¿Cómo nació el Festival Centro?
Fue hace 17 años, como una iniciativa de la Fundación Gilberto Álzate Avendaño y varios referentes del ecosistema musical bogotano. Las primeras ediciones se trabajaron como un espacio musical, en el cual se buscaba pluriculturalidad y diversidad de espacios y géneros musicales que abrieran la agenda del año. Al principio no era un festival muy grande en términos de aforo, pero sí en apuestas musicales que se basaban en la diversidad y el ecosistema musical para el impulso de artistas que seguramente estaban transitando su carrera en diferentes estados de reconocimiento. Además, se pensó para hacer un homenaje a la vida y la obra de los grandes actores musicales que han aportado al desarrollo del ecosistema en nuestro país.
¿Por qué la entrada a este evento es gratuita?
Por fortuna, creo que Bogotá ha desarrollado y garantizado el derecho a la cultura que está establecido en el artículo 70 de la Constitución. Durante varias administraciones, la capital le ha apostado a garantizar este derecho con este tipo de eventos que se desarrollan con entrada libre, pero que son de calidad y de gran formato. Con la administración distrital actual se ha trabajado para que la capital sea reconocida como una entidad que realiza grandes eventos culturales, más allá del entretenimiento. Es fundamental tener este tipo de espacios que recojan muestras culturales de todas las regiones del país, porque adicionalmente comprendemos Bogotá como una ciudad construida sobre las migraciones. Bogotá no es de bogotanos, es una ciudad para todos. Por eso es tan importante que esta oferta sea diversa y gratuita.
¿Cómo llegó a la dirección de la fundación?
Acompañé el proyecto de nuestro alcalde Carlos Fernando Galán durante varios años. Por otro lado, la vida me ha permitido estar en diferentes escenarios, en los cuales entender las dinámicas culturales de nuestras poblaciones ha sido fundamental. Estuve trabajando durante cuatro años en la Alta Consejería para los Derechos de las Víctimas, la Paz y la Reconciliación, y para trabajar con la población víctima es fundamental entender los contextos culturales. Pasó lo mismo cuando estuve en la presidencia de la Cruz Roja como asesora jurídica y directora de comunicaciones. Cuando se trabaja con poblaciones o comunidades con dinámicas tan complejas como la trata o la migración, se encuentran valores fundamentales en el relacionamiento y la construcción de confianza con ellas, en los que utilizar los canales que nos dan los desarrollos culturales y artísticos para afianzar esas relaciones es fundamental. También estuve en el Ministerio del Deporte y el Instituto Nacional para Sordos, y aprendí que esos principios se aplicaban a todo.
¿Cómo ha sido su acercamiento a la cultura?
Soy abogada administrativa y constitucionalista de profesión, pero tengo una gran debilidad por las comunicaciones. Mi acercamiento a la cultura nació un poco de ese gusto por la comunicación, porque si tú quieres procesos efectivos de comunicación, o trabajar procesos puntuales de política pública y construir procesos sociales, una de las maneras más efectivas de conocer, analizar contextos, acercarte a las poblaciones es comprender cómo funcionan sus contextos culturales. Eso hace parte del análisis y de un contexto cultural que, al entenderlo, hace que sea más fácil para los gestores públicos hacer el trabajo.
¿Qué la llevó a estudiar derecho?
Creo que cuando uno es joven, no dimensiona mucho las cosas. Cuando me decidí por esta carrera, era la personera de mi colegio y la líder de juventudes de la localidad Antonio Nariño. Quería transformar el mundo, como todo buen adolescente. Pensaba que trabajar en el Estado me iba a permitir cambiar realidades; eso fue cierto, pero, en ese momento, quería hacerlo desde las herramientas jurídicas. Esta formación como abogada me ha aportado mucho en estos 17 años de servicio y gerencia pública.
¿Qué lección le ha dejado su trayectoria y que ha aplicado más allá de su vida laboral?
Creo que haber trabajado en la Alta Consejería para Víctimas fue un aprendizaje y una reflexión de vida fundamental, porque cuando hablamos de población de víctimas, nos encontramos con la interseccionalidad. Esto implica entender que hay poblaciones que tienen características diversas que hacen del desarrollo de sus proyectos de vida algo complejo, pero que además en una sola persona confluyen varios elementos. En el trabajo con poblaciones vulnerables se unen una serie de escenarios, contextos y condiciones que requieren una mayor sensibilidad social y un mayor desarrollo de conciencia de servicio público. Por otro lado, desde lo más humano, con las personas que sufren hipoacusia, se habla de la cultura sorda, en cuanto al desarrollo de la personalidad de quienes viven atravesados por esta condición. Esta cultura aborda la forma de comunicarse, compartir, entender la vida, entre otras cosas. Uno aprende mucho de la forma de ver nuestra existencia y de la necesidad de aportar a construir desde las diferencias, sociedades un poco más equitativas y pacíficas.
¿Qué cree que nos hace falta como sociedad para lograr ese objetivo?
Diría que ser un poco más conscientes de nuestros procesos de memoria. Si nosotros tuviéramos procesos de construcción de memoria más sólidos y fuertes, seguramente nos sería más fácil también prevenir que se repitan situaciones que ya hemos vivido en el pasado y que siguen generando brechas sociales. También priorizar procesos educativos desde nuestras pequeñas y primeras infancias, y los procesos formativos y académicos que nos convoquen a valorar la diferencia, porque así es como nos construimos, y eso hace parte de nuestro ADN como colombianos.
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