Usted ya cuenta con una amplia experiencia como guionista, novelista y dramaturga, pero regresemos al origen de todo. ¿De dónde nació su impulso por la escritura?
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Diría que, para quienes escribimos, hay distintos impulsos. Tengo muchos amigos que dicen: “Yo empecé a escribir a partir de este libro”. Pero también hay un impulso vital que tiene que ver con vivir a través de la palabra escrita. Yo desde muy temprana edad sentí esa necesidad. Claro, eso me obligaba a leer para poder hacerlo bien, porque si uno no lee, no puede escribir bien. Hay algunos libros que me marcaron mucho en ese sentido. Ya teniendo esa pulsión, cuando los leí pensé: “Esto tiene algo que ver con lo que a mí me gustaría hacer con la escritura”.
¿Qué libros recuerda que la llevaron a dar ese paso?
Uno de la escuela primaria que me marcó mucho fue “Chico Carlos”, de Juana de Ibarburu. Ahí había un cuento que se llamaba “La mancha de humedad”, sobre un chico que miraba el techo y, a partir de una mancha, se inventaba historias. Era esa posibilidad de imaginar y escribir. Después hubo otro libro que me marcó mucho en este camino de ser lectora y escritora: “Relato de un náufrago”, de García Márquez. Y después, en la adolescencia, los cuentos de Cortázar, que fueron motivadores de escritura para muchos de nosotros. Esa experiencia de leer “Casa tomada” y pensar: “Quiero escribir un cuento que genere esta angustia en quien lo lea”. O tantos otros que lo dejan a uno patitieso. Yo no escribo ese tipo de cuentos, pero esa sensación de quedar atrapado por la escritura del otro me parece muy mágica.
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Llama la atención que usted describa su escritura como algo distinto, porque sí hay algo en este libro que atrapa. Cada capítulo termina casi como un gancho hacia el siguiente. ¿Cómo fue su planeación? ¿Sabía de entrada adónde quería llegar?
El caso de “La muerte ajena” es particular, porque una de las primeras cosas que pensé fue la estructura. Y en esta novela la estructura no es tanto ir de un punto a otro, sino ir de un punto hasta donde termina una versión, y luego tomar otra versión, y después otra. En general coinciden los hechos; lo que cambia es lo que está adentro. ¿Por qué? Porque decidí recurrir a un recurso literario que es el narrador no confiable. Uno, en general, confía en el narrador: si le está contando una historia, supone que le está diciendo la verdad. Pero con el narrador no confiable empieza a leer y duda: “¿Me está diciendo la verdad?”. Y en “La muerte ajena” el lector pasa al segundo narrador y se pregunta: “¿Me mintió la anterior o me está mintiendo este? ¿O yo no entendí cuando leía?”. Entonces, esa estructura la pensé desde el comienzo. Una vez que la tenía, sí fui pensando los arcos de cada una de las partes.
Todo el libro reflexiona acerca de la subjetividad. En ese sentido, ¿qué opina de la idea de que exista una única verdad sobre la historia?
Justamente creo que das en el clavo con la pregunta. Algunos me dicen: “¿Es un libro que trata sobre encontrar la verdad?”, y yo les digo que más bien trata sobre que la verdad no se puede encontrar hoy en día. Estas tres versiones lo que indican es que, si fueran solo puntos de vista, habría una verdad y cada uno la vería desde su lugar: usted desde allá, yo desde acá, otro desde otro lado, pero la verdad sería la misma. Pero acá no se trata de que estemos mirando desde distintos lugares, sino de que la verdad está todo el tiempo en movimiento, que no sabemos cuál es.
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En el libro hay momentos en los que no nos hablan los narradores, sino que leemos extractos de prensa. ¿Por qué recurrir al periodismo para plantear el problema de la subjetividad?
Porque el periodismo, en realidad, es la disciplina que dentro de nuestras profesiones busca la verdad. Un escritor de ficción como yo no busca la verdad: estamos habilitados para mentir. Yo puedo mentir. En cambio, se supone que, si dentro de esto hay un periodista que hace una crónica, no debería mentir. Eso no quiere decir que necesariamente no lo haga, pero lo que se espera es que el periodismo no mienta. Entonces, en esa búsqueda de la verdad, me parecía que el documental, lo basado en hechos reales y el rol del periodista le daban una especie de marco: estos profesionales están buscando la verdad. ¿La van a encontrar o no?
Ahora, ya hablamos de la estructura, pero con respecto a los temas de la novela, ¿cómo fueron apareciendo?
En este caso, la imagen disparadora es la de la chica que cae de un departamento de un empresario, después de una fiesta con drogas. En otras novelas no siempre sé de dónde viene esa imagen; muchas veces tiene algo de la materia de los sueños: uno sueña algo y no sabe por qué. Pero en este caso sí había una referencia concreta: una noticia sobre una chica brasileña que había caído en Recoleta desde el departamento de un empresario. Me interesó esa muerte porque, al principio, captó mucha atención por morbo, pero que después se olvidó. La gente dejó de interesarse simplemente porque no era alguien cercano: era una chica que se dedicaba a la prostitución, estaba en una fiesta con drogas, y entonces esa muerte se fue alejando hasta convertirse en una muerte ajena. A partir de ahí fue apareciendo el resto de la historia.
En ese sentido, ¿qué le gustaría que sus lectores se cuestionaran con esto?
Una de las cosas clave que me interesa que se cuestionen tiene que ver con el título de la novela: ¿por qué algunas muertes nos parecen ajenas? Si como sociedad tendríamos que intentar que ninguna muerte nos resulte ajena. Aparece una noticia como esta, le prestamos atención tres días y después nos olvidamos. Mientras tanto, hay una familia que no tiene demasiados recursos y no sabe cómo hacer para que esa muerte se resuelva, para saber qué pasó, para que haya justicia. Hay muertes de las que nos apropiamos y otras que no. Hay muertes que sentimos como propias y otras que no nos importan. Entonces, una de las cosas que me interesa que la novela lleve a cuestionar es justamente eso: por qué nos desentendemos de ciertas muertes, por qué nos importa menos la muerte de una prostituta que la de una trabajadora de oficina.
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