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La belleza de lo triste: una reseña sobre “Señor Nadie”, de Julián Ariza

Una historia sobre la indiferencia y la desconexión humana frente a la constante conexión digital.

Julián Acosta Riveros

31 de marzo de 2026 - 02:00 p. m.
Para el Julián Ariza, "Señor Nadie" es un libro para todos: "desde los niños más pequeños y hasta los adultos más grandes".
Foto: Fondo de Cultura Económica
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La historia de este libro presenta al Señor Nadie, un hombre que sale todos los días a llamar la atención de los transeúntes y de los variados habitantes de la ciudad. Sus intentos resultan infructuosos, por cierto, pues bien sabemos que las multitudes citadinas nos condenan al anonimato y a un prosaico mirar lleno de prisa e indiferencia. Sin embargo, él no se rinde y continúa en su empeño, día tras día, hasta que un accidente con su planta, su única compañera y que lo viene acompañando desde su infancia, como se ve en la portadilla del libro, lo lleva a tomar la determinación de marcharse, si bien al final le aguarda una sorpresa.

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En la narración de Julián Ariza no se puede dejar de lado el componente visual (recordemos que él es, ante todo, un artista gráfico). Las ilustraciones combinan técnicas de collage, lápices y digital que logran dar una vívida muestra de la vida citadina que quiere representar Ariza, y que recuerdan mucho al cubismo por las ilustraciones donde confluyen diferentes puntos de vista sobre un mismo objeto, lo que condensa sus diferentes perspectivas. Ahora bien, ya entrando al plano narrativo, llama la atención que en la mayoría de ilustraciones las personas se representan absortas en sus propios mundos, sobre todo por la presencia de pantallas y audífonos que apuntalan el aura de indiferencia de quienes rodean al Señor Nadie. Este hecho sirve para mostrar la soledad del protagonista, pero, curiosamente, también los demás en la multitud habitan solitariamente la ciudad, sin fijarse (la mayoría aparece con los ojos cerrados), ciegos a la vida, a la posibilidad de maravillarse y al contacto humano auténtico, fruto de la generosidad y la empatía.

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No puedo dejar de señalar que el hecho de que, si bien la mayoría de personajes se representan con los ojos cerrados, en la tapa se esconde a un personaje vital para la historia, que es el único que los tiene abiertos. Gestos como este pueblan este libro. El lector, incluso después de leerlo cuatro o cinco veces, seguirá encontrando esos pequeños o grandes guiños que Ariza fue dejando aquí y allá para quien quiera dejar el afán y mirar atentamente.

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Este libro, aunque breve, resulta bastante profundo. En las capas más cercanas a la fábula, se puede interpretar como un cuento que reivindica la empatía al mostrar cómo un pequeño gesto puede transformar la vida de alguien. Por ejemplo, una mirada puede hacer que alguien se sienta humano, que se sienta comprendido (en sus diferentes acepciones) y dotado de existencia. Sin embargo, al ahondar más en la obra, encontramos un canto a la tristeza, el cual cobra mayor relevancia cuando observamos el estado del arte de los libros para niños, en los que abundan los títulos que intentan “controlar” o “dominar” los sentimientos.

En este sentido, podemos recordar a Graciela Montes y su concepto de la frontera indómita: es en los márgenes de la literatura que se encuentran las grandes obras. Es justo allí, en la pugna por los límites de las formas y de los contenidos, donde estas habitan y este libro de Julián Ariza se inscribe en los límites al escapar de un relato que podría convertirse en una diáfana y anodina fábula sobre la empatía y la solidaridad, y en su lugar nos entrega una historia hermosa y triste, casi trágica, una historia que escapa del lugar común, alineándose con obras clásicas que hablan sobre la tristeza (sin atreverse a matizarla), como El libro triste de Michael Rosen; sobre personajes que habitan solitarios lugares llenos de gente, pero que se atreven a dar una mirada diferente en y desde la ciudad, como El cuento de navidad de Auggie Wren, de Paul Auster; o personajes solitarios que son capaces de detenerse y contemplar la belleza, al margen del ruido de la multitud, como La sonrisa al pie de la escala de Henry Miller.

Julián Ariza ha logrado construir un libro que, en la fibra misma de esta frase hecha, no dejará a nadie indiferente. Un libro para los señores y señoras Nadie que habitan (habitamos) la ciudad, entre la soledad, la indiferencia y el anonimato.

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Por Julián Acosta Riveros

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