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¿La literatura colombiana se escribe solo en español? Te llamaré Francia, la última novela de Nancy Huston, es la prueba de que nuestra literatura no se limita a una nacionalidad ni, mucho menos, a una lengua. Huston nació en Canadá, en 1953, y llegó a París con 20 años. Allí ingresó con pie firme en los círculos intelectuales, militó por los derechos de las mujeres y escribió una tesis sobre las injurias y obscenidades de la lengua, un trabajo de filigrana bajo la dirección de Roland Barthes, quien le enseñó a ver el mundo como un texto, prestando una atención maniaca a los mensajes ocultos. Desde entonces, Huston convirtió la lengua de adopción en una serie de ensayos y novelas de éxito que ponen en crisis las visiones nacionalistas de la literatura.
Te llamaré Francia relata la historia de Rubén, un hombre nacido en Girardot, en el seno de una familia numerosa, dominada por la violencia paterna y la abnegación de la madre. Rubén se convertirá en Francia, una mujer trans que logra llegar a París, donde vivirá como trabajadora sexual. Historia de una inmigración que va de Girardot a las calles del centro de Bogotá y, después, al Bois de Boulogne; historia de un cuerpo maltratado; historia en la que desfilan catástrofes como la erupción del volcán Nevado del Ruiz o la toma del Palacio de Justicia; historia que hunde sus raíces en la descomposición social y en la segregación entre las regiones; novela realista, cruda, sin otra esperanza ni horizonte que el hecho de seguir con vida; novela, repito, eminentemente colombiana.
Podría ser un libro fallido y, sin embargo, no lo es. En el prólogo, la autora sugiere que la literatura no se divide en países y que los temas no tienen dueño. Anuncia quién será su personaje, esa mujer trans esplendorosa, mitad chocoana, mitad guajira, cuyo segundo nombre encierra todas sus ilusiones. Además, Huston explica cuál será la estructura. En una sola jornada de trabajo, el 12 de mayo de 2019, fecha escogida entre el asesinato de la peruana Vanesa Campos en el Bois de Boulogne y la epidemia de COVID-19, se alternarán dos tramas: un capítulo para Francia, sus recuerdos más punzantes y una biografía que abarca la Colombia de finales del siglo XX y llega hasta los debates de nuestro tiempo; y un capítulo para el cliente, sus frustraciones y un mapa de la condición masculina. En este vaivén habrá diecisiete hombres, diecisiete retratos que componen un mosaico de cualquier sociedad.
¿Cuál es el peligro de esta estructura binaria, pedagógica y, digamos, casi de ejercicio escolar? Dejar de lado a los clientes que pagan 20 euros, pasan un rato y se van; no leer sus historias episódicas y seguir únicamente el hilo de Francia y sus recuerdos. El peligro de una novela fallida se convierte en una de sus virtudes. Cada personaje masculino es un reto para no saltarse la historia, y Huston se entrega por completo a esos microrrelatos que puntean el cielo en el que Francia resplandece.
El segundo riesgo de este prólogo es el anuncio del tema. Leeremos la visita de diecisiete clientes en el Bois de Boulogne y, al final, a la mitad o incluso al principio, ya estaremos aburridos, como en las películas porno más convencionales. Nada más lejos del exhibicionismo, de la continuidad orgiástica o del mero recuento de polvos apresurados y tristes. En Te llamaré Francia estamos ante una novela con mucha sexualidad, pero con muy poco sexo.
En la galería de personajes secundarios, la pluma de Nancy Huston es sarcástica: desfila, sobre todo, la élite religiosa, política, económica e intelectual. Del otro lado están las prostitutas, los pobres, los olvidados, quienes luchan en el bosque por sobrevivir a la intemperie, al estigma, a las leyes y a la locura de los asesinos. Una novela, repito, colombiana; es decir, francesa a la vez, con personajes de sangre bien caliente, sometidos al doble discurso de la intolerancia y el deseo transgresor. En síntesis, una novela global, en la que se cruzan las nacionalidades, en la que ser trans equivale a hablar un idioma planetario, vivo en todos los rincones del mundo.
En esta novela tenemos a una autora que opina, toma decisiones en voz alta, se entromete, habla con Francia y juega a perturbar el relato. Lo hace con tal delicadeza que no destruye su obra al convertirla en un mero artificio. Huston no se deja llevar por la abstracción; hunde las manos y el verbo en las aguas turbias de una realidad que Antonio Ungar ya había descrito en su crónica En la otra tierra prometida, una indagación acerca de la trata de personas que dibuja una línea siniestra desde Palmira hasta Israel. Una realidad cuyas estadísticas de 2025 son indignantes: Colombia es el primer país en España en número de víctimas de explotación sexual y el segundo en número de detenidos por ese delito. A esto se suma que, cada año, en Francia se desmantela al menos una red de proxenetismo transatlántico.
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Volvamos a la novela. En el epígrafe encontramos a Italo Calvino, Nicolás Buenaventura Vidal y Romain Gary. ¿Podría haber un epígrafe más colombiano? En últimas, la lección de Huston reside en la libertad del novelista, ese trans por excelencia que lucha por reivindicar un espacio en el que las lenguas no están condenadas a un territorio; en el que un hombre puede hablar de una mujer, un blanco de un negro, un esquimal de un argentino, un millonario de un obrero, un loco de otro loco, un ateo de un musulmán. Ese espacio que a los políticos les gusta roer y en el que, dice Huston, la prostitución y la escritura son semejantes: “Si bien es cierto que he practicado demasiado poco el oficio de puta, nuestros oficios se parecen en el fondo: día a día, se debe dejar penetrar en nosotros a personas que uno no conoce y, sin confundirse con ellas, intentar comprenderlas”.
El esfuerzo de Huston, en Te llamaré Francia, también ha sido el de descifrar una cultura más allá de los estereotipos; el descomunal esfuerzo por acercarse a una nación remota que poco o nada tiene que ver con ella. Una muestra más del poder y la terquedad de las palabras.
Una última curiosidad. La novela de Huston prolonga su libro La reina de lo real. Carta a Grisélidis Réal. Grisélidis fue una poeta, pintora y prostituta suiza. Sus restos reposan junto a los de Borges, en Ginebra: una cercanía que puede entenderse como una imagen del trabajo de la literatura. Porque la literatura desconoce, como la muerte, las clasificaciones por nacionalidades y parentescos; desconoce las fronteras, aunque los comerciantes y los académicos sigan luchando por encasillarla y empequeñecerla, restringiendo su derecho a hablar en todos los idiomas. Por eso hago un llamado a incluir Te llamaré Francia en la próxima historia de la literatura colombiana, así esa historia no sea más que un contrasentido.