El pedazo de cinta de enmascarar está pegado en diagonal, justo debajo de la mirilla de la puerta del apartamento 301. “BOHEMIA & POESÍA”, se lee en el adhesivo, que hace juego con la foto en primer plano de Nicanor, el gato que parece custodiar el umbral.
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Toco el timbre y escucho pasos rápidos. Desde adentro se escucha un “¡ya va!”. Lina abre la puerta con una sonrisa y un abrazo. Lleva un traje negro y un chaleco sin mangas, el cabello suelto y unas candongas doradas. La luz entra por una ventana grande y cae sobre montones de libros, cuadros, plantas y baldosas anaranjadas. Es el refugio de una poeta, una fotógrafa, una artista: una poetógrafa, como se autodefine.
Lina Botero vive en Bogotá hace 11 años. Llegó con un colchón prestado, a dormir en el piso. La ciudad la fue recogiendo a su modo desde otra habitación compartida, de la que tuvo que salir corriendo, hasta este apartamento, el 301, que la encontró por casualidad: “Lo estaban arreglando. Pero lo vi y supe que era mío. Dije: ‘Ahí voy a vivir’. Y toqué varias veces la puerta”. Desde entonces, este espacio se volvió su hogar a distancia y su mapa mental.
“Siempre soñé con tener una casa que fuera refugio. Aquí trabajo, lloro, escribo, celebro”, dice Lina.
No se considera una persona nómada. Es de equipaje pesado, de esas que cargan historias, no solo maletas. Le importa el espacio al que llega: los olores, las texturas, los objetos que la esperan. Por eso colecciona cosas: cajas de fósforos, retratos de mujeres, servilletas con palabras escritas, recibos, flores secas y cartas. Su casa es una memoria viva.
“El minimalismo no me interesa”, confiesa. “No podría vivir en un lugar vacío, sin huellas”. Por toda la casa hay filas de pequeñas fosforeras y, sobre la chimenea, un contenedor metálico con decenas de cajitas más, vigiladas por un retrato de Celia Cruz en blanco y negro.
Son pedacitos de tiempo, las colecciona desde hace años. “Siempre que alguien viaja, me trae una caja de fósforos”, dice. Hay unas de hoteles, otras de matrimonios, de bares, de ciudades que ama o que solo conoció una noche. “Me gusta tener objetos que me cuenten cosas, que me hablen de dónde estuve, con quién, cómo me sentía”, dice Lina.
Me ofrece café. Camina hacia la cocina y, mientras el agua hierve, la casa empieza a hablar sola. Huele a madera y a vela de liche encendida. Vuelve con el café en una prensa y dos tasas, las pone sobre la mesa y lo sirve. Se quita los zapatos, se cruza de piernas en la silla y se sienta frente a mí. En su piel bronceada resaltan varios tatuajes; en su brazo izquierdo, el reloj negro.
Le pregunto qué significa este lugar. No responde enseguida. Hace una pausa, respira, se le llenan los ojos de agua.
De la cocina sale una voz: “Ella es de carne y hueso. Ella es humana”, dice Alcira, la mujer que la acompaña desde que llegó a Bogotá. Lina asiente, se limpia una lágrima, y dice, casi en susurro y entre risa nerviosa:
—No sé por qué, pero siempre que hablo de la casa, lloro.
Desde Jamundí, su mamá, Ángela María, todavía le dice “muñequita”. Así la llamaba de niña, cuando organizaba shows con sus primos y todos la seguían como si fuera una directora de orquesta: “Siempre inolvidable”.
Ángela María dice que Lina siempre la recuerda a ella así, con la cámara en las manos, registrando cada evento: los disfraces y las obras improvisadas. Lina empezó a imitarla. “Cogía la cámara de video, una Canon, escondía a Andrés, su hermano, le ponía un trapo al lente, lo quitaba y decía: ‘Mira, mamá, lo desaparecí’”, recuerda.
Hoy, aunque la distancia pesa, la sigue acompañando por videollamadas. La ve entre libros, cámaras, poemas y cada vez que viaja a Cali a hablarles a auditorios inmensos, a llenar el restaurante de Valparaíso y a “abrazar a papá y a mamá”. La sigue viendo como la niña curiosa que un día agarró su cámara para contar el mundo a su manera.
En mayo de 2025, un tubo roto inundó parte del apartamento. “El agua me obligó a categorizar mis libros”, dice Lina. Tuvo que sacarlos todos, secarlos uno por uno, clasificarlos. “No soy de leer un libro entero. Leo diez a la vez. Subrayo. Rayoneo. Doblo esquinas. Leo más que todo en el baño. Leo para recordar y también escribo para ser leída”.
Su libro rojo fue su sueño. Se llama El oficio de desvestirse, inspirado en el poema de María Mercedes Carranza, “El oficio de vestirse”.
De repente,
cuando despierto en la mañana
me acuerdo de mí,
con sigilo abro los ojos
y procedo a vestirme.
Lo primero es colocarme mi gesto
de persona decente.
En seguida me pongo las buenas
costumbres, el amor
filial, el decoro, la moral,
la fidelidad conyugal
Fue una especie de detonante. En esos versos donde cada gesto se convierte en prenda, Lina reconoció el ponerse encima lo que se espera de una. Ella se desviste de todas esas máscaras, de todas esas capas que le pesan.
“Escribirlo fue un parto. Publicarlo, un acto de fe”, confiesa. Hoy lo sostiene entre las piernas como un tesoro. “El 2025 fue el año más increíble de mi vida. Entendí que el libro es como una casa: es un contenedor de recuerdos”.
Sus días se mueven entre rituales pequeños como encender una vela que huela a madera y bañarse con un jabón que huela a barro mojado. Escucha cuencos tibetanos y jazz para crear. “Soy dispersa, no puedo escuchar palabras mientras escribo palabras”. Bebe café y mambe para concentrase. Toma notas en el celular porque quiere poner en palabras todo lo que llega a su mente en momentos de inspiración cotidiana y fugaz.
No le gusta el calor. “Por eso vivo descubierta, para que el cuerpo respire”. Cuando le pregunto cómo se ve en el espejo, sonríe: “Más libre. Más mía. Menos impostora”.
En la mesa está Malditas bohemias, un cuaderno grueso lleno de cartas, fotos, servilletas firmadas. Lina y el 301 son los anfitriones de las famosas bohemias donde la vida se celebra, vino, guitarra, poesía, música en acapela.
Para Lina, las personas son territorio. Su hogar está hecho de vínculos, de quienes llegan, se quedan y la transforman. Ha vivido construyendo relaciones que trascienden lo superficial: es la extrovertida, la que inicia la conversación en cualquier lugar y también la que, sin anunciarlo, termina hablando profundamente sobre la vida con alguien que acaba de conocer. Su bohemia no es solo una noche: es la gente que la habita.
Su amigo, el músico Lucio Feuillet, dice que con ella “todo es todo al tiempo: la risa, el llanto, la música”. Ella se sabe todas las canciones de salsa, “pero todas”, recalca Lucio: “También todos los mambos y los pregones. Es una joya. Nos recuerda que estar vivos ya es un milagro”.
María Lí, su mejor amiga, tatuadora y también caleña, la conoció porque le escribió para que le hiciera un tatuaje de una papa en forma de corazón. “Ese día supe que la quería cerca”, recuerda. “Lina te adopta. Te enseña a celebrar. Es casa. Es refugio”.
En esas bohemias, siempre suena La Cita, la canción favorita de Lina, producida por Lucio y Pilar Cabrera. “Siempre que ve la guitarra, la pide”, dice Lucio entre risas. Un verso del coro de la canción parece su impronta: No se aplaza la vida.
“Una se hace de muchas cosas: lo que amó, lo que perdió, lo que aprendió a dejar. Yo me he hecho así, cosiendo pedacitos de vida en mi colcha de retazos”, dice Lina.
Se queda en silencio. Mira su casa. Todo alrededor. La vela de liche sigue encendida. El café se enfría. Nicanor duerme. Y ella sonríe. Como quien sabe que, al fin, habita su propio poema.
*Camila Vásquez es estudiante del programa de Periodismo y Opinión Pública de la Universidad del Rosario. Este perfil fue realizado en el taller de Géneros Interpretativos.