Hay quienes parecen tener la poesía en la esencia de su ser. Lucía Donadío es una de esas personas. Su pausa y tono al hablar dan la impresión de que todo el tiempo está declamando, de que su forma de comunicarse y de relacionarse con el mundo es a partir de palabras y de un ritmo que solo la poesía otorga.
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El libro “Hacedme un duelo de labores y esperanzas”, que publicó el año pasado por los cinco años de la muerte de su hijo Camilo Duque Donadío, lo presentó en el marco de la Feria del Libro de Bucaramanga. Allí habló con Idania Ortíz sobre cómo fue escribir esa obra y sobre cómo la escritura hizo parte del duelo que sigue conviviendo con ella.
“El día de tu muerte / llegó como una tormenta de arena / que encegueció la casa / No habíamos probado aún / el pan amargo / de tu ausencia”, dice el poema Junio 28, que hace alusión a la fecha en la que murió Camilo Duque Donadío en un accidente mientras practicaba kayak.
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“Cada mañana despertamos / a otra vida”, dice en el mismo poema que leyó Lucía en su presentación, y que da cuenta de que, así como el amor perdurará, así mismo el duelo se queda para hacernos sentir que extrañar tiene tantas formas como la cotidianeidad y la vida misma nos permite. A veces un abrazo, otras veces un detalle, una llamada, o la sola posibilidad de poder pronunciar un nombre o un parentesco. Aquí, de pronto, extrañar puede adquirir la forma de las cosas que Camilo hallaba y guardaba en sus bolsillos cada vez que hacía una expedición y que por su ausencia ya no se acumulan en distintos lugares de la casa.
El libro, que halla su título en los versos de Antonio Machado, no solo tiene poemas y textos en prosa de Lucía Donadío, sino que incluye también de familiares y amigos de la autora como Diego Duque, Oreste y Alberto Donadío, Juan Mosquera, Jaime García Mafla, Juan José Hoyos, Regina Sepúlveda, Erica López, entre otras personas que la han rodeado y acompañado estos años en la esfera íntima de la familia y también en sus quehaceres como editora y líder de Sílaba, editorial que sostiene desde tierras antioqueñas.
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Además de tener poesía, elegiaca y un homenaje a su hijo, el libro es también un homenaje a la amistad y a los afectos, pues la presencia de cada amigo o familiar compone un tejido que define al amor de los seres queridos, o como dijo ella en su presentación: “el libro es como un árbol que se ha nutrido de todas las ramas, de todos los mensajes y poemas sobre Camilo”.
“Ya es costumbre que llueva como si fuera el fin del mundo. Y lo es. / Han estallado guerras en las que solo vence la indiferencia. / Hay países en llamas de los que no tendrás noticia. / La radio suena canciones que tus oídos no conocieron. / Han desaparecido glaciares, especies y esperanzas. / Ya son cinco / años / y en el calendario un mundo distinto / susurra tu presencia distante”, se lee, por ejemplo, en el poema Ya son cinco, de Juan Mosquera.
La naturaleza, la madera, las plantas, son elementos que Camilo en vida admiraba y con los cuales se relacionaba constantemente desde el arte o el deporte. En parte por eso, la casa de Lucía es una oda a los colores que la misma vegetación ofrece.
Su hijo cultivaba y eso hacía que desde antes de su partida su morada ya contara con varias plantas, pero desde que murió, Lucía ha cultivado cada vez más, al punto que sus amigos le dicen que “su casa ya no es una casa con jardín sino un jardín botánico con casa”.
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La paciencia del duelo, que muta, que a veces vuelve como un huracán y otras veces como apenas una ventisca, y también la paciencia de cuidar y ver crecer las plantas. El cuidado de lo segundo y la contemplación del paso del tiempo en el crecimiento de una flor convierten el duelo en una experiencia estética y en una experiencia con un sentido de belleza diferente. La vida que representa una planta y las formas que toma no se imponen a la ausencia, sino que la resignifican y le otorgan un propósito a todos esos amaneceres que escribió Donadío en los que parece que nuestra existencia es otra.
Domingo – Lucía Donadío
Cada domingo
Mueres en nosotros
Otra vez.
El río anega
Nuestros corazones
Sangrantes.
La llamada infame
Se repite
Como eco interminable.
Tu cuerpo
Recorre aún
Los afluentes del destino.
Donde un manantial de luz
Hasta el rápido
Que te devoró.
Sobrevives ahora
En las hojas
Del comino crespo.
La voz de tus ojos
No se cansa
De alabarlas.
En cada cuenco de
Madera
Tus manos son
El palpitar del árbol.
Y en nuestros ojos
Naúfragos
Renaces a cada instante
Como un pequeño sol.
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