Entre los contornos, formas esculpidas y pinceladas invisibles, el artista ofrecía lecciones a su audiencia. Pero, al mismo tiempo, David se convirtió durante los años posteriores a la Revolución Francesa en la cara de la propaganda para el nuevo gobierno.
Jacques-Louis David nació en París en 1738. Su padre murió cuando él aún era un niño y su madre decidió dejarlo al cuidado de sus tíos arquitectos. A pesar de que ingresó a estudiar a una escuela en la Ciudad de la Luz, su interés por el dibujo rápidamente floreció. Mientras que su familia intentó persuadirlo para que siguiera el camino de sus tíos en la arquitectura, al final el joven artista los convenció de permitirle dedicarse a la pintura.
Estudió en un principio con François Boucher, aunque pronto cambió de maestro y Joseph-Marie Vien se encargó de su educación en la Real Academia, que se ubicaba en lo que hoy es el Museo Louvre, desde 1766. Así comenzó a instruirse en el estilo clásico que estaba desplazando la frivolidad del Rococó.
Mientras adelantaba sus estudios, se presentó tres veces al Prix de Rome, un reconocimiento que otorgaba la Academia a uno de sus alumnos que le permitía viajar a Roma para estudiar a los maestros del Renacimiento y aprender sobre la antigüedad clásica durante una estadía de tres a cinco años. Las tres veces que David se presentó, no logró conseguir el premio. Finalmente, en 1774 logró su objetivo con la obra “Erasístrato descubre la causa del mal de Antíoco” y partió rumbo a Italia en octubre de 1775. Allí llenó doce cuadernos de dibujo, de los cuales tomó inspiración el resto de su vida.
“Durante su estancia en Roma, David recibió su primer encargo: un retablo, San Roque intercediendo ante la Virgen por la Placa (1780), que le aportó gran reconocimiento. Al darse cuenta de que su reputación ya estaba consolidada, rechazó una beca para permanecer en Roma un año más y regresó a París para comenzar su carrera”, escribió Jessica DiPalma para The Arte Story.
A su regreso a su ciudad natal, Jacques-Louis David comenzó a causar controversia con su comportamiento, aunque su obra con “la ejecución detallada y sus narrativas altamente dramáticas lo convirtieron en el líder del nuevo estilo clasicista”, escribió DiPalma. Mientras que se acrecentaba el sentir revolucionario, algunos consideraron que el arte debía ser una herramienta educativa, en vez de algo decorativo y de ocio.
Las obras de David, a pesar de inclinarse por el estilo clásico que comenzaba a reinar, no habían sido interpretadas con trasfondo político hasta que en 1785 produjo “El juicio de los Horacios”. Esta pintura de gran formato mostraba a tres hijos haciendo sus juramentos de defender su patria, antes de partir a la guerra, mientras en el fondo se ve a mujeres llorando inconsolables y hacía alusión a los valores de la Ilustración y el concepto del contrato social de Rosseau. La obra fue rápidamente vinculada a sentimientos patrióticos, mientras comenzaba la Revolución.
“David no solo se dedicó a documentar el Juramento de la Cancha de Tenis, cuando la Revolución comenzó más o menos oficialmente, sino que también produjo a pedido “funerales de Estado” y retratos de mártires, espectáculos multimedia con un elenco de miles de personas, todos diseñados para mantener viva la fe revolucionaria, incluso cuando los cuerpos se apilaban en diez filas junto a la guillotina", escribió Elizabeth Barkley Wilson para la revista Smithsonian.
Su ideología política se alineó con la de los jacobinos y David fue un ávido revolucionario. Votó a favor de la ejecución de Luis XVI, como miembro de la Convención Nacional, y su esposa lo abandonó a raíz de esto, según DiPalma.
“Me hago cargo de responder a las nobles invitaciones de patriotismo y de gloria que consagrarán la historia de la más feliz y más asombrosa Revolución”, escribió David en sus cuadernos. Esto lo hizo a través de su arte, honrando a mártires de la Revolución como Jean-Paul Marat, a quien pintó tras su asesinato. Esa obra de 1793 se convirtió en una de las imágenes más representativas del ideal del sacrificio revolucionario.
“Sin embargo, la alianza de David con los jacobinos pronto se convirtió en un lastre; fue arrestado por traición en agosto de 1794. Debido a su mala salud y al temor de que intentara suicidarse, fue liberado de prisión antes de que se le concediera la amnistía en octubre de 1795″, escribió DiPalma.
Aunque su vista se deterioró durante su estadía en prisión, su esposa lo visitó y en 1796 volvieron a estar juntos. Producto de este reencuentro, David creó “La intervención de las mujeres sabinas” aludiendo a que el amor prevalece sobre el conflicto e invitando a la unión. Así volvió a ganar fama y su trabajo comenzó a ser codiciado de nuevo.
La obra de David llegó a ojos del nuevo líder de Francia, Napoleón Bonaparte, y en 1804 convirtió a Jacques-Louis David en el “primer pintor del emperador”. El general aprendió del trabajo de David durante la Revolución y utilizó el arte como herramienta de propaganda y a artistas como David y sus alumnos como heraldos de esa campaña para que registraran sus triunfos.
Una de las obras más famosas de este periodo es “La coronación de Napoleón”. El enorme lienzo que actualmente engalana las paredes del Louvre muestra el momento en el que, tras coronarse como emperador, Napoleón eleva la corona para ubicarla sobre la cabeza de su esposa Josefina, mientras que a su alrededor cientos de personas observan atentas.
“Esta asociación política llevaría al exilio de David tras la caída de Napoleón en 1815. David no tenía cabida en la monarquía de la Restauración; el gobierno del rey Luis XVIII persiguió a quienes habían apoyado a Napoleón, por lo que David fue exiliado de Francia. En enero de 1816, él y su esposa se establecieron en Bruselas, donde pasó el resto de su vida”, aseguró DiPalma.
Continuó pintando y se negó a regresar a Francia, aunque muchos de sus alumnos intentaron negociar una amnistía. Argumentó que: “lo que debí haber hecho por mi país ya lo hice. Fundé una escuela brillante; pinté cuadros clásicos que toda Europa vino a estudiar. He cumplido con mi parte del trato; que el gobierno haga lo mismo ahora”.
Jacques-Louis David falleció el 29 de diciembre de 1825 en Bruselas y allí fue enterrado. Más de un siglo después, cuando Francia intentó repatriar sus restos, Bélgica se negó alegando que su tumba se había convertido en un monumento nacional.
El artista pasó a la historia como un pintor que utilizó su arte para influir en la política, inspiró directamente el estilo de los románticos y creó obras que continúan siendo estudiadas a nivel mundial.
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