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21 Sep 2021 - 12:50 p. m.

Valentino Cortázar: “Busco la simplicidad en el arte” (Historias de vida)

Nueva entrega de la serie Historias de vida, serie creada por Isabel López Giraldo para El Espectador. El artista plástico, Valentino Cortázar, habla de sus orígenes, viajes a diferentes rincones del planeta, su trayectoria artística y reflexiones personales.

Isabel López Giraldo

El artista bogotano ha presentado sus obras diferentes galerías y espacios al rededor del mundo.
El artista bogotano ha presentado sus obras diferentes galerías y espacios al rededor del mundo.
Foto: Isabel López Giraldo

Soy lo que soy, alguien de espíritu libre, de libre vuelo. Me encanta pintar, escribir, viajar. He conocido gente maravillosa en el mundo del arte que me ha guiado. He observado, aprendido, disfrutado como un buen caminante que contempla la naturaleza, la gente, las cosas, la vida, y con la particularidad de gozarse cada instante.

Me acompaña la curiosidad, como a un picaflor que va de flor en flor cuestionándose todo, formulando preguntas. A partir de ahí he desarrollado el mundo de la pintura, del diseño y del color.

Me considero una persona tranquila a la que le gusta la calma, pensar antes de hablar, que busca no entusiasmarse demasiado, por el contrario, que prefiere darle tiempo al tiempo: “Take your time”.

Disfruto de la meditación, la contemplación, soy reflexivo. Vivo en el pasado, en el presente y en el futuro constantes.

Orígenes

La ascendencia por parte de mi papá es vasca, de Vitoria. Familia de abogados, médicos y agricultores que se instalaron en Bogotá, con fincas en La Mesa, Cundinamarca, donde tuvieron trapiche, un almacén de importados y el negocio de exportación de café.

De mi tatarabuelo, Jesús Cortázar, desciende Roberto Cortázar Toledo, ejemplo en mi familia, un hombre sensacional, historiador, profesor de griego y de latín de la Universidad del Rosario y miembro de la Academia de Historia. Recuerdo que mi padre me llevaba a su casa a tomar onces, entonces tuve la oportunidad de conocerlo.

Mi tío Alfredo Cortázar Toledo, de Buga, fue historiador, el primer gerente de la Federación Nacional de Cafeteros y director de la Casa de la Cultura en su ciudad. Pero, también gran consejero en mis viajes, nos escribíamos cartas estupendas en las que me animaba a conocer destinos magníficos como Grecia y tantos otros. Tuvimos una relación muy linda.

Así como los Cortázar han sido amantes del derecho, también lo han sido de la medicina por Enrique y Jaime Cortázar García, personajes muy relevantes en el sector salud.

Isauro Cortázar Toledo, mi abuelo, un hombre cautivador, era muy mayor cuando yo estaba chiquillo, pero alcancé a conocerlo. Fue el escribano del pueblo, escribía poemas de amor a los campesinos, les hacía cartas y todo lo relacionado con la caligrafía: la suya era preciosa.

Tuvo un almacén en Cachipay cerca de su finca. En esa época el pueblo era empedrado, tenía casas quintas lindísimas, porque fue realmente hermoso. Hasta Cachipay llegaba el ferrocarril y en la estación se bajaban las niñas, divinas, con sus vestidos de falda, apropiados para clima templado. Mi abuelo fue muy amigo del presidente Eduardo Santos que llegaba a visitarlo montando a caballo y vestido de blanco.

Recuerdo el funeral de mi abuelo y la velación que para ese momento se hacía en las casas.

Mi abuelita Isabel Melo, una mujer muy linda, era la típica señora bogotana, elegante, laboriosa, llena de hijos y nietos. Su Hacienda Santa Cruz, de estilo cafetero, cuenta con una vista espectacular desde la que se observan los tres nevados. Conservo la imagen al llegar atravesando una belleza de jardines, la lora en la estaca, el filtro de agua y los corredores magníficos. Me parece sentir el ambiente de los escaños mirando ese paisaje tan especial, tan único.

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Álvaro Cortázar

Álvaro Cortázar Melo, mi padre, estudió en el colegio San Bartolomé, tuvo haciendas en Cachipay, Cundinamarca. Muy joven conoció y se enamoró de mi madre mientras jugaban bolos en Tout va bien, tuvieron una historia de amor preciosísima que duró toda una vida. Celebramos sus bodas de oro y muchas más. Mi mamá estuvo a su lado en el momento final de su vida tomándolo de la mano, lo que fue una belleza.

Mi padre para mí fue un ejemplo de vida maravilloso, con él aprendí de todo un poco, me dio las llaves que me permitieron ser viajero del mundo, apoyó cada uno de mis proyectos. Le tengo un gran amor, disfrutaba compartir con él mientras escuchábamos música clásica porque le encantaba, especialmente el sonido del piano. Era una fascinación verlo mientras se vestía con su traje elegante para salir al trabajo, se dedicó a las relaciones públicas para la Caja Agraria. Me parece verlo cuando montábamos a caballo por la finca, mientras caminábamos en medio de vacas y terneros.

Con mi madre fue muy cariñoso y romántico, muy a menudo le daba serenatas, teníamos un bar en la casa en el que reunía a sus amigos mientras tocaban tiple y guitarra y cantaban. Porque vivimos un ambiente cultural muy agradable, muy artístico. Le gustaban las pinturas de paisajes especialmente de páramos y de los pintores clásicos bogotanos de la Sabana de quienes tenía cuadros.

Fue muy hogareño, tranquilo, trabajador y disciplinado. Fue un hombre muy bondadoso, afable y querido por la gente, un gran marido y un padre estupendo.

Rama materna

La influencia más grande en mi vida la recibí de la rama materna, la familia Castañeda. Abraham De Castañeda, mi bisabuelo, estuvo casado con Doña Ana Torres, de la familia de Camilo Torres, tenían relación con el marqués de San Jorge de quien heredaron unas haciendas que parecen un sueño. Entre ellas la Hacienda Santa Bárbara y San Agustín, donde hay mucha historia, de nuestros indígenas Panches que regían la región del Tequendama.

Tuvieron ocho o más hijos, entre ellos mi abuelo, Julio Castañeda Torres que tocaba la mandolina, el acordeón y cantaba en alemán. También tenía haciendas en Anolaima, la capital frutera de Colombia con historia prehistórica y precolombina. Recuerdo que durante mi infancia uno de los máximos placeres era comerme un mango maduro, descubrir una guayaba, apreciar los tomates y legumbres. Los Castañeda obsequiaron el reloj que se instaló en la iglesia del pueblo, traído de Londres por mi tío Ricardo donde fueron educados él y sus hermanos.

La dicha era poder disfrutar de cerca a todos estos familiares tan encantadores que nos mostraban la belleza de la vida, que nos contaban de nuestros ancestros. Tengo álbumes de fotografías que son museos, un archivo que reposa en la casa de mis padres en Bogotá, porque la conservamos, pero también muebles muy valiosos.

Mi abuelo estudió agronomía en Bremen, Alemania. Estando allí conoció, se enamoró y se casó con una alemana con quien tuvo un hijo, Álvaro. Al nacer el niño la esposa murió, entonces quedó viudo y decidió devolverse al país. Una vez instalado en Colombia asistió a un recital en el Teatro Colón donde escuchó cantar a mi abuela, Aurita Samper, mesosoprano, hija de Silvestre Samper Agudelo, (hermano menor de Miguel y de José María esposo de Soledad Acosta de Samper, gente maravillosa, bogotanos que fundaron el colegio Gimnasio Moderno). Se enamoraron, luego se casaron, vivieron en su casa de Teusaquillo y tuvieron tres hijas, una de ellas mi mamá. Las niñas estudiaron en el colegio Alvernia donde se graduaron.

Mi abuelita no solo cantaba, sino que tocaba el piano magistralmente, tuvo libros de historia y de poesía, le encantó la buena lectura como la de Khalil Gibrán, de pensamiento profundo, y me enseñó caligrafía. En repetidas ocasiones la acompañé a su finca La Esmeralda. Primero llegábamos al pueblo donde nos esperaban los caballos que tenían preparados para nosotros, luego cabalgábamos durante dos horas por el camino real hasta llegar al valle más precioso surcado por un río. Todos los tíos tenían sus haciendas alrededor: Dolosa, San Agustín, Santa Librada, La Laguna. Mi abuelita tuvo también una casa en Guaduas, en Honda y en Ambalema, donde yo la visitaba. Viajé mucho con ella, acompañándola, porque fui su nieto más cercano. Disfrutábamos en las tardes compartiendo el té o un chocolatico con huevos pericos.

Mi tía abuela, Alicia Samper, poetisa, estuvo casada con René Schoioville, ingeniero francés con quien recorrió el mundo. Fue un personaje icónico en mi vida, tuvimos una afinidad muy especial, quizás también porque compartimos signo zodiacal, Virgo, pues los dos nacimos un ocho de septiembre. Mi otra tía abuela, Georgina, estuvo casada con Alberto Charry Lara, personaje magnífico, fundador de la Cartilla Charry, papá de Héctor Charry Samper embajador de Colombia en Austria, Argentina y Venezuela, ministro de Justicia en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, colaborador de El Tiempo por muchos años, un hombre encantador, de finísimo sentido del humor, un faro de sabiduría y un intelectual que también se convirtió en un gran maestro en mi vida. Tuve la suerte de verlo en Europa, disfrutar de su biblioteca en Bogotá y compartir de sus reuniones con amigos, gente del mundo intelectual, políticos y con la elegancia de la sociedad bogotana, por su gran estilo.

De mi abuelita Aura y de mis tías abuelas Alicia y Georgina recibí grandes consejos. Disfruté de la lectura de sus libros, gracias a ellas hice una colección de estampillas que me regalaban y de postales que me traían de sus viajes, las mismas que venían acompañadas de historias. Porque así se fue nutriendo mi vocación de viajar y de conocer el mundo.

Mi abuelo murió joven, entonces al quedar viuda, mi abuela se casó con el doctor José Antonio Rodríguez Calle, un abogado muy prestante.

Beatriz Castañeda Samper

Beatriz Castañeda Samper, mi madre, fue una niña feliz, muy linda, consentida por sus padres, una mujer muy particular, y cuidada por el esposo de su madre. Alguna vez la dejaron ir con sus hermanas mayores a jugar bolos al Tout va bien, en la calle setenta y dos con séptima. Este era el gran paseo, llegar en tranvía, jugar y compartir con los amigos. Coincidió con que mi papá estaba también ese día jugando con dos hermanos. Quedó flechado cuando la vio, hablaron y encontraron grandes afinidades. Entonces mi padre la invitó a tomar café en su casa para que sus padres la conocieran, se enamoraron y se casaron en la iglesia Santa Teresita de Bogotá. Tuvieron su casa en La Magdalena, un sitio muy lindo en barrio clásico bogotano, donde nací.

Mi mamá se dedicó a su marido, a sus hijos, a la jardinería, a la costura porque a mi madre toda la vida la vi tejiendo, hizo el ajuar de mis hermanas. Una de sus grandes aficiones fue la naturaleza, tuvo muy buena mano para las plantas, sembró y cuidó sus árboles, amó sus orquídeas y sus anturios, cultivó un huerto en Cachipay y otro en Anolaima.

Tuvo tres grupos de ruedas de juego, como les decía, porque jugó naipes con sus amigas: con unas bridge, con otras canasta, con otras más toruro, entonces disfrutó magníficas tardes de té en casas de sus amigas, que son un encanto. Para mí resultaba un plan estupendo cuando llegaba del colegio y me encontraba con ese grupo de señoras maravillosas compartiendo, y cuando no se reunían en la casa iba con mi padre a recogerla. Cada una representaba una vivencia, toda una experiencia por todo lo que ocurre alrededor y porque para mí cada casa bogotana se asemeja a cada país que he conocido.

Mi madre fue una mujer caritativa, hizo un número importante de obras sociales de manera silenciosa, conservando un muy bajo perfil. Fue una de las damas bogotanas de la época de Carlos Lleras Restrepo. Cuando mi tío Charry Samper era ministro de Justicia hicieron bibliotecas para la Cárcel Modelo de Bogotá, organizaron a los presos que conformaron grupos musicales e hicieron obras manuales, artesanías. La acompañé a la cárcel Picota y a la Modelo a ver el espectáculo de los reclusos con sus obras de teatro y a escucharlos tocar. Mi mamá recibió unas cartas muy bellas y sentidas, de presos que ya habían salido, en las que le agradecían también por los libros que habían leído gracias a ella, y le enviaban regalos a la casa. Pero también trabajó por los niños desvalidos.

Fue una mujer muy especial, todo un referente de madre clásica. Tenía su rosario, pues le gustaba rezar. Siempre pronunciaba una palabra linda para todo. En uno de mis últimos cuadros pinté dos rosas de Don Eloy que había puesto en un florero y que abrieron de una manera maravillosa. Estas rosas adornaban el altar de mi madre en el estudio, porque tengo una foto de ella cuando era soltera, y mientras las pintaba empezaron a girar, porque posaron para mí. Escuchaba, como música de fondo, el bullerengue de Petrona Martínez que dice: “Como la madre mía no hay”.

Infancia

Nací en un hogar muy agradable donde tuve la libertad de vivir el momento, de estar rodeado de arte, literatura y cosas lindas. Me fui cultivando poco a poco y disfrutando de la vida en todo su esplendor. Y he continuado esa misma filosofía.

Luego nació mi hermana Patricia, que en paz descanse, un encanto de niña, simpatiquísima, alegre, generosa, siempre estuvo rodeada de buenas amigas. Mi padre la adoraba porque ella lo contemplaba, lo abrazaba, lo consentía. Recuerdo que hacía preciosos tapices en cuero. Después de diez años nació Beatriz, mi hermana menor, pintora, discreta, calmada, muy parecida a mi mamá. Mis hermanas estudiaron en el Saint Patrick.

Desde niño amé la geografía y la historia, el campo y la ciudad, el clima frío y el clima caliente. Porque estuve rodeado de naturaleza, de montañas, de caminos reales, de árboles frutales, de caballos, de perros y de tantos otros animales. Conservo muchos lugares muy lindos donde están mis recuerdos, sitios que fueron alimentando mi inspiración para una vida futura en el arte, como la que llevé después.

Academia

El kínder lo estudié en el Rafael Pombo, colegio estupendo, de las hermanitas Bejarano Manrique, ubicado en una casa antigua, colonial, española, en la calle setenta y algo, abajo de la séptima. El primer día nos recogió una camioneta y me daba mucha ilusión subirme en ella y compartir con mis primeros amigos. En las tardes me llevaban a jugar al Club del Comercio. Luego pasé a primero elemental, lo que me emocionó muchísimo porque usaban colores muy especiales, Prismacolor. En kínder decía: “Algún día llegaré allí”.

Luego entré a El Instituto del Carmen, de los hermanos maristas, un colegio estupendo, bogotano, clásico, ítalo español, de grandes disciplinas, fundado por Marcelino Champagnat. La sede, que quedaba en la calle treinta y nueve con dieciséis, era preciosa, completamente renacentista, de arcos, grandes corredores y una pinacoteca magnífica de arte. Me educaron con amor por la pintura clásica y reafirmó mi deseo de viajar por el mundo gracias a los excelentes profesores de geografía y de historia.

Aquí estudié hasta segundo de bachillerato cuando conocí amigos que eran más libres, que no estudiaban con sacerdotes, sino en colegios más relajados, por lo mismo disponían de mucho más tiempo del que yo. Le pregunté a alguno de ellos donde estudiaba y me dijo: “En El Nuevo Liceo”. Resultó que era un colegio de Rubén Vásquez Téllez, exalumno del Cervantes, ubicado en El Redil, una hacienda antigua de estilo francés en la Sabana a las afueras de Bogotá. Entonces decidí cambiarme con la venia de mis padres.

Estudié al aire libre, tuve amigos realmente especiales, porque hubo mucho compañerismo. Era otro el plan, distinto al de la misa. Fue lo mejor que me pudo pasar en ese momento de la vida. Conocí jóvenes de muchas partes del mundo, de la comunidad judía, de familias amantes del arte, y coleccionistas. Cada amigo era un viaje, como maravillosa fue cada invitación a estudiar a sus casas.

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El mundo

Validé quinto y sexto para poder viajar a Europa, y hacerlo a tiempo, aunque sin saber cómo ni cuándo, pero se me reveló en un almuerzo que tuve en casa de una amiga bogotana. Justo ese día mi amiga recibió una carta de Jorge Holguín, su hermano, que estaba en un Kibutz en Israel. Entonces me contó de estas granjas agrícolas a las que llega gente del mundo entero, cómo Jorge había viajado en barco desde Cartagena, lo que ocurre al interior donde trabajan con disciplina y reciben y comparten todo. Me dijo que allí también se podía estudiar inglés y hebreo.

Llegué a mi casa a contarle a mi mamá de la inquietud que tenía de irme, de viajar en barco y de vivir esa experiencia, porque siempre quise recorrer el mundo. Mi mamá me dijo que consultara, que tramitara los papeles y que ella hablaba con mi padre para que me comprara el pasaje. Así tramité mi pasaporte, mi paz y salvo, me hice los exámenes médicos y reuní los demás requisitos. Cuando ya tenía todo listo mi padre me llevó a Aviatur y me compró el tiquete Cartagena – Génova / Génova – Haifa. No podía creer que esto fuera verdad, que realmente estuviera pasando, pues yo me la pasaba dibujando, con el más exigente detalle, mapas del mundo, con sus ríos, con sus nombres. Y ya se me estaba cumpliendo el sueño, porque en enero saldría en el barco para Israel.

Comenzaron las despedidas de mis amigos, de mi familia, pero también el conteo regresivo pues faltaba un mes para el viaje. Empecé a ver la ciudad diferente, pero también a mi familia. Contaba las horas hasta que llegó el día de viajar. Con todos los requisitos en orden, alisté mis maletas y recibí de mi abuelita un diario en blanco de viaje.

Salí del aeropuerto El Dorado de Bogotá, acompañado por la familia, mis abuelitas me pusieron poemas y dinero en los bolsillos, también cartas de amor, me dieron besos y me protegieron con sus bendiciones.

Aquí comenzó mi vida de viajero. Llegué a Cartagena donde esperé a que llegara el barco de Chile. Mientras esperaba me hospedé en el Hotel Bahía de Bocagrande con otros jóvenes de la comunidad judía que iban para Israel.

Subí en el Rossini, un trasatlántico precioso, porque es toda una obra de arte, su línea es un sueño, hace parte de los tres barcos de la línea italiana de navegación: Rossini, Verdi y Donizetti. Esta era la última vez que el Rossini tocaría tierra colombiana después de hacerlo por treinta años. Venía de Chile, de Perú, de Panamá, con un gran número de extranjeros que íbamos a quedarnos en diferentes puertos de Europa, unos a estudiar, otros a trabajar.

Verlo acercarse al puerto constituía todo un espectáculo, la gente en el muelle recibía y despedía a los viajeros con vallenatos y papayeras. Me subí, saludé al capitán, fui hasta el camarote que me fue asignado y en el que me instalé con mi maleta y con mi libro en blanco. El barco zarpó de Cartagena a la Guaira, Curazao, Tenerife, Barcelona, Marsella, Cannes, Génova y luego Pireo (Atenas), Chipre, Haifa. Iba ya camino hacia mi destino. Cada puerto, cada país, significaban una experiencia única e indescriptible que consigné en mi diario.

Después de cruzar el estrecho de Gibraltar y cuando llegamos a Barcelona, de inmediato fui a la oficina de correos para enviar las cartas que había escrito a mi madre hasta ese momento. Y las conservo, pues guardó todas las cartas que le escribí durante los siete años que estuve por fuera.

Artista

Mi familia ha sido amante del arte. Uno de mis primos, Ricardo Cortázar, hizo un mural en Bogotá. Cuando conocí su estudio en La Candelaria me encantó su vida bohemia y pensé en lo que podía significar ser pintor, artista, pero nunca imaginé que terminaría frente a un caballete. Cuando estoy ante una tela actúo por impulso y por emoción, es mi caso particular, porque no tengo programado lo que voy a hacer, sino que va surgiendo, es el corazón el que me va llevando.

Desde joven me gustaron la publicidad, el color, el arte pop. Yo me fascinaba visitando las casas de mis amigos pues tenían cuadros de Botero, de Negret, pinturas en las paredes de gente estupenda. Pero también me gustaba escribir. No tuve muy claro lo que quería, por lo mismo quise tomarme un tiempo para descubrirme.

Bautizo

Fui bautizado Álvaro Julio, Álvaro como mi padre, Julio como mi abuelo. Pese a que me gustaba mi nombre, en algún momento de mi vida quise uno artístico. Álvaro Cortázar no me parecía tan sonoro, y no me podía llamar Julio por el escritor. Entonces, mientras se me ocurría alguno, firmé Cortázar.

A mis veinte años conocí en España al gran maestro Salvador Dalí, quien al ver mi arte dijo: “Eres un valiente. Tienes tu libertad en las manos”. Regresé a Ibiza con esa maravillosa experiencia y en mi mente la palabra: Valiente. De repente pensé: “¡Valentino Cortázar! ¡Ese será mi nombre!”. Y de inmediato les escribí a mis padres pidiéndoles que, en adelante, me llamaran Valentino.

Israel

El arte se me fue dando en la medida en que pinté cada lugar al que llegaba. Mi meta era estudiar arte en Londres, pero antes fui a Israel donde permanecí por un año, trabajé en el campo con flores, vacas, gallinas. Aprendí hebreo e inglés. Conocí mis primeras historias de amor libre, en plenos setentas, cuando la vida era tan agradable en todos los aspectos, los Kibutz estaban llenos de niñas suecas, holandesas, alemanas.

Dibujé retratos de mis amigos creyendo que cualquiera los podía hacer, pero tenía una habilidad especial para dibujar, Y me decían: “¡Uy! Usted no se va a morir nunca de hambre”. “¡Qué maravilla poder dibujar!”. En algún momento decidí comenzar a guardar mi trabajo y así poder mostrarlo en Londres.

Grecia

De Israel fui a Grecia, estaba fascinado con conocer Atenas y me encantó. Por supuesto, visité sus calles, pero también museos. Me dijeron que el sitio para mí era la Isla de Creta, donde se congregaban los artistas.

Creta

Viajé en el barco donde hice amigos músicos griegos. Partimos del muelle del Pireo, el mayor puerto marítimo de Atenas. Llegué a un pueblito de pescadores, idílico, de la isla Ierapetra donde Anthony Quinn filmó Zorba el griego y donde alquilé una cabaña a la orilla del mar. Estando allí me dediqué a dibujar y a pintar a los pescadores, sus redes, niños, casas, puertas y ventanas y todo lo que iba dibujando también lo iba atesorando.

Con frecuencia pasaba frente a mi casa una señora, y nos saludábamos. Se trataba de Mary Anne Franken, alemana, elegantísima, con chalet frente al Mediterráneo.

Cualquier día que no salí a pintar golpearon a mi puerta, era Mary Anne que me preguntó: “Extrañé no verte hoy pintando, ¿cómo estás?”. Tenía mucha fiebre y dijo: “Estás realmente mal. Mejor ven a mi casa”. Entonces me alojó mientras me recuperaba, me preparó caldo de pollo, porque me cuidó como lo hace una abuelita. Se generó un vínculo muy fuerte entre los dos. En el entretanto me dijo: “Me gustaría ver todo lo que pintas”. Cuando le presenté mi obra, manifestó: “Quiero comprar todos tus cuadros”. Como nunca había vendido uno, entonces no supe cuánto cobrarle. Los compró con la condición de que fuera a Turquía, que conociera Estambul.

Mary Anne tenía la edad que tendría mi abuelo materno en ese momento si estuviera vivo, sería como su reencarnación porque los dos eran de Bremen. Con el tiempo ella viajó a Colombia a conocer a mi familia.

Turquía

Busqué en Turquía a las personas que Mary Anne me había referido, como su marchand de arte en Estambul, quien era dueño del Hotel Pera Palace, el más elegante de la época. Me invitó a su casa, un palacete chiquitico lleno de cosas de bazar, entonces destiné la mitad de los recursos a comprarle bisutería y joyas.

Londres

Con unas amigas viajé a Londres en una furgoneta Volkswagen de la época. Pasamos por Yugoslavia, Italia, Austria, Alemania. En Ámsterdam visitamos el museo de Rembrandt donde vimos la obra de Van Gogh. Como hice tantas amistades en Israel de Inglaterra, tenía quien me esperara.

Continúe a mi destino en tren, pero también haciendo auto stop, y me pasaron cosas geniales. Alguno de los carros que se detuvo para llevarme, no quiso recoger a dos jóvenes que también necesitaban transportarse, entonces sentí mucho por ellos. Más adelante me quedé en la carretera y me recogió otro carro con los dos jóvenes que habían quedado atrás. Seguimos el viaje, felices, hasta Londres, nos hicimos amigos, compartimos teléfonos y se ofrecieron a darme la mano ante lo que pudiera requerir.

Al llegar busqué a mi amiga y no la encontré, entonces llamé a los jóvenes. Me recibieron en su casa y me alquilaron una habitación, pero quedaba retirada de la escuela de Bellas Artes a la que tenía que llegar en tren. En la estación encontré un letrero, escrito en griego, que decía que había disponible un estudio para alquiler, llamé al dueño, hablamos y coordinamos verlo. Quedaba en South Kensington a dos cuadras de la Escuela, en el barrio más hermoso, en medio de una belleza de ambiente y al lado de todos los sitios que me gustaban.

Allí estuve un año visitando museos, estudiando, pintando, pero especialmente dibujando al carboncillo porque busqué soltar la mano antes de pasar al óleo. Me tomé diez años dibujando, porque todo tiene su arte y toma su tiempo.

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Madrid

Recibí una llamada de mi amigo Juan Go Fernández, fotógrafo bogotano que estaba en Madrid, para invitarme a pasar la Navidad y conocer su estudio que quedaba al frente del Museo del Prado. Madrid me significaba todo lo opuesto a Londres, la capital inglesa era liberal mientras que en España se vivía la época de Franco. Viajé, nos reunimos y nos encontramos con otros dos amigos con quienes pasamos las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Estando en el museo pasé al Ritz a tomarme un jerez en el bar donde conocí a un señor muy gentil y le pregunté por el café más famoso de Madrid en el que se reunieran los pintores de la época, de los años 20, la Belle Époque, y me dijo: “Usted me está preguntado por El Gran Café Gijón”.

Resultó que quedaba a dos cuadras de la casa de mi amigo, entonces le pedí a Juan Go que me acompañara. Fuimos, pedimos un chocolate muy espeso estilo español, y vimos junto a nuestra mesa a un señor inglés que leía el periódico, fumaba pipa mientras tomaba algún licor. Cuando nos escuchó hablando español nos preguntó: “¿Ustedes de dónde son?”. Pues le llamó la atención nuestro acento que encontró muy particular. Se trataba de Ian Smith, director de cine, que se unió a nuestra conversación.

Mi amigo se fue y nosotros continuamos la charla en la que le compartí mis memorias. En un momento dado le pregunté: “¿Será que en este mundo hay un lugar donde vivan los artistas?” / “¡Por supuesto! Ibiza es el sitio para ti, es la meca del arte, justo allí acabamos de filmar una película”. Decidí que viajaría al día siguiente a conocer. Esa noche había una cena de despedida de su grupo de amigos del cine, porque él seguía para Londres. Como estaba muy feliz de mi decisión, me invitó y compartió esta noticia con todos sus colegas.

Ibiza

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, Ian me recogió en su carro, un Jaguar antiguo, todo un clásico para dos personas, y me dejó en la carretera para que yo tomara un transporte a Valencia y seguir hasta Ibiza. Levanté la mano, paró un camión y el conductor me llevó hasta Valencia conversando sin descanso. Aquí me quedé unos días viendo a Sorolla, el maestro de la luz, y a los grandes pintores valencianos. Luego esperé por un barco o un avión que me llevara a mi destino final, el que primero apareciera, pues llegaban tan solo una vez a la semana.

Me fui para el aeropuerto y, ¡oh, sorpresa!, quienes se subieron al avión eran todos artistas, gente divina, niñas preciosas con sus pintas, pareos, sombreros. Todo del otro mundo. Se sentó a mi lado un joven muy simpático que vivía allí desde hacía años, era un artesano que trabajaba el cuero y me habló de la pensión donde debía quedarme, la playa a la que debía ir, porque me hizo un recorrido para que me ubicara. Al ver por la ventana ese mar, sus colores como los de San Andrés, supe que llegaba a un paraíso. Me enamoré de la isla desde el primer momento.

Una vez aterrizamos en una pista que no era pavimentada, tomamos un bus chato de Iberia que salió del aeropuerto por una carretera absurdamente angosta hasta la ciudad. Llegué a la pensión que me habían recomendado, dejé la maleta y salí a comer disfrutando del ambiente, de la gente que me hizo recordar a Creta, pero Ibiza era mucho más cosmopolita.

Me fui quedando y no volví a Madrid ni a Londres. Llamé al griego y a Juan Go para que me enviaran mis cosas, las que nunca llegaron y que poco me importó pues me dediqué a ser yo. Todo se fue dando de manera muy espontánea, quería dar lo mejor de mí, hacer lo mejor, a manera de religión interior.

Abrí una carpeta de cuero donde guardaba mis dibujos y pinceles, y me dediqué a dibujar y a pintar. Me esmeré al extremo, en las noches pintaba muchísimo y salía religiosamente con mi carpeta que no le mostraba sino a quienes lo solicitaban, entonces nos sentábamos en un café a revisar. Comencé a hacer camisetas pintadas a mano por mí y las vendí en una tienda de una niña de Marruecos. Los alemanes fueron mis principales clientes, siempre me decían: “¡Déjanos ver qué llevas ahí!” Y me compraban.

Los precios comenzaron a subir, salí en el periódico, me conecté con los coleccionistas alemanes e italianos, hice amigos de todo el mundo, artistas magníficos con estudios muy bien montados en sus casas, y se convirtieron en mis mejores maestros. Recuerdo a David Monette, Jassy Richardson, James Taylor, David Walsh, Esteban Sanz de Cepeda. Algún día un neoyorquino me compró la exposición completa convirtiéndose en mi puerta de entrada a los Estados Unidos.

Dinamarca

Me había enamorado de Olivia, una danesa que quedó embarazada de mi hija Lea Silvana. Entonces feliz me quedé con ella durante un año en Dinamarca donde pinté sin descanso, muy enfocado en el detalle, surrealista, lo que nacía de mi alma. Pero mi plan era regresar a Ibiza para instalarme con mi familia.

Ibiza

Al regreso a Ibiza me encontré con mi mejor amigo, Paco Casas, arquitecto, a quien le pregunté por un sitio para hacer una exposición. Me habló de un lugar que resultaba perfecto para mí. Se trataba de un astillero donde antiguamente hicieron barcos. Cuando fuimos a verlo al abrir la puerta vi una especie de capilla que me cautivó. Lo pintamos de blanco, pusimos los rieles e instalé los cuadros que había hecho en Dinamarca.

La noche de inauguración hubo luna llena, asistieron amigos de todos los estilos, el marqués, el hippie, el músico. Junto a la galería había un restaurante muy famoso de Marcel, amigo francés, que esa noche ofrecía Cuscús y los comensales pasaron a visitar mi exposición invitados por Giorgio, un amigo italiano. Se trataba de un grupo de gente de Nueva York. Uno de ellos, Jerry Masucci, productor discográfico y uno de los fundadores de la Fania All Stars, Fania Records Inc, me llamó aparte y me dijo: “Te quiero comprar todos los cuadros, pero el sábado viajo de regreso a Nueva York, ¿sería posible tenerlos listos?”. Era jueves y me comprometí. Los empaqué y se los llevó, todos, sin excepción, y me pagó en dólares.

Cerré la galería, no hice en ella más exposiciones, traje a mi mujer y a mi hija de Dinamarca a la casa que había dispuesto para ellas, y compré un Citroën que disfrutamos en familia. Comenzó una etapa muy linda de la vida hasta que nos separamos de manera muy civilizada y amigable.

Venecia

Me propusieron hacer un afiche para el Ballet España y decidí hacerlo en Italia. Primero llegué a la semana de la moda en Milano donde conocí a una niña muy linda con quien me fui para Venecia. Llegar a ese gran canal e instalarme en el Grand Hotel Danieli, que es fuera de serie, fue alucinante, creí que moriría de felicidad. Nunca hice el afiche y regresé a Ibiza para despedirme de mi hija.

París

En París tomaría el vuelo a Nepal, pero no me aceptaron el travel check con el que pagaría mi viaje, sino que me exigieron efectivo. Esto me hizo reflexionar en que llevaba siete años sin venir al país, me llegó al alma la idea de estar con mis padres, de disfrutar de la finca, de sentir mi tierra. Entonces me devolví a la agencia caminando y le dije a la funcionaria: “Señorita, voy a cambiar el pasaje”.

Bogotá

Iba hablando en el avión con un joven que me preguntó: “¿Sabes qué día es hoy?” Le contesté que no tenía idea. Entonces me dijo: “Día 7 del mes 7 del año 77”. Cuando aterrizó el avión en el Dorado, a las siete de la mañana, para mí fue como si despertara a un sueño increíble.

Llamé a mi abuela, llegué a su casa y me recibió con un delicioso desayuno bogotano como el que hacía años no disfrutaba. Vino mi padre para irnos a la finca iniciando un paseo maravilloso de bajar y bajar hasta llegar a ese campo silvestre en la región del Tequendama que nos conducía a la casa de mis padres, Villa Verde, en Cachipay.

Recorrí nuevamente los caminos antiguos de herradura, para instalarme a contemplar y dibujar las plantas y todo cuanto me rodeaba, porque estaba completamente maravillado con ese nuevo despertar a mis raíces. Organicé mi estudio de pintura en un espacio privilegiado, inspirador, donde disfruté tardes de té viendo el atardecer y los nevados.

El primer día que fui a Bogotá me encontré en la quince con ochenta y pico con mi mejor amigo, Juan Go Fernández. Hablando me dijo que estaba trabajando con Cromos con quien tenía un proyecto que le implicaba viajar por Suramérica con un copiloto para hacer las fotos de los viñedos Undurraga en Chile.

Cusco

El 12 de octubre viajamos en su Renault 4 por cuenta de Sofasa. Mi responsabilidad era cambiar la música y alertar de las bellezas del paisaje. Por supuesto traje conmigo los pinceles, la carpeta y el diario de viajes.

Disfrutamos de un eclipse de sol que cambió el paisaje cuando pasábamos por La Línea, porque la luz era otra. En Cali nos atendieron familiares, seguimos hacia Popayán, llegamos a Pasto, continuamos el trayecto hasta Lima fotografiando y dibujando en lo que considero un viaje pictórico fascinante.

En Lima le dije a Juan Go que yo tenía que conocer Cusco. Al llegar me enamoré de esa divinidad de lugar y quise quedarme a vivir allí un tiempo importante, porque Juan Go podía hacer miles de fotos en un instante, en cambio yo requería establecerme un buen rato. Entonces, cuando me dio alcance, yo estaba pensando en que se acompañara con otra persona, tal como ocurrió. Fuimos a comer con Luchito Corral, gran artista, músico genial que también dibujaba y de quien me hice amigo, le comenté del viaje y estuvo dispuesto a acompañar a Juan Go.

Me instalé por un año en Cusco. Al comienzo me quedé en un hotel de viajeros, luego encontré el espacio más hermoso para mi estudio que miraba las ruinas de Sacsayhuamán, donde salía la luna llena, todo un sueño. Conocí los caminos Incas, Machu Picchu, Ayacucho, pero también pintores, chincheros, gente maravillosa.

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Cachipay

Regresé a Colombia, también por tierra, y armé una exposición con todos mis cuadros pintados en Cusco. Pero en Cachipay también instituí la Feria de la Flor y el Arte, para aportar a la vida cultural del pueblo, tradición que se mantuvo por años.

París

Después de un tiempo decidí volver a Europa vía las Bahamas hasta llegar a París donde permanecí por dos días. Compré cuatro libros en blanco en la Senellier, una de las tiendas más antiguas, porque es legendaria, donde artistas como Picasso encontraban sus juguetes de pintor. Tenía la ilusión de escribir cuatro libros, por las cuatro estaciones, en un momento en que se acercaba el invierno. Después de disfrutarla, de visitar sus museos emprendí mi viaje a Ibiza.

Ibiza

Regresé a Ibiza. Luego fui a Deyá en Mallorca y al Convento de los padres Cartujos destino de gran inspiración donde vivió Chopin, pero también Robert Graves, autor de Yo Claudio. En este sitio tan acogedor, que era como un Cachipay, pero con mar, lleno de artistas y de gente muy particular, se despertó mi ánimo para escribir motivado también por el libro Un invierno en Mallorca, de George Sand.

Mientras mi hija vivía con su madre, que iniciaba una nueva historia de amor, organicé mi estudio de nuevo en una casa preciosa que encontré. Caminaba con mi libro debajo del brazo para tomar nota de cuanto leía y veía, dibujaba a los personajes típicos como el barrendero, la gente del bar, y en las noches escribía y transcribía con mi caligrafía, pinceles, plumas y rapidógrafos, porque soy noctámbulo para trabajar. Escribí el Diario de Ibiza en invierno que terminé en abril del 78 y pinté con la ilusión de exponer en Colombia.

Bogotá

Una vez en el país, para hacer mi exposición establecí contacto con la Galería Belarca, en la Calle 19 con quinta, cerca de los Andes, de Alicia Baraibar, un encanto de galerista.

París

En este regreso al país conocí a la madre de mi hijo Esteban, e inició una parte de mi vida muy interesante que solo se da cuando viene el amor de esta manera. En mayo siguiente contrajimos matrimonio en Ibiza, me instalé en París y escribimos una historia de amor magnífica. En algún momento los dos deseamos volver a Colombia y disfrutar de todo lo que el país ofrece.

Bogotá

Nos instalamos en Bogotá y mi esposa quedó embarazada. Fue una época muy creativa entre Cachipay, Bogotá y Tolima. Hice una exposición en la Galería Iriarte, en Callejón del Norte, con los Úngar, el padre de los libreros. Conocí a Enrique Michelsen, art dealer genial, que me visitaba en la finca y vendía mis pinturas en la capital y las instalaba en casas de familias bogotanas. Salvador Dalí alguna vez me dijo que cada cuadro tiene un dueño predestinado, como el amor. Las pinturas son siempre nuevas, nunca sabes dónde van a terminar. Cada cuadro es todo un acontecimiento, luego enmarcarlo, colgarlo e ir a verlo en casa de quien lo compra.

En medio de una vida tranquila nació Esteban.

Cartagena

Estaba ya separado de mi esposa cuando recibí una invitación para hacer un mural en Cartagena. Me enamoré de la ciudad, hacía mucho que no la visitaba pues cuando iba no me detenía, sino que seguía para las islas.

Caminé sus calles que me encantaron y deseé tener un estudio. De repente me encontré con unos amigos franceses que se iban para Francia y dejaban el suyo, fui a verlo y lo tomé. Así estuve entre mi estudio en Cartagena y el de Bogotá hasta que me invitaron a exponer en Nueva York.

Dinamarca

Un día recibí una llamada de Jerry Masucci, quien había comprado mis cuadros en Ibiza, para decirme que necesitaba veinte más para hacer una exposición. Si bien no tenía nada para ofrecerle en ese momento, me comprometí a pintarlos. Entonces viajé a Dinamarca para retratar a mi hija.

Nueva York

Una vez tuve los cuadros listos, llevé la obra para la exposición de Nueva York. Quise quedarme y Masucci dijo: “Tengo un estudio para ti”. Visitamos su casa de campo y al regreso fuimos a ver el estudio: precioso, amplio, era una casa gótica con piso de parquet, con grandes ventanales, a una cuadra del Central Park. Quedé feliz, compré mi caballete, me instalé y me quedé a vivir en Nueva York.

Disfruté del Metropolitan, que me quedaba cerca, apenas tenía que cruzar el parque para llegar. Mi gran plan diario era ir al Museo Metropolitano, al Guggenheim, a la Morgan Library, al MOMA, caminar por Madison, en ese momento estaban en furor las subastas de Christie’s. Me dediqué a hacer nuevos amigos.

Después de seis meses tuve que volver a Colombia, pero regresé a Nueva York. Decidí quedarme y tramitar mi Green Card, para lo que gestioné con abogados. Finalmente, después de seis años me dieron la residencia americana. Para inaugurar mi Green Card vine a Colombia a celebrarlo junto a las Bodas de oro de mis padres. Llegué de sorpresa a su casa, con serenateros, y vivimos la fiesta.

Miami

En algún momento quise mudarme para vivir a la orilla del mar. Me hablaron de Miami, sitio de moda al que estaban llegando pintores, fotógrafos, modelos, agencias, donde hacían cine y se imponía el Art Déco. Me pareció interesante y quise pasar mi cumpleaños allá. Entonces llamé a Anthony, mi primo adorado que vivía en Fort Lauderdale, para pedirle que me reservara en el más auténtico Art Déco de South Beach y celebrar mis cuarenta.

Llegué en la noche al Hotel Park Central, que es una joya. Al despertar en la mañana vi ese mar azul intenso, las palmeras, la gente en bicicleta, patinando, todos tranquilos caminando con sus perritos por el mar, el hedonismo, el amor a la vida. Me encantó hasta tomar la decisión de instalarme y dejar Nueva York.

Al comienzo me quedé en casa de mi primo donde llegó a visitarme Esteban. Quise llevarlo a la playa, por lo mismo busqué un sitio en el que pudiéramos pasar su semana de vacaciones del Liceo Francés. Lo recogimos en el convertible de Anthony, muy despacio observamos las calles, el Ocean Drive brinda un ambiente encantador, entonces le dije a Esteban: “Escoge el hotel que más te guste”. Nos alojamos en el Avalon y tomamos una suite linda mirando al mar.

Cuando Esteban regresó a Colombia, decidí quedarme a vivir en el hotel, me hice amigo del dueño, Mr. Tom Glasie. También conocí a Mark Zoyka, dueño del News Cafe de la esquina que era famosísimo, y pensé que si algún día tenía un estudio en Miami tendría que ser en ese edificio, con balcón y vista al mar. En esa época estaba lleno de gente mayor, ya jubilada. Pasaron semanas y meses, un año, pero no se desocupaba ningún espacio.

Si bien estaba feliz en el hotel, no tenía estudio, entonces pensé en irme para México a buscar un lugar donde pintar. Fui a hablar con Mark, pero justo en ese momento él venía buscándome para decirme que acababan de dejar un estudio en el edificio de mis sueños. Tomé mi estudio, lo arreglé, instalé mi caballete, generé mi ambiente y comenzó el renacimiento de los 90′s en todo su esplendor, con el cine, los videos, la pintura, las galerías, la belleza de la gente.

Por diez años estuve viajando entre Miami y Nueva York, donde Miami era mi fuente de inspiración y en Nueva York estaba mi mercado. Me recibían en hoteles muy lindos donde los coleccionistas iban a ver mi nueva producción.

Por un tiempo Esteban vivió conmigo en Miami, le conseguí colegio y comenzó otra etapa muy especial de nuestras vidas.

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Cartagena

En algún momento me visitó Mauricio Quintana, amigo bogotano que estaba abriendo su galería de arte en Cartagena, y me propuso hacer una exposición. Al regresar me volví a fascinar con La Heroica, quise vivir en ella pues Miami ya empezaba a cambiar y no me resultaba tan interesante.

Hablando con Gérôme, francés que esa noche estaba en la galería, le hice el comentario de que si encontraba un lugar que eclipsara mi sitio en Miami, me quedaría en Cartagena. Me invitó a ver su edificio Plaza Bolívar, frente al Parque Bolívar, un sitio emblemático, en el que se quedaba Carlos Lleras Restrepo cuando era presidente de la República. Yo lo conocí cuando estaba en obra, luego allí tuvieron apartamento el maestro Morales, Salmona y varios otros.

Mientras disponía de alguno, me quedé en un hotel precioso desde el que podía contemplar la puesta del sol todos los días. Se trata de la Casa Peter, de Peter Tomkins, famoso escritor inglés y autor del libro The Secret World Of The Plants. La casa cuenta con un balcón precioso y una vista magnífica, y está ubicada justo al lado de la casa del maestro Obregón. Cuando me mostraron el apartamento del maestro Rogelio Salmona, que tenían para alquilar, lo tomé por un tiempo. Era un sueño de lugar en el Centro Histórico, con 360 grados de vista, una Florencia caribeña, viendo las cúpulas de las iglesias, los veleros, las olas del mar. Me quedé por un mes, por dos, por un año, por dos, por diez y aquí sigo. Sigo viajando, he vuelto a Ibiza y a muchos lugares del mundo.

Su familia

Mi hija Lea es una historia de amor preciosa con su madre en Ibiza, una gran ilusión para mí por el hecho de hacerme su padre en una época pictórica. Es danesa y vivió sus primeros años en la isla de Ibiza muy libremente, luego en Dinamarca. Estudió psicología infantil y se ha dedicado a los niños con problemas especiales porque es muy humana, muy sensible. Tenemos una conexión muy especial, ahora como abuelo de su hijo David, mi nieto.

Esteban es también una historia de amor, un artista muy vinculado a mi arte y al campo porque su madre hizo un trabajo precioso con él. Vivimos algunos años en Miami, con estudio junto al mío, cada uno con su espacio de inspiración comunicados por un balcón que mira al mar. Así tuvimos independencia mientras nos brindamos compañía. Esteban pudo llevar una vida de gran libertad, sintiéndose seguro y tranquilo. En ningún momento tuvimos televisión, entonces pudo desarrollar su talento artístico sin influencias negativas ni extrañas. Para llegar al estudio se tenía que recorrer un pasillo largo que sirvió de pasarela para sus modelos. En su mundo todo era imaginación, de ahí nació su vocación por la moda, por el diseño que se le da muy naturalmente.

Andrea, el último amor es siempre el primer amor. Todo brilla a nuestro alrededor, porque nos llevamos divinamente. Es una artista espléndida, diseñadora de interiores que ha hecho casas en Nueva York y Cartagena. Es bogotana y sensible, como lo soy yo. Es el complemento ideal, porque cuando el amor toca a la puerta, uno lo sigue. Ha sido mi gran motor, mi polo a tierra, mi gran inspiración. El tiempo es la eternidad inundada de amor.

Reflexiones

¿Cree que uno tiene una energía que atrae aquellas cosas que le son comunes? Porque su mirada al mundo es desde la estética, la belleza y lo positivo.

Desde niño tuve una sensibilidad profunda por la naturaleza, el gusto por contemplar una hoja, una piedra, el musgo, un helecho, una orquídea y a las personas. Siempre encuentro la belleza, porque está en todas partes.

De mis padres y abuelos aprendí a desarrollar la espiritualidad, la bondad, pero también el sentido común para detectar las malas energías y aquello que no conviene. Prácticamente detecto una persona o un lugar que me dice claramente: Agua que no has de beber, déjala correr. Soy muy consciente, como Buda, de que uno sale de su casa y se encuentra con que no es todo color de rosa como se vive en el hogar.

La vida es un eterno retorno, como el Ying y el Yang. Y yo la veo por el lado amable, contemplativo de la belleza: las olas del mar, el atardecer con los niños jugando en la arena. Me detengo en esas cosas que me inspiran para más tarde llegar a dibujar o a escribir un poema. Así ocurre con las relaciones humanas, con mi mujer, a quien adoro.

Vivo con la ilusión de las buenas noticias, de las buenas cosas. Como aquella frase que invita a solo pensar en cosas que den alegría, porque me encanta esta filosofía que aprendí en Ibiza, donde todos vivíamos en función de la belleza. Y es un arte también mantenerme en ese estilo de vida.

Usted es artista plástico y escritor. Por lo mismo, quisiera saber cuáles son sus libros más queridos.

Son muchos y muy valiosos. Mencionaría dos que están alineados con lo que acabamos de hablar. Son La importancia de vivir, de Lin Yutang, fue mi libro de cabecera por muchos años, al igual que Los secretos de salud, la clave de la juventud, del maestro Israel Rojas, homeópata, incluye dibujos de flores y plantas medicinales y lo que significan para la salud.

¿Su ancla tiene temporizador? ¿Cómo dejar un lugar mágico, maravilloso, que le inspira, para llegar a otro igualmente excepcional que le nutre? ¿Usted es un espíritu libre que no permite permanecer más de determinado tiempo en un sitio?

Nunca pienso en algo así. Las cosas llegan espontáneamente, por impulso y por emoción. No me planteo esto en ningún momento.

Ahora estamos dichosos en Cartagena, un lugar absolutamente divino en todo el sentido de la palabra. Viajar me parece genial y cuando se pierde la novedad quisiera conocer otros destinos, como Oriente, Japón, que siempre he estado a punto, pero nunca llego. La ilusión de vivir es esa.

Tengo mi polo a tierra que es Andrea, mi mujer divina, vivimos encantados cada día que es para siempre. Como le digo a mi hijo y que le escuché decir a alguien en Ibiza: la vida fluye y va en una onda muy interesante por diferentes lugares del mundo.

Desde chiquito presté mucha atención a las conversaciones de los adultos y me concentré para que todos mis sueños se hicieran realidad. Viajar fue uno de ellos y conocer gente del mundo me ayudó a lograrlo. Sin darme cuenta el mundo se me fue abriendo.

Me encanta ponerle sellos a mi pasaporte y cambiar de país, ver un mundo diferente, gente distinta, culturas nuevas, dejarme sorprender por la belleza de la naturaleza.

Hay mucha luz en su historia, pero ¿hay una puerta que lleve a un cuarto oscuro donde se hallen temores o adversidad?

No sabría decirte. No se me pasa nada por la mente, nada.

¿Cómo maneja la frustración?

La verdad no me siento frustrado. Jamás en la vida he roto un dibujo que no me guste, nunca, porque para mí es una enseñanza. Nunca trato de hacer algo concreto, dejo que las cosas fluyan. Si algo ocurre es para bien, como cuando se me derrama un tarro de tinta encima de un dibujo, lo veo increíble y no me frustra.

No me pongo obstáculos. Entrado en años es que uno comienza a entender y a valorar la vida.

¿Qué hay en sus silencios?

¡Creatividad!

Hablo conmigo, pero también con seres que han sido especiales en mi vida y que viven en mi mente. Recuerdo experiencias con familiares y amigos, con personas que han sido valiosas como Marcel Proust, Walt Whitman, García Lorca, Oscar Wilde, porque también mis libros son mis amigos, en cualquier momento los abro y están ahí para mí, en cualquier hoja me transmiten un mensaje valioso. Igual me ocurre con el arte, de repente se me aparecen Las tres gracias de Botticelli. La biblioteca me encanta.

Disfruto de las diferentes horas del día, la mañana, la tarde, el medio día, porque en todos hay momentos especiales de luz. Me influencia la luna llena que es cuando más estoy pintando. Blue Moon es el momento de máxima creatividad artística, pero también es cuando más niños nacen, cuando más delfines y ballenas nacen. Durante el mes estoy pintando y en luna llena estoy terminando mis cuadros, y la luna va en ellos porque es real, no inventada.

Cuando uno es ciudadano del mundo, va ligero de equipaje y acumula experiencias, ¿qué otras cosas acumula?

Siento que no tengo nada más allá del arte, de mis pinturas y mis libros. No tengo nada especial que me ate distinto a mi familia. Me encanta vivir en un lugar lindo junto al mar y he sido particularmente cuidadoso para escoger mis estudios.

De niño usaba los binóculos de mi padre para observar la vista desde mi habitación, desde donde veía Monserrate, porque esta me es muy importante. En la finca abría la puerta de mi cuarto y sentía el aroma agradable de la naturaleza, veía un jardín y cómo cargaban de caña las mulas.

¿Es crítico de sí mismo y de su producción?

Aquí pienso en el maestro Cavelier y las bellezas que está pintando, porque cuida el detalle de cada trazo. Pero también en mis amigos de Ibiza. Y en mi hijo haciendo sus proyectos creativos. Cada uno es diferente en técnicas e inspiraciones.

Tengo mi manera de expresarme y me doy cuenta de que tengo varios estilos de paisaje cuando interpreto la belleza de la naturaleza, de la mujer que dibujo con cuello largo. Soy impresionista, el paisaje posa para mí y lo registro. Por ejemplo, los insectos posan para mí cuando llegan atraídos por la luz y justo al terminar de dibujarlos se van volando. Alguna vez quise dibujar un caracol silvestre, me pareció sencillo, pero me tomó una semana lograrlo. Soy muy meticuloso, me gusta pintar las piedras en muchísimo detalle, con su musgo, y para eso hago uso de una variedad de lupas y lentes. A un aguacate le pinto todas las pecas.

Estoy muy involucrado con la cultura Zen, con el taoísmo. Cuido la importancia de cada trazo. Busco la simplicidad en el arte. Así voy por el camino que me va presentando el universo.

¿Cómo ha vivido la pandemia?

En pandemia me sentí como en un monasterio, como en un convento, por lo tanto, me dediqué a escribir. No podía salir, no podía ir al estudio donde tengo mis colores y pinceles.

Pensé en leer cuando Andrea me dijo: “Tengo un libro en blanco que dejó Esteban aquí. Te lo voy a mostrar”. Me trajo un libro de veinte hojas en tela, en formato de El País de España, por un proyecto que mi hijo tuvo con los indígenas de la Guajira. Lo llamé a preguntarle si lo podía usar, entonces lo preparé y me consagré durante esta novedad mundial. Está dedicado a nuestro arte Precolombino que para mí es lo más hermoso que puede haber en la vida, porque fueron mis primeros maestros en el arte desde la orfebrería y registré los poemas con mi caligrafía. Lo fui haciendo por lunas.

Abrí un estudio en la casa antigua de Cartagena donde tengo una galería chiquita, un espacio que da a la calle, totalmente colonial: piso blanco y negro, y techo alto. Armé un gabinete de mis recuerdos con mis libros. Noctámbulo me dediqué a trabajar, en un misterio y un silencio absolutos: las calles vacías, como de otro mundo, frente a la muralla con la garita.

¿Qué es el tiempo en su vida?

Manejo el concepto de la eternidad, como lo expresa Khalil Gibran. El día de mañana nunca ha existido para mí. Siempre es hoy. El pasado es historia, el presente es un regalo divino y el futuro es un misterio. Vivo en ese ritmo y me doy cuenta cuando pinto, porque mi pintura cambia: estoy frente a un lienzo en blanco y de repente hay una mancha y se va transformando como lo hace un hijo cuando nace.

Cuando pinto estoy conectado con otros seres, espíritus de pintores del renacimiento que llegan a mi mente y me mueven los brazos, las manos, y me hacen cambiar para llegar a vivir cosas que son alucinantes en el proceso de crear. Es algo muy particular lo que ocurre en la contemplación del cuadro. Cada pincelada es un poema.

Salvador Dalí me dijo: “La mano tiene memoria como la tiene el cerebro”. Y cuando me dijo que tenía la libertad en mis manos, supe que lo mío era ser pintor así me muriera de hambre, pasara lo que pasara, y llevo cincuenta años pintando.

Aunque vive en un eterno presente quisiera preguntarle por sus proyectos.

Ahora estoy colaborando con mi hijo Esteban en sus proyectos de moda que basa en mis dibujos. Así sumamos creatividad. Tengo la ilusión de ver a mi hija Lea. También tengo una exposición en Nueva York pendiente.

Es la ilusión del porvenir la que lo lleva a uno de la mano hacia el futuro.

¿Cuál es su sentido real de la existencia?

Dejar una huella imperecedera. Todos somos seres valiosísimos, la vida es un tesoro y mientras el destino nos permita desarrollarnos en un entorno positivo y hacer lo que está en nosotros, mientras no nos trunquen ni pongan obstáculos ni nos cambien, lo podremos lograr.

Mi huella está referida a ser positivo, a vivir el amor por el arte, por la literatura, a dejar mi impronta, pues, la vida dura poco, el arte dura más: “the art is long, life is short”, Hipócrates.

Como ser humano uno deja una semilla en cada persona que conoce. Todo tiene su tiempo, como dijo una amiga maravillosa en Nueva York: Everything is timing. Mi padre me decía desde niño: “cada cosa a su tiempo”.

Importan las vivencias, porque no importa que se tenga una determinada edad, es la calidad de las experiencias, porque si uno va como viajero tiene que observar, de lo contrario sería como un pájaro sin alas. Importa la salud por encima de todas las cosas: poder pensar, pintar, ayudar. Es un arte vivir cada día.

¿Cuál debería ser su epitafio?

No dejes para más tarde lo que puedes hacer bien ahora mismo.

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