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Cuarenta años sin Borges

El escritor argentino Jorge Luis Borges falleció el 14 de junio de 1986. Esta crónica detalla la visita a su tumba que, año tras año, mantiene viva su memoria.

Camilo Bogoya

14 de junio de 2026 - 02:51 p. m.
Jorge Luis Borges nació el 24 de agosto de 1899 en Buenos Aires, Argentina.
Foto: AFP - SABETTA
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Es un cementerio como uno se imagina que son los cementerios en Suiza: espacio para las tumbas, árboles frondosos, un césped sin nubes de insectos. Hago parte de la comitiva que vino hasta Ginebra a recordar el 14 de junio, hace cuarenta años, cuando murió Jorge Luis Borges. El homenaje está a cargo de la asociación Los Conjurados, nombre del último libro que publicó Borges y en cuyo prólogo decía: “no profeso ninguna estética”.

Los asistentes, un grupo de lectores, críticos, amigos y curiosos, nos acercamos a la tumba más literaria del camposanto. En la distancia, la estela de granito debe sobrepasar la cintura. Poco a poco van apareciendo sus inscripciones y dibujos. La lápida es como un acertijo, una biografía condensada a la que Martín Hadis, uno de los consultores de la asociación, dedica en Siete guerreros nortumbrios un excelso estudio de detective.

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El grupo rodea la tumba que yace bajo un árbol de tejo, en la orilla oeste de una parcela amplia y verdecida. Sin duda es un lugar de peregrinaje. La piedra es una de las columnas que sostienen el edificio de grandes ventanas y cuartos ardientes que es la literatura latinoamericana del siglo pasado. Los que nunca hemos visto la tumba entornamos los ojos: un argentino enterrado en Ginebra, una lápida con una inscripción en inglés antiguo que llama al coraje: “And ne forthedon na” (y que no temieran).

Pero la tumba es también un pequeño laberinto. Le doy la vuelta y me encuentro con una inscripción proveniente de una saga islandesa del siglo XIII: Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert, “Él toma la espada de Gram y coloca el metal desnudo entre ambos”. Es el epígrafe del cuento Ulrica, en el que el narrador, “un hombre célibe entrado en años” que evoca sus “mocedades de Popayán”, resulta ser un colombiano, profesor de la Universidad de los Andes. Entro en ese laberinto para no salir. Me acuerdo de la primera visita que Borges hizo a Colombia, en 1963, en la que habló en los micrófonos de la Radio Nacional, estuvo en el Teatro Colón y recibió el doctorado honoris causa otorgado por la Universidad de los Andes. Y me acuerdo de las otras dos visitas que están recogidas en el libro de Juan Camilo Rincón, “Ser colombiano es un acto de fe”, una frase tomada del relato de Borges.

Observo la tumba de nuevo. La lápida refleja al hombre que siempre hablaba citando un poema. La originalidad, de la cual Borges descreía, estaba en esa memoria o biblioteca ambulante que lo acompañó desde la juventud, una memoria capaz, según cuenta la leyenda, de recitar “Las flores del mal”, un libro que veneró en la adolescencia y del que luego abominó; una memoria capaz de recorrer el Martín Fierro, poema que en la casa desaprobaban y que el muchacho compró para leerlo a escondidas.

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Quien abre la ceremonia es Marcos Liyo, coordinador de esta conspiración, como le gusta llamar a la serie de actividades que año tras año se realizan para mantener viva la gravitación del planeta Borges. Marcos le da la palabra a Roberto Alifano, quien tuvo la dicha de frecuentar a Borges, de ser su amanuense durante más de una década y que ahora lee un poema dedicado al amigo con el que recorrió la Argentina dando conferencias a dos voces. De esos recuerdos, Alifano ha publicado el primer tomo de una trilogía, “Primer cuaderno Borges”, que se suma a los diarios de Bioy Casares, titulados “Borges, crónica minuciosa de cuarenta años de amistad”, obras que se suman a una biblioteca de memorias y testimonios que no deja de crecer.

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Borges fue un autor de pequeñas piezas. Fue otra de sus originalidades: imponerse solo con formas breves. Darle dignidad a lo pequeño, saber que un paréntesis define una historia, desconfiar de las tendencias: estas son algunas de sus lecciones.

Ahora toma la palabra Alberto Manguel, otro de los últimos amigos vivos de Borges. Lee El remordimiento:

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He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz.

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Manguel lee en francés. No es posible recordar a Borges sin pensar en las lenguas que dominaba. En la infancia, en Buenos Aires, el español y el inglés se disputaron al pequeño lector. En la adolescencia, en Ginebra, aprendió francés y latín, y de manera autodidacta empezó con el alemán. El italiano, es decir, la “Divina Comedia”, y el portugués, o sea, “Los lusiadas”, fueron otras de sus lenguas de lectura. Cuando se quedó ciego, se dedicó al inglés antiguo y después al viejo islandés que encontramos en el epígrafe de “Ulrica”. Esas pasiones lo alejaron del “juego arriesgado y hermoso de la vida” que resuena en el poema declamado por Manguel y que termina con un dictamen: “Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado”.

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Borges afirmó que no quería morir en una lengua que no entendiera. Había llegado a Ginebra algunos meses antes de fallecer, y en abril se había casado con María Kodama, la viuda que administró su patrimonio, como sucedió con César Vallejo y Julio Ramón Ribeyro, muertos ilustres que dejaron en sus viudas el control de sus obras publicadas e inéditas.

El último poema de la ceremonia, Everness, lo leemos en conjunto, como si fuera el rito de una horda de conspiradores avivando los vestigios de la literatura. Bajo la sombra del tejo, un árbol que puede llegar a ser milenario, se dejan cuarenta rosas amarillas. Esos símbolos borgianos de la eternidad, por más sombra que haya, empiezan a cocerse bajo un sol que ronda los treinta grados.

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El cementerio de Plainpalais se vacía. Me dirijo con la multitud hacia la Casa Rousseau, donde continúa el homenaje. Allí entrevistaré a Alberto Manguel, otro de los afortunados lectores que siendo adolescente visitaba a Borges para leerle en varios idiomas, y que también escribió un libro delicioso, Con Borges, remembranza de aquellos encuentros. Hablaremos con Manguel de lo que ha pasado en estos cuarenta años sin Borges, del amor por la lectura, del Borges cotidiano, de la biblioteca que Borges tenía en su dormitorio de la calle Maipú: otras historias en este aleph de historias que nunca terminan.

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Por Camilo Bogoya

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