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Las crisis, ese intangible e invisible motor de la humanidad

Detrás de los grandes acontecimientos de la humanidad y de los personajes que los propiciaron, siempre hubo una enorme sucesión de pequeñas, medianas e inmensas crisis, un término que surgió del griego “krisis”, y que era empleado por los campesinos cuando separaban el grano de la paja de sus cultivos.

Fernando Araújo Vélez

13 de julio de 2026 - 09:00 a. m.
Las crisis han impulsado a la humanidad a pensar, hacer e ir más allá de sí mismos.
Foto: Eder Rodríguez
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Una larga cadena de pequeñas y medianas crisis terminó por transformarse en una gran crisis que los historiadores y otros tantos notarios de los hechos de la humanidad acabaron por llamar la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. De aquello, de aquel punto culminante que fue la firma de la declaración de independencia del reino de Gran Bretaña por las entonces trece colonias de la costa este del norte de América, se cumplieron el pasado 4 de julio 250 años. La historia había comenzado a escribirse progresivamente a partir del malestar de los colonos ante el aumento de sus tributos a la corona, que se había quedado sin fondos para enfrentar una de sus tantas guerras contra los franceses. Primero fue el denominado impuesto del timbre. Luego, el gravamen al té. Y entre edicto y edicto, el descontento aumentaba, a pesar de que en un principio sólo era malestar económico.

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Luego, con el pasar de los meses y de algunos años, los antiguos colonos, que entre otras peticiones pretendían un lugar de decisión en la Cámara de los Comunes de Londres, empezaron a preguntarse por la posibilidad de ser ellos mismos quienes se gobernaran. Era una idea. Una idea loca, como la llamaron después, la ocurrencia de algún anónimo personaje que la soltó entre protestas y tragos en cualquier taberna de Boston o Nueva York o Philadelphia. De aquella idea loca y de las consecuencias de haberla hecho realidad, batallas, muertos, peleas, guerras, odio y demás, surgió la gran idea de la independencia, que fue recogida por unos cuantos hombres y llevada a una carta magna redactada por Thomas Jefferson. Aquellos sujetos eran Benjamín Franklin, Jefferson, John Adams, Richard Henry Lee y más de cincuenta delegados del Congreso de las trece colonias.

La idea loca llevó a la guerra, y la guerra, a George Washington, quien lideró el ejército de los revolucionarios. Pese a que sabía que era fundamental planear las estrategias que seguirían, hasta el punto de que dijo que para ganar batallas apenas se requerían capitanes pero para ganar guerras se necesitaban gerentes de logística, también era consciente de que la excesiva planeación, y más que eso, ignorar que nada iría a salir exactamente como él lo había planificado, podría llevarlos a la derrota. Washington organizó su ejército de colonos. Les dio armas, los vistió, les exigió pulcritud, los entrenó y celebró con ellos la decisiva victoria en la batalla de Yorktown, en septiembre y octubre de 1781. Luego, cuando los delegados no tenían muy en claro qué hacer con su independencia, le propusieron que fuera rey, el único sistema que conocían. Él rechazó la oferta.

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Ocho años más tarde, en 1789, los franceses, de una y varias formas influidos por la guerra de independencia en la que colaboraron, y por las distintas crisis que veían y sentían en las calles, explotaron en una revolución que pretendía una igualdad de derechos, fraternidad y libertad. George Friedrich Hegel la denominó mucho tiempo después, en “La fenomenología del espíritu”, como la revolución de las “histéricas secuelas”. Este dictado lo recogió Peter Watson en su libro “Ideas, historia intelectual de la humanidad”, quien unas líneas más adelante, escribió que habían sido “cinco sangrientos años de terror, linchamientos y masacres”, y describió aquel período revolucionario como unos largos y tenebrosos tiempos de “tumultuosas agitaciones políticas que culminarían finalmente con la dictadura de Napoleón Bonaparte y el comienzo de veinte años de guerras”.

Jacques Barzun, por su lado, afirmaba en “Del amanecer a la decadencia” que la mayoría de los revolucionarios sólo pretendía ajustar cuentas con los monárquicos, nobles y el clero bajo los principios y la pancarta de “libertad, igualdad y fraternidad”. Si para Hegel destruir un viejo sistema era casi nada si no se organizaban las ideas para la construcción de un Estado que lo reemplazara, para Barzun la Revolución fue un estallido de gente resentida que en gran medida carecía de experiencia política, y que jamás la tendría. “La mayoría podía comportarse como una turba”, escribió Watson, y ese comportamiento reflejaba claramente que en un principio la Revolución no tenía ninguna dirección, y menos, unos postulados. No obstante, pasados los años, algunas de sus reformas calaron hondo, y el antiguo poder se transformó en una multiplicidad de nuevos pequeños poderes.

Incluso la Marsellesa, nombrada originalmente como “Canto de guerra para el ejército del Rhin”, surgió como una cancioncilla compuesta por un capitán de un pequeño cuerpo de ingenieros, Rouget de Lisle, para motivar a su tropa en la guerra contra Austria y Prusia, declarada en 1792 por Luis XVI y la Asamblea Nacional Francesa. El pueblo se unió en una sola palabra, “guerra”, tomó las armas y habló de libertad y de solidaridad y de patria y muerte, y transcurridos unos días, en Marsella, un estudiante de la Universidad de Montpellier de apellido Mireur comenzó a cantar en un banquete de despedida antes de salir al frente “Allons enfants de la patrie”, seguido por sus compañeros de universidad y del Club de Amigos de la Constitución, y la cancioncilla del capitán Rouget se volvió canto, y marcha, y luego, himno, y atravesó el tiempo y las predicciones.

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Cuarenta, cincuenta años antes de que Rouget compusiera su canto, a mediados del siglo XVIII, uno de los hijos de un clérigo de apellido Ferguson, a quien sus padres bautizaron como Adam y que con los años se convirtió en un inestable y excéntrico hombre de pensamiento, según algunos de sus conocidos, había escrito un libro que tituló “Un ensayo sobre la historia de la sociedad civil”. Para entonces, Adam Ferguson era catedrático titular de Filosofía Natural en la Universidad de Edimburgo, y era famoso en la ciudad por sus furias, sus teorías a contramano de lo habido y por haber, y las múltiples y coloridas ropas que usaba. Su libro comenzó a discutirse de buenas a primeras, y sus editores tuvieron que multiplicar sus tiradas y traducirlo al francés y al alemán, entre otros idiomas. Su término, “sociedad civil”, comenzó a abrirse paso entre los pensadores de su tiempo, y luego se convirtió en uno de los conceptos más esenciales para la historia.

Para Ferguson, el progreso, fuera lo que fuera, no había sido jamás lineal. Tampoco lo sería nunca y no podría serlo. Por el contrario, era la consecuencia de asuntos humanos, muy humanos, para recordar a Friedrich Nietzsche, “Todo es humano, demasiado humano”, y surgía del ingenio, la cautela, la tenacidad y la obstinación, y antes que nada, de los grupos y de sus divergencias, de las confrontaciones, del dolor, la angustia y el temor, de las amistades y los odios y las ideas que salían de allí. No había un mundo ordenado, metódico, pulcro y racional, delineado de principio a fin, y logrado según unas claras y estudiadas previsiones, como lo pintaban y explicaban los filósofos franceses de la época, fundamentalmente, sino una suma de acciones muchas veces desesperadas, incongruentes, que algunos hombres, igualmente desesperados e incongruentes, habían acometido.

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Hablaba de los tiempos de incertidumbre, de las épocas más oscuras de la historia y de las que no se conocían ampliamente, pero también, de las más luminosas. Entre tantas otras cosas, decía que “incluso en lo que se denominan épocas iluminadas, la multitud da cada paso y realiza cada movimiento con igual ceguera con respecto al futuro; y las naciones tropiezan con sistemas que son de hecho el resultado de la acción humana, pero no el cumplimiento de ningún diseño humano. Ninguna constitución se forma por consentimiento, ningún gobierno sale de ningún plan”. Más allá de que celebrara el principio de desarrollo al cual la Revolución Industrial había llevado a la sociedad, también consideraba que las fábricas habían reducido a los humanos a ser simples pies o manos de un engranaje en el que se confundía salario con libertad.

En una palabra, Ferguson hablaba y escribía de crisis, un término que provenía del latín, y que tenía su origen en el griego “krisis”, que refería a los jucios, las decisiones y la separación, y que en un comienzo se había utilizado en el ámbito de la tierra y las cosechas y que describía el proceso que seguían los campesinos para separar los granos de la paja. Las “krisis” eran el trabajo y el instante decisivos para filtrar lo que era valioso y lo que era inútil. Con los años, las escuelas médicas de Hipócrates y de Galeno usaban la palabra para designar el punto de inflexión de las enfermedades, aquel límite entre el mal y la salud que llevaba a la vida o a la muerte de un paciente. Del concepto “crisis”, de los arados, de la separación y la elección, y de la medicina, surgieron los términos “crítica” y “criterio”, el análisis y el estudio de un hecho para llegar a una conclusión, y el razonamiento que lo anima.

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Pasados cientos de años de la muerte de Adam Ferguson, las polémicas que generaron sus escritos, sus dichos y su vida llevaron a múltiples crisis, comenzando por algunas que en pleno siglo XXI no han terminado por decantarse, como la idea de salario y libertad, y las de trabajo y ocio. Igual, sus postulados fueron retomados por diversos pensadores y literatos, que los llevaron a concluir que el mundo era una especie de caos que intentaba ser organizado por unos sujetos, bien fuera impulsados por miedo a lo que acontecía, por ego y dejar sus nombres inscritos en la posteridad o por distintos tipos de conveniencia, retomando las razones que esgrimió por primera vez Thomas Hobbes a mediados del siglo XVII para definir las motivaciones principales que tenían los humanos para actuar. En el “Leviatán”, Hobbes escribió: “La condición del hombre… es una condición de guerra de todos contra todos”.

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Más adelante, aclara que “así pues, en la naturaleza humana encontramos tres causas principales de discordia: primero, la competencia; segundo, la disidencia; tercero, la gloria. La primera impulsa a los hombres a atacar por lucro; la segunda, por seguridad; y la tercera, por reputación. Los primeros recurren a la violencia para adueñarse de las personas, esposas, hijos y ganado ajenos; los segundos, para defenderlos; los terceros, por nimiedades, como una palabra, una sonrisa, una opinión diferente o cualquier otra señal de menosprecio, ya sea directa en sus personas o reflejada en sus parientes, amigos, nación, profesión o nombre”. La “guerra de todos contra todos” de la que hablaba Hobbes ha sido y fue y siguió siendo una constante en la historia de la humanidad, y sin embargo, también han sido una constante las diversas formas en las que se ha intentado superarla y sus consecuencias.

Cuando en octubre de 1917 Wladimir Lenin y los bolcheviques se tomaron el poder en Rusia, lo hacían llevados por diversas crisis que databan del siglo XIX, o incluso, de antes, pero no tenían muy en claro qué harían cuando ellos fueran el gobierno, y un año después de que eso ocurriera, el mismo Lenin se reunió con lo aristócratas a los que detestaba y con una inmensa variedad de sabios e intelectuales para escucharlos y trazar con ellos un futuro. A fin de cuentas, los aristócratas y los intelectuales tenían el gran poder, que era el conocimiento, como lo había dicho Francis Bacon varios siglos antes, y sin conocimiento, sabiduría, creatividad y pensamiento, cualquier rebelión estaba condenada al fracaso. Lo valioso de las crisis, “la locura total”, como les decía Julio Cortázar, no eran las crisis en sí, sino que impulsaban a la humanidad a pensar, hacer e ir más allá de sí mismos, cuando era posible.

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Según Emil Cioran, las crisis, el caos, la derrota, siempre fueron afines al ser humano, inherentes a él, y aunque suene absurdo, son aquello intangiblemente inmenso que lo liberan de falsas ideas redentoras, o de ilusiones de control y de organización.

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Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
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