¿Cómo llegó al saxofón?
Mi padre tocaba ese instrumento y, además, los importaba de una empresa francesa, la Selmer. Como estaba retirado de la banda del ejército, se pasaba todo el día practicando. Era natural para mí ser músico. Después, cuando tenía como cuatro años, él vio mi interés en tocarlo y me mandó a buscar uno pequeñito y me enseñó. Desde eso han pasado más de 70 años.
¿Cómo cree que la música teje conexiones entre comunidades y familias?
Cuando se está haciendo música es difícil pelear, la gente no tiene tiempo para pelear. La música es un elemento unificante, por eso es que me gustó venir a Cartagena a hacer eso con mi presentación. Además, fue emocionante venir con mi quinteto y tocar junto a una orquesta de jóvenes que están tratando de refugiarse en la música y salir de cosas negativas. La música siempre une, a menos de que sea terrible, que a veces pasa, pero con un cambio de emisora tenemos.
¿Cómo describiría las piezas que eligieron para el concierto?
Es una combinación de muchas cosas. Lo que hago con mi grupo, y con cualquier grupo de artistas que me reúno, es una combinación de compositores de Europa y, sobre todo, del continente americano. Por eso traje algunas cosas de Piazzolla y otras composiciones mías, así como piezas que grabó Charlie Parker. Es una mezcolanza de cosas, que es lo que soy. Cuando voy al escenario es un resumen de todo lo que viví durante estos años.
¿Qué cosas cree que son una mezcolanza, entre la música y experiencias vividas?
De toda esa música de Piazzolla con Charlie Parker, y el resultado que ha dado todo ese aprendizaje en mí. La música de Mozart, por ejemplo, me gusta, pero siempre fui un loco por Igor Stravinsky. Toda esa mezcolanza produce lo que he sido y lo que soy hoy. Soy un ávido lector. Uno de mis autores favoritos es un colombiano que se llama Germán Castro Caycedo, que escribió “Mi alma se la dejo al diablo”. Uno de mis grandes terrores es subirme a un avión sin un libro bueno para leer.
¿Cuáles son las influencias culturales que han marcado su vida?
La música, en general. Como soy tan ecléctico en mi gusto, me han influido tanto el jazz como los ritmos de mi país. Sin embargo, también me encantan los conocedores franceses, y la combinación de todo eso con mi gusto por la literatura, de forma muy natural, ha influido en mi vida diaria y en mi forma de escuchar. Hay días que me levanto y no quiero escuchar absolutamente nada.
¿Con qué pieza musical se conecta más?
No tengo una obra favorita. No creo que pueda mencionar ninguna que me guste particularmente. Me gusta tanto la música, que no puedo nombrar una sola. Me encanta “Claro de luna”, de Debussy, por ejemplo, pero también me fascina Antonio Carlos.
¿Cuáles son las emociones que tiene al tocar el saxofón o al estar en el escenario?
Es muy abstracto. Nunca me siento igual cuando estoy en el escenario. Siempre me siento bien. Recuerdo una vez, sobre todo ahora en este tiempo que viajar es problemático por muchas razones, que Bebo Valdés decía: “No cobro por tocar, cobro por viajar”. Pero también decía: “La pesadilla comienza cuando termina la música”.
Mencione uno de los mejores recuerdos de su carrera...
Quizá la primera vez que subí al escenario con Dizzy Gillespie, por ejemplo, eso fue una cosa memorable, no podía creer que estuviera allí con quien fuera uno de mis favoritos.
¿Cuál ha sido la lección más valiosa que le han dejado sus años en la música?
Son tantas cosas. Le estaré agradecido toda mi vida a mi padre por haberme dado un saxofón, por haberme enseñado el camino de la música y de la literatura. Mi padre solamente fue hasta el sexto grado, pero se culturizó porque tuvo que trabajar para mantener a su mamá, porque estaba divorciada. Él siempre mantuvo en mi casa una biblioteca y me enseñó el camino de la música y el de la literatura. Uno de los primeros escritores que leí fue un colombiano que a mi papá no le gustaba que leyera, pero él lo leía mucho, que era José Vargas Vila. No me acuerdo qué fue lo que leí de él, pero mi papá decía que hablaba mal de las mujeres, y que eso no se debía hacer. Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida fue haber tropezado con el mundo de las artes, en general.
Ha trabajado por varios años con un quinteto, ¿qué cree que ha sido importante para mantener al grupo unido?
Esa gente anda conmigo y hemos trabajado juntos desde hace muchos años. Estoy feliz porque hemos desarrollado una amistad, pero para esta ocasión vine con algo muy especial, porque tuve a un vibracionista colombiano, llamado Sebastián. Además de amistad, he buscado calidad artística y conocimiento. Pero creo que la música es un arte de pandillas, tienen que llevarse bien unos con los otros y tener pensamientos similares. No tienen que pensar exactamente igual, porque debe ser una empresa democrática, pero vale la pena andar con la gente que trabaja conmigo.
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