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La derecha ya no es conservadora (algunas ideas sobre “la política del cuerpo”)

Una mirada filosófica a la crisis del orden institucional en las democracias contemporáneas.

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Roberto Palacio
29 de julio de 2026 - 11:00 a. m.
Imagen de referencia: Casa de la Presidencia de la República o Palacio de Nariño, fachada ubicada en el centro de Bogotá.
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Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos
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Las acciones de un mandatario deben darse dentro del marco de las instituciones y de la ley. O al menos eso creíamos hasta ahora. La ley, en el régimen contractualista como el que sustenta nuestro sistema, es vinculante consigo misma y con quien la ejecuta y la produce; la ley debe producirse dentro del marco de la ley, de manera legal, y no habrá, supuestamente, persona tan poderosa que se pueda considerar por encima de las normas.

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Hoy todo esto parece estarse resquebrajando y no tenemos un mejor modelo para sustituir el contractual. No tenemos un sistema capaz de contener lo que Alexis de Tocqueville llamaba los abusos del poder democrático; tenemos uno diseñado para contener los abusos del poder monárquico basado en una aristocracia.

El núcleo del contractualismo se construyó sobre la base de argumentos de filósofos como Hobbes y Rousseau, que demostraron que no se debía obedecer a los reyes porque fueran instituidos por Dios, sino que la única razón para obedecer a cualquier tipo de gobierno era que representara la voluntad de un grupo amplio gobernado y respondiera a sus intereses. Se trataba de una salvaguarda contra los abusos del antiguo régimen monárquico, una idea que poco a poco fue surgiendo entre los siglos XVII y XVIII y a la cual nos referimos con la metáfora del “contrato social”. ¡Tanto en él dependía de la voluntad del mandatario, de la propensión al bien común, del velar por el interés del grupo y de su renuencia a sentarse en el poder como un emperador!

¿Qué pasa cuando llega al poder un gobernante que no actúa en pos del interés general, para el cual la idea de interés público es la de un grupo de accionistas, que no está interesado realmente en la salvaguarda colectiva, que no tiene el cuidado de la máxima volteriana, esencial a la democracia, de que, incluso no compartiendo tus ideas, esté dispuesto a dar la vida por defenderlas?

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Si el gobernante decide no actuar dentro de esos parámetros institucionales... ¿qué?

Si decidimos que el Congreso debe sesionar de una determinada manera, o en un lugar que no le corresponde según la ley; si resulta que no tengo que acudir al orden institucional para actuar en la guerra —Trump no le ha pedido al Congreso americano autorización para la guerra en Medio Oriente—, ¿qué pasará? Probablemente nada.

Cada vez más la ley y el orden institucional son algo que se refuerza para las masas, mientras que con quienes están en posesión del poder político y económico lo que parece operar es un extraño “excepcionalismo”, en el cual la ley no se les aplica. Llegará el momento en el cual reconocer a personas por encima de la ley será, paradójicamente, una de las piedras angulares de la ley.

Es curiosa esta forma de excepcionalismo que han tomado las dictaduras contemporáneas, estas petites tiranías con aire de “progresismo”, que prometen el orden entre “gente decente” y que les resultan atractivas incluso a los más jóvenes de los países con supuesta mayor cultura política.

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Los jóvenes italianos e incluso las feministas entonan en celebraciones privadas himnos de la era de Mussolini y abiertamente defienden a Meloni por sus “orígenes difíciles” como hija de una madre soltera. Nunca ha dejado de ser una paradoja que las posiciones derechistas más extremas extraigan apoyo al poder desmedido de la compasión empática de la miseria compartida.

En España, el 21 % de las personas entre los 18 y los 24 años ahora se declaran admiradoras de Franco. ¿Qué hay detrás de este atractivo que hace que las figuras de la ultraderecha (para no mencionar a las de la ultraizquierda) no parezcan responsables ante la ley? Pareciera que el fascismo está ahí, a unos nanómetros debajo de la superficie, esperando brotar porque, bajo el concepto baumaniano de Retrotopía, en los tiempos en los que podíamos asistir a las ejecuciones, como lo escribe Nietzsche al comienzo de La genealogía de la moral, fuimos realmente felices.

La respuesta, creo, ha de buscarse en un lugar inusual. Poco nos detenemos a pensar que las manifestaciones y los debates más dramáticos de la política se sortearán en el escenario del cuerpo. Estamos literalmente ante una nueva política, la “política del cuerpo”. No lo digo de una manera abstracta; me refiero al cuerpo real de hombres y mujeres, al del mismo mandatario. Para la izquierda wokista, ello ha significado reclamar histéricamente “reivindicaciones sociales”, como instalar dispensadores de tampones en los baños de los hombres porque ellos también menstrúan.

Para la derecha ha significado reclamar el derecho de acabar con otra vida defendiendo el porte de armas como un eslabón sagrado de las garantías democráticas. Y, por otro lado, ha significado impulsar una agenda consistente en que los ricos y poderosos han de tener derechos excepcionales sobre el cuerpo de los demás y sobre las instituciones democráticas por la sencilla razón de que son seres excepcionales.

Considérese a Berlusconi, a Epstein, de nuevo a Trump. Basta recordar que Trump hace alarde de que puede tocar cualquier parte del cuerpo de cualquier mujer y nada le pasará. La idea de representación política se ha reducido en la derecha a la idea de elegir a un mandatario que actuará estos profundos deseos de abuso que yo me debo contener. Lo que acá tiene el poder de estallar en la cara como una revelación es que, así como la izquierda ya no es liberal, la derecha ya no es conservadora.

¿Qué intenta “conservar” la derecha? De hecho, pareciera que ha considerado que su papel en el mundo es romper, aparte del orden institucional, pactos sociales difícilmente logrados... en Irlanda, los que pusieron fin a la guerra civil; en Colombia, los pactos de paz.

El orden institucional se resquebraja no por las instituciones mismas, sino por las voluntades individuales de quienes están a cargo. Pareciera que los marcos de ese orden nunca imaginaron ni pudieron prever que los intereses de los mandatarios y de los partidos no solo divergirían de los de la colectividad, sino que le serían abiertamente contrarios.

¡Tanto de lo que está estipulado como de lo no estipulado, como normativas de acción del Leviatán hobbesiano de turno en el poder, depende del honor, de la disposición a cumplir la ley, que cuando llega alguien que no está dispuesto a ello, el sistema simplemente parece caerse a pedazos!

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