Autores como Borges o Bioy Casares afirmaban que lo fantástico era coetáneo a la literatura, parece ser un rasgo mismo de la literatura, ¿está de acuerdo?
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Bueno, sí, es toda inventada. Incluso el realismo y el periodismo narrativo, yo que hago eso, porque la forma, el punto de vista en el que contás una historia hace que no se parezca a la realidad, es lenguaje y cuando pasa al lenguaje se convierte en otro artefacto. Por eso, negativamente, también es tan fácil que te creas algo. Porque estás tan acostumbrado a la narrativa como una mentira creíble, que cuando te lo cuentan en el periodismo uno duda mucho en si es real o no. Ese límite, ese juego con la realidad de la literatura, hace que toda sí sea fantástica.
Decía Todorov que lo fantástico implicaba no solo la existencia de un acontecimiento extraño, que provocaba una vacilación en el lector, sino también una manera de leer. ¿Cómo puede ser esta manera de leer?
Como lectora de fantástico compulsiva, creo que lo que tenés que tener es una especie de suspensión del verosímil casi incorporado. Tenés que entregarte al juego y se acabó. El señor del anillo, hay tierra media, joven, hay un anillo de poder y punto, comprás ese pacto. El pacto de lectura del fantástico es muy alto, te pide mucho. Por eso mismo te da tanto. La forma de lectura del lector de fantástico es muy creativa. Tenés que hacer un ejercicio consciente de aceptar lo increíble como creíble y una vez que lo puedes hacer ahí tenés las mismas emociones, incluso más. Por eso todo es tan popular: El señor de los anillos, La guerra de las galaxias, Harry Potter. Porque ese esfuerzo que vos haces de quebrar con la realidad también te pone en el lugar a vos de la fantasía y de lo fantástico. Cuando estás allí, un poco solo, a la intemperie, sin nada en lo que apoyarte, las emociones son más intensas; un poco como el amor, es un territorio sin marcas, donde no sabes bien qué va a venir. Yo siempre interpreté lo que dice Todorov como una lectura muy activa. Tienes que obligarte a vos mismo, hasta que lo incorporás de una manera inconsciente; luego no te das cuenta que lo hacés. Es un proceso interpretativo muy completo. Porque podés estar leyendo sobre esto sin ningún tipo de contradicción, sin confusión. Si lo despojás como algo del cotidiano, es muy raro.
Ahora para hablar sobre su recomendación para Tinta club del libro, ¿cuándo leyó “El ojo de Goliat” por primera vez? ¿Cómo llegó a sus manos?
El libro llegó porque Diego (Muzzio) es un escritor que, aunque todavía no tiene una proyección internacional digamos, a mí me gusta mucho. Espero lo que hace. Publicó dos libros antes que me gustan mucho; un libro de cuentos y libro que son tres nouvelles que se llama Las esferas invisibles y cuando salió este libro lo fui a buscar inmediatamente, lo leí apenas salió. Y me sorprendió bastante, me gustó más de lo que me suele gustar. Me gusta muchísimo, pero creo que en este libro encontró lo que venía buscando, encontró el tono preciso.
En la novela, los faros evocan misticismo, misterio; invitan a la serenidad, a la reflexión, a la paz interior. ¿Por qué cree que Muzzio hizo del faro el eje central del libro?
Creo que por muchos motivos. Es una novela de la post-guerra europea y del trauma de guerra, pero creo que encontró esta conexión con el mar del sur en la Argentina que, en esa época, históricamente, aunque es inventado, es algo posible. El extremo sur era un lugar sumamente visitado por Europa y en esa época también brutalmente visitado y explotado.
Creo además que es una novela muy masculina, en el sentido que habla muchísimo de masculinidades, y muchas de estas rotas en este caso por la guerra. Pero, aunque la novela es muy histórica también me parece muy metafórico. El tema del varón y de la masculinidad a veces es frívolamente vapuleado, y creo que él está tomando un género absolutamente masculino, citando a Stevenson, citando a otro marino aficionado a pesar de su salud, escritor de novelas, sobre todo La isla del tesoro. Pero en general, cuando Stevenson se muda a vivir en las islas de los mares del sur, es lo mismo. Tiene esa conexión. Y creo también que hay algo de fálico en el faro. Me parece muy fuerte ir tan en contra de todos los mandatos sobre qué escribir y eso me gusta muchísimo, es una novela súper libre, él está escribiendo sobre lo que le obsesiona, sobre lo que le gusta. Sin embargo, es un varón escribiendo hoy y tomando un género súper masculino, no por nada elige eso, en vez de elegir un barco, un campamento en el sur, una isla, una estación de investigación en la Antártida. Un faro tan cerca de la palabra falo. Y pone a este señor que ya viene absolutamente trastornado y lo pone en una situación colonial, un escoces que viene a supervisar unos faros en un territorio que no es suyo, y ahí enloquece, no contemos mucho.
A mí me resonaba mucho la película de Robert Eggers que también se llama Faro. Con Willem Dafoe y Robert Pattinson. Es un poco eso, en este caso dos hombres en un faro. Yo nunca pienso en faros, pero cuando leí esto, mi sensación es el total aislamiento y el terror de estar ahí abandonado, cosa que es muy posible. Conozco uno que le dicen el faro del fin del mundo, en el que el mar es muy bravo, con elefantes marinos que tienen un olor horrible. En una foto es súper pintoresco, pero uy, no, no me dejen acá, me muero.
Hay un juego ahí con los narradores y qué creer de lo que nos cuentan…
Claro, es verdad. Es un detalle súper importante. Los dos son narradores en los que no se pueden confiar. Los dos usan dispositivos en los que no se pueden confiar: uno es el diario –que no sé por qué entró tanto en ese tipo de narrativas porque no hay cosa más mentirosa que un diario, uno se inventa un personaje de sí mismo, el acto puede ser muy íntimo, pero es para que alguien lo lea–, y la ciencia es otro discurso que dice “esto es verdad, me tenés que creer”. Pero ambos, son narradores que no pueden garantizar que lo que están diciendo esté de este lado de la realidad y no del otro lado del velo de la realidad. Los dos están dañados. La novela tiene muchas lecturas, y es breve.
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Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.
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