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Aunque no es infinita, la paleta de colores que nos ofrece el espectro visible de luz ha marcado la existencia humana desde el inicio. Como especie, nos hemos preocupado por recrear el mundo alrededor de nosotros y plasmarlo de forma gráfica y visual en múltiples superficies; pero, más allá de las formas, el color se ha destacado como una constante en nuestros métodos de creación.
Según descubrimientos arqueológicos, Zambia fue la cuna de los pigmentos. En ese país africano se encontraron evidencias y fragmentos que sugieren que los humanos usaban minerales terrosos para pintarse el cuerpo y dejar su huella en los muros desde hace 400.000 años. “La humanidad ha estado bien servida con los primeros tonos marrones, rojos y amarillos desde el principio. Los pueblos prehistóricos podían encontrar un color negro intenso en las cenizas de las fogatas. Algunos blancos se pueden encontrar en el suelo”, escribió Kassia St. Clair en su libro Las vidas secretas del color.
Esa decisión de tomar las cenizas de una fogata o triturar una concha o una piedra para crear un polvo colorido que luego haría las veces de una pintura prehistórica es lo que nos trajo hasta hoy, un momento en el que tenemos a nuestra disposición miles de colores en diferentes medios para plasmar nuestra imaginación. A lo largo de la historia hemos utilizado insectos, piedras, cenizas, animales marinos y más para crear los pigmentos naturales que se encuentran en tantas obras de arte. Con la llegada del siglo XIX, el proceso dio un giro hacia lo sintético, pues la química y la industrialización ampliaron la paleta de colores, que al inicio se limitó a los materiales de nuestro entorno.
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Aunque hace 400.000 años, los primeros humanos en utilizar pigmentos estaban muy restringidos en cuanto a los colores que componían su paleta, el desarrollo de las civilizaciones y el afán por encontrar más formas de dar color a nuestra vida permitió que los antiguos egipcios descubrieran la manera de crear un azul claro y brillante en el año 2.500 a. C, de acuerdo con St. Clair. Más adelante, con los desarrollos tecnológicos propios de cada época, cada civilización tuvo acceso a más tonos que han sido actores cruciales en moldear la historia del arte como la conocemos.

El amarillo de las selvas camboyanas
La materia prima de este pigmento, cuando está seca, tiene cierta similitud con trozos de panela, tanto en forma, como en color. Para el ojo no entrenado, esos pedazos de color café amarillento no serían más que un tono de café claro, pero los ojos conocedores saben que al tocar la superficie con agua o alcohol prevalecerá el color amarillo brillante.
Ese trozo que parece panela es, en realidad, el pigmento amarillo de gutagamba. Producido en el sur y sureste asiático, este es un color que, a pesar de ser tóxico, tiene un origen natural. Para extraer el amarillo que ha fascinado a tantos artistas del continente asiático es necesario adentrarse en las selvas camboyanas.
Una familia de árboles, en particular, es la que produce esa pintura brillante. Los árboles garcinia, en especial el Garcinia harburyi, que se encuentran principalmente en Camboya y otras partes del sureste asiático, son los responsables de materializar este color. En su tronco se produce el líquido que se convirtió en el amarillo predilecto por los acuarelistas asiáticos. Los recolectores hacen cortes en los troncos y ramas de estas plantas hasta que comienza fluir la resina, que es recogida en palos de bambú y se deja secar hasta convertirse en los trozos cafés. “Un recolector de gutamba hace un corte profundo en el tronco, coloca con cuidado un bambú ahuecado debajo de la herida. . . y no regresa hasta el año siguiente”, describe Victoria Finlay en su libro Color: la historia natural de la paleta. De ahí pueden ser pulverizados, dejando un polvo amarillo brillante.
John Winter, en su texto sobre el amarillo de gutagamba, indica que “no se sabe cuándo se comenzó a usar el gutamba como pigmento. La evidencia más antigua proviene de los países del este de Asia y se refiere a su uso en el siglo VIII d. C. Sin embargo, una dificultad con muchos de los estudios técnicos es que solo en unos pocos casos la evidencia muestra más que la presencia de un colorante amarillo orgánico y el uso de gutamba, en lugar de algún otro colorante amarillo material orgánico. Es una conclusión de probabilidad más que de resultados experimentales”, explica en el artículo que hace parte del tercer volumen de la obra Artists’ Pigments: A Handbook of Their History and Characteristics.
Se sabe que este color fue utilizado en pinturas de pergamino y algunos objetos en China y Japón entre los siglos VII y VIII. Victoria Finlay relata que “también se ha encontrado en las primeras miniaturas indias: de hecho, probablemente a veces se usaba para pintar la ropa amarilla de Krishna, como una alternativa menos maloliente que el amarillo orina de vaca. Siempre fue importado, pues la gutagamba proviene principalmente de Camboya; su nombre es incluso una corrupción del nombre de ese país”.
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Este pigmento llegó a Europa en el siglo XVII. De acuerdo con Winter, este pigmento fue una novedad cuando la East India Company lo importó por primera vez a Inglaterra, en 1615. Un siglo más tarde estaría desembarcando en las colonias inglesas en América y los estadounidenses comenzaron a referirse al pigmento como gumbouch, como se lee en un periódico de Boston de 1738, donde se anunciaba su venta. Cuando el amarillo de gutamba hizo su debut en Europa, artistas como Rembrandt (quien lo prefería en óleos) J. M. W. Turner y sir Joshua Reynolds se apresuraron a incluirlo en su paleta, a pesar de que se descubrió que uno de los componentes de la resina hacía que este amarillo fuera poco confiable, pues con el tiempo tiende a desaparecer.
Finlay describe en su libro que incluso en el siglo XX continuaba la producción de este amarillo. Sin embargo, el régimen Khmer, en 1980, y la Guerra de Vietnam hicieron que durante un tiempo fuera imposible encontrar la resina con la que este color cobra vida. La compañía de productos de arte Winsor y Newton recibió por años paquetes que contenían los trozos cafés de gutamba, hasta que cesó su venta en 2005. Desde que abrió su tienda en Londres, en 1832, comercializaron este pigmento como una de sus acuarelas más finas y costosas. Sin embargo, durante el siglo XX, de 1970 a 1980, los paquetes que recibieron desde el sureste asiático venían con un añadido poco agradable: balas explotadas. “El director técnico de la empresa, Ian Garrett, tiene cinco de ellos exhibidos en su oficina ahora: un recordatorio para él y sus colegas de cómo algunos de los materiales de pintura pueden ser tan fácilmente dados por sentado, pero provienen de lugares donde la gente ha vivido un sufrimiento inimaginable”.

El púrpura de la realeza y los moluscos
En las profundidades del mar Mediterráneo habitan dos especies de gasterópodos: Thais Haemastoma y Murex brandaris, caracoles marinos que a simple vista no contienen ninguna característica que los haga sobresalir entre el resto de la fauna marina. Sin embargo, bajo sus caparazones se esconde una gota del púrpura más costoso de la historia. Dado que cada caracol no contiene más que una única gota del tinte púrpura, eran necesarios 250.000 ejemplares para producir una onza de este pigmento.
Aunque los romanos, egipcios y griegos popularizaron este color y su uso como pigmento textil, fueron los fenicios, hacia el año 1.200 a. C., quienes dieron origen a la práctica. En la población de Tiro, en Siria, extraían las glándulas hipobranquiales de estos caracoles para luego exprimirlas y conseguir de ellas una única gota de ese tinte morado, cuyo tono perfecto, según el historiador de la antigüedad Plinio, sería el de la sangre coagulada. La autora de Las vidas secretas del color relata que luego de extraer el líquido de los moluscos, este cambiaría de color bajo la luz solar “primero a un amarillo pálido, luego verde marino, luego azul y, finalmente, un morado rojizo profundo”.
Aunque los fenicios fueron los primeros en usar este pigmento, se popularizó tras el nacimiento de Cesarión, hijo de Julio César y Cleopatra, en el año 48 a. K. St. Clair describe este episodio en su libro como una de las seducciones más notorias de la historia. “El padre orgulloso regresó a Roma y prontamente presentó una nueva toga, que solo él podría usar, en el color favorito de su amada: púrpura de Tiro”.
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El proceso para obtener el pigmento que fue tan codiciado en la antigüedad no era nada agradable para quienes trabajaban en este oficio. Según St. Clair, para poder utilizar el color como tintura de textiles se empleaba un proceso maloliente, pues, en primer lugar, las glándulas exprimidas exudan un olor a ajo y el líquido obtenido era luego mezclado con orina, que por su contenido de amoníaco era ideal para adherir el color a la tela, para luego dejar esta mezcla en fermentación durante 10 días antes de sumergir la tela para teñir.
Algo particular de este color es su durabilidad, pues a pesar del paso del tiempo el púrpura de Tiro se mantenía vivo en las fibras de las telas teñidas. La fascinación por este color fue tal que se crearon mitos sobre su descubrimiento, el más famoso, inmortalizado por Peter Paul Rubens, fue escrito por el historiador Julio Pólux en el siglo II, quien afirma que el perro de Hércules mordió un caracol que encontró en la playa y su hocico se tiñó de morado profundo. Al ver el color, una ninfa solicitó tener un vestido del mismo tono.
Más allá de los mitos e historias, la popularidad de este color y su exclusividad por su costo y rareza se reflejó en las sociedades griegas y romanas, que impusieron estrictos códigos con respecto a quienes podían utilizar este pigmento en sus prendas. “En la antigua Grecia, el derecho a vestirse de púrpura purgante estaba estrictamente controlado por la legislación. Según narra el historiador romano Suetonio, la decisión de vestirse de púrpura que tomó el rey Ptolomeo, de Mauritania, en una visita al emperador Calígula le costó la vida, pues este interpretó la declaración de moda como un acto de agresión imperial e hizo matar a su invitado”. escribió Kelly Grovier para BBC Culture.
Antes de Calígula, ya se había determinado que el uso de este color tenía una implicación de estatus y poder que dependía del rango. Existían distinciones entre generales, magistrados, soldados y senadores, entre otros. Sin embargo, “esta jerarquía visual cambió con el regreso de César a Roma, cuando las reglas se volvieron más draconianas. Hacia el sigo IV d. C. solo el emperador tenía permitido usar este púrpura, cualquier otro que fuera descubierto usando este color podría ser condenado a muerte”, escribió St. Clair. La producción de este pigmento casi hizo que los gasterópodos se extinguieran, hasta que en 1453 Constantinopla cayó en manos de los turcos y así se perdió durante años el secreto de la manufactura de este púrpura imperial.
Hoy en día, un gramo de púrpura de Tiro natural puede costar casi US$3.000 y requiere 45 kilogramos de caracoles. Un puñado de productores en el mundo continúan creando este pigmento con los mismos métodos que describen los textos del siglo I. Mohamed Ghassen Nouira es uno de ellos y le contó a Business Insider que la forma en la que llegó a dar con el método que ha usado durante los últimos 15 años fue a través del constante ensayo y error, pues los textos sobrevivientes “son difíciles de conseguir y no muy descriptivos”.

Un rojo tan valioso como la plata
De las entrañas de dos especies de insectos sale uno de los rojos más preciados en la historia. No es la sangre de estos animales la que permite obtener este pigmento, son únicamente las hembras de las especies de los insectos quermes, que se encuentran en Medio Oriente, y cochinillas, que crecen en Latinoamérica, las que, al ser trituradas, producen un rojo profundo, que se popularizó casi tanto como la púrpura de Tiro. Apenas un cuarto del peso de estos insectos es el que contiene el tinte rojizo y, de acuerdo con Business Insider, es un compuesto natural llamado ácido carmínico que actúa de repelente contra predadores como las hormigas.
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Rojo carmín es el nombre que recibe este pigmento y fue descubierto hace miles de años. La especie quermes y el color que producían a partir del ácido quermésico fue mencionado en los textos del Nuevo y Antiguo Testamento de la Biblia. De acuerdo con Helmut Schweppe y Heinz Roosen-Runge, en su artículo para el Artists’ Pigments: A Handbook of Their History and Characteristics, volumen 1, este pigmento se puede rastrear hasta los antiguos egipcios “y el Cercano Oriente y se menciona en los escritos de Dioscórides y Plinio. También se empleó en la pintura de miniaturas durante la antigüedad tardía y la Edad Media”. Los autores del artículo comentan que hoy el rojo carmín de quermes raramente se encuentra, pues su producción quedó en manos de algunas tribus que mantienen vivo este oficio.
“Se conoce en Oriente desde los días de Moisés y, como se señaló, fue empleado por tintoreros en la antigua Grecia y Roma. Los españoles pagaban la mitad de su tributo a los romanos con granos de quermes”, afirman los autores del artículo. El uso del quermes para tinturar y pintar se esparció por Europa. Sin embargo, con la llegada de los europeos a América y la creciente importación de materiales del Nuevo Mundo, el uso de este pigmento decayó en favor del rojo que producen las cochinillas mexicanas.
Por su parte, las cochinillas en el continente americano fueron usadas por los aztecas para teñir y pintar. En Perú hay evidencias de este tinte desde el año 700 a. C., en la cultura paracas. Schweppe y Roosen-Runge escribieron que la producción del tinte rojo hecho con estos insectos se “extendió desde México a Brasil, Perú y Haití; y posteriormente a las Indias Orientales, Malta, Java, Argel y Canarias”. Además, hacia el siglo XVI, el rojo carmín de las cochinillas llegó a Europa, donde se popularizó por la facilidad y el bajo costo de producción, a diferencia de otros pigmentos, también debido a que el carmín de las cochinillas “se fijaba mejor en lanas y seda, duraba más y daba un rojo más vibrante”, afirman Abby Narishkin, Robin Lindsay y Victoria Barranco de Business Insider. Este se convirtió en el segundo producto de exportación más valioso de México en el siglo XVII. Entonces el rojo que tiñó la piel de los aztecas y sus muros comenzó a protagonizar las prendas de reyes y cardenales europeos, al igual que las pinturas de Van Gogh, Renoir y Rembrandt, y hoy se encuentra en una gran variedad de productos, desde labiales hasta yogures.
Estos insectos crecen como parásitos en cactus, específicamente en los nopales, en México, donde se alimentan de estas plantas; y al tomar el agua y los nutrientes, su cuerpo transforma el azúcar en ácido carmínico. La producción de este pigmento a partir de ellos ha sobrevivido hasta la actualidad, aunque varias granjas se han visto obligadas a cerrar. “Valoramos la cochinilla como un tesoro que nos dejaron nuestros ancestros y que teníamos que lograr que sobreviviera”, le dijo Catalina Yolanda López, cofundadora del Museo de la Cochinilla de Nocheztlicalli, a Business Insider.
La granja que dirige López en Oaxaca utiliza aún el método de la antigüedad en el que trituran a estos insectos con un instrumento llamado metate, hasta que lo único que queda de los animales (que suelen ser grises) es un polvo rojo brillante. Según contó la productora al medio estadounidense, son necesarios 70.000 insectos para producir apenas una libra de pigmento. La producción decayó con la invención de los tintes sintéticos y está en peligro ante la presión de clientes vegetarianos en varias industrias. En México y Perú luchan por mantener vivo lo que consideran que es un legado de las culturas de sus antepasados.
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