“Si eres idealista, no importa lo que hagas ni lo que ocurra a tu alrededor, porque se trata de cosas que no existen”.
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Uno de los libros más controversiales de la literatura norteamericana del siglo XX es “Todos los hombres del rey” (“All the King’s Men”), del norteamericano, Robert Penn Warren (1905-1989), publicado en 1946 y ganador del premio Pulitzer en 1947. Se trata de una novela que refleja con precisión la política, la corrupción, la historia del estado de Luisiana y del sur estadounidense. Pero sobre todo, se centra en la relación de los seres humanos con el poder: el concepto, las actitudes morales frente a su ejercicio, la imposibilidad de permanecer al margen y la propensión constante a la arbitrariedad de los gobernantes. El académico Malcolm O. Sillars se refiere a la novela como una verdadera representación del populismo estadounidense que afectó a la población marginada tanto del sur como del medio oeste durante los años treinta (“Warren’s All The King’s Men: A study in Populism en American Quarterly”, V. 9, N. 3, p. 345).
Robert Penn Warren nunca reconoció que la novela estuviera inspirada en el gobernador del Luisiana, Huey Pierce Long (1893-1935); sin embargo, tanto el contexto histórico como el personaje eran evidentes. Long pertenecía a una familia humilde, pero logró estudiar derecho y trabajar en la Comisión de Ferrocarriles del Estado. Se convirtió en activista defensor de los derechos de los blancos pobres y fue nombrado gobernador de Luisiana en 1928. Trabajó por la educación pública y la salud, pero bajo este escudo social se volvió un dictador prepotente, nepotista y corrupto. También fue senador de Estados Unidos. Un loco lo mató a tiros cuando su carrera política iba viento en popa. Esta figura controversial y ambivalente se transformó en el mito histórico que sirvió de base a la novela ficticia de Penn Warren.
La novela está narrada por Jack Burden, el colaborador de Willie Stark, gobernador de Luisiana. Jack ejerce varias labores para su jefe: le organiza discursos, lo acompaña en campañas, investiga asuntos oscuros que Willie puede utilizar para chantajear a sus oponentes y en todas las actividades del gobernador, incluso algunas privadas. En ese sentido, se convierte en testigo del ascenso de Willie al poder y en verdadero protagonista de la novela, ya que es su punto de vista y su propia indagación interna sobre las construcciones sociales alrededor del poder las que constituyen el hilo argumental.
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Willie Stark había comenzado su carrera como un hombre honesto, un abogado que denunciaba la corrupción, que tenía unos ideales ingenuos y un tanto utópicos. Durante una campaña descubre la fuerza de sus discursos, cuando interpela al pueblo y se convence de que a la gente del común no le interesan arengas técnicas, sino quieren a alguien que represente su resentimiento. Es decir, las masas necesitan echar la culpa de su inconformismo a las élites y requieren a alguien que refuerce esa rabia. Empieza a prometer escuelas, hospitales, carreteras. Pero sus llamadas reformas sociales necesitan de chantajes, espionaje ilegal y destrucción de sus enemigos políticos a toda costa, incluso de la mentira: “¡Diles lo primero que se te ocurra, pero por el amor de Dios, no intentes conseguir que piensen!”.
Jack, quien tiene una formación de historiador y periodista, se da cuenta de cómo la corrupción va creciendo en forma gradual y la información se va manipulando en proporción con la necesidad de poder sobre las masas. Él se convierte en la conciencia pasiva que observa los acontecimientos con ironía y distancia emocional. Considera que todas las acciones de los seres humanos son inevitables y son parte de las construcciones culturales históricas. En realidad, lo que hace es justificar su propia responsabilidad por las acciones de su jefe. A veces prefiere ignorar lo que ocurre a su alrededor para no asumir compromiso alguno: “Mi éxito en la vida era consecuencia de seguir ese principio. Gracias a él había llegado al lugar donde me hallaba. Lo que no sabes no te puede perjudicar, porque no existe”.
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El relato de Jack, en un momento dado, parece desviarse al mencionar la historia de Cass Mastern, un antepasado lejano suyo, al que había investigado mientras hacía su doctorado en historia. No obstante, esta historia intercalada le sirve al narrador para poner a dialogar la historia de Estados Unidos antes de la Guerra de Secesión y la forma como esta influyó en ese presente político de Luisiana.
El ejercicio de la política es en realidad una tragedia, ya que el ascenso político necesariamente implica destrucción, y es por eso por lo que no hay vencedores absolutos: “El fin del hombre es alcanzar el conocimiento, pero hay una cosa que no puede saber. No puede saber si el conocimiento lo salvará o lo matará”. La ley es relativa: “La ley siempre se queda demasiado corta y demasiado estrecha para una humanidad en perpetuo crecimiento. Lo mejor es que lleves a cabo lo que creas que debes hacer y entonces promulgues alguna ley que legalice tus acciones”.
En conclusión, “Todos los hombres del rey” no es solo una sátira del poder político, sino también una exploración sobre el idealismo, la democracia moderna, el populismo, la demagogia, la retórica, el comportamiento moral de los gobernantes y la construcción performativa de las narrativas políticas.
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