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Los perfiles de Londoño: San Pablo y la propaganda

Vida y obra del perseguidor de creyentes que terminaría inventando la religión de Occidente.

Julio César Londoño

13 de julio de 2026 - 11:50 a. m.
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Pablo nació en Tarso, ciudad cosmopolita del Asia Menor, puerto de mercaderes, filósofos y aventureros. Era ciudadano romano, estudió la Torá, retórica, contabilidad y filosofía griega. Leía hebreo y arameo. Su griego le alcanzaba para discutir con los filósofos y su latín era suficiente para entenderse con los recaudadores de Roma.

Se llamaba Saulo y persiguió cristianos con entusiasmo hasta que un día, camino a Damasco, un relámpago lo derribó del caballo, vio una luz, oyó una voz, cayó al suelo, algo sucedió en su corazón y se levantó convertido en Pablo, una inteligencia piadosa, un seguidor irrestricto de las enseñanzas de Jesús, el famoso disidente judío.

En El reino, Emmanuel Carrère (otro converso) sugiere que Pablo exageró sus pecados como legionario romano y perseguidor de creyentes. A Roma no le importaban los detalles de las sectas de sus provincias, asegura. Quizá nunca fue el cazador de cristianos que describe los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, el relato funciona. Un converso es más interesante que un santo inmaculado. Ayer, como hoy, el mercadeo de las ideas comenzaba con una buena historia.

En todo caso, Pablo tuvo una ambición que ningún pescador de Galilea habría podido concebir. Jesús fundó una fe y la predicó en parábolas por las aldeas palestinas; Pablo fundaría una organización, cincelaría una doctrina y la propagaría por el Mediterráneo. Jesús fue un predicador inspirado. Pablo fue un estratega.

(La «propaganda» es antigua y católica. Viene de propagare (propagar, multiplicar). El vocablo será oficial dieciséis siglos después de Pablo, cuando el Papa Gregorio XVI fundó la «Sagrada congregación para la propagación de la fe» con el fin de difundir la fe católica en el mundo y oponerse al avance del protestantismo).

Durante años recorrió ciudades y puertos. Predicó en Antioquía, Éfeso, Corinto, Filipos y Roma. Fundó comunidades, nombró rectores, resolvió conflictos, escribió manuales e inventó una red internacional de creyentes en un tiempo donde solo las tierras de los imperios cruzaban las fronteras de los pueblos. Fue, en suma, un genio de la comunicación.

Las ideas triunfan cuando son elocuentes y flexibles, y cuentan con un buen aparato amplificador. Pablo era elocuente (por supuesto, también eran muy elocuentes las palabras y los milagros de Jesús) y flexibilizó las rígidas leyes del cristianismo primitivo. El aparato amplificador lo puso Constantino, que declaró al cristianismo la religión oficial del imperio. Edward Gibbon lo resume así: el cristianismo es la suma del monoteísmo hebreo, el idealismo griego y el imperialismo romano.

En Atenas intentó seducir a los filósofos. Habló del Dios único, del principio ordenador del cosmos y de la unidad profunda del universo. Las gentes lo escucharon con interés. Aquellas ideas recordaban a los estoicos y a los neoplatónicos. Pero cuando mencionó la resurrección de los muertos, los atenienses sonrieron con indulgencia y lo dejaron hablando solo.

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Entonces Pablo hizo lo que tenía que hacer un buen propagandista, cambió de público. Abandonó las élites intelectuales y se dirigió a los sectores populares. Marchó a Corinto, ciudad comercial, bulliciosa y libertina, y arengó a los artesanos, los marineros, los comerciantes, los esclavos y prostitutas –personas menos interesadas en la metafísica que en la esperanza– y allí triunfó. En lenguaje pagano, hoy diríamos que las religiones, como los productos del comercio, deben resolver alguna necesidad humana. O inventarla. El cristianismo ofrecía promesas tentadoras: igualdad, fraternidad, inmortalidad, o al menos consuelo ante la muerte; y justicia para quienes jamás la habían conocido.

Pero Pablo hizo algo más importante: rediseñó la doctrina. El cristianismo original era una pequeña secta judía. Conservaba los rituales mosaicos, las restricciones alimentarias y muchas obligaciones propias del judaísmo que entorpecían la difusión del credo. Pablo las flexibilizó.

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La salvación ya no dependía de la circuncisión ni de los preceptos rituales. Bastaba la fe. Pablo eliminó las barreras de entrada a la Iglesia. Los técnicos dirán que realizó una ampliación del mercado. Pablo lo llamó evangelización.

También modificó el alcance del mensaje. Jesús habló para los judíos. Pablo afirmó que la redención era un don del cielo para todos, esclavos y ciudadanos, griegos y bárbaros, hombres y mujeres. La generosidad de la promesa transformaría una creencia local en un credo universal.

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Después elaboró una teología capaz de sostener la expansión. Explicó el sentido de la crucifixión, convirtió la muerte de Jesús en un sacrificio redentor y dio coherencia doctrinal a una serie de leyendas dispersas. El movimiento dejó de depender exclusivamente del recuerdo de un maestro carismático y adquirió estructura intelectual.

La historia posterior del cristianismo consistió, en buena medida, en desarrollar las intuiciones de Pablo. Veamos.

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San Agustín descubrió la afinidad entre el idealismo platónico y la promesa cristiana del Cielo. Convirtió los temores, esperanzas y relatos de los primeros creyentes en un sistema filosófico respetable.

Santo Tomás intentó reconciliar la fe y la razón, a Jesús con Aristóteles. La empresa era imposible, una suerte de cuadratura del círculo, porque la fe empieza donde termina la lógica, pero el esfuerzo produjo una arquitectura intelectual admirable.

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La Reforma protestante fragmentó al cristianismo y, paradójicamente, lo fortaleció. Cada nación encontró una versión propia de la fe. Francia fue calvinista y rigurosa; Inglaterra, anglicana y práctica; Alemania, luterana e introspectiva.

Siglos después, Teilhard de Chardin, hombre de fe y de ciencia, inventó un puente entre el dogma y biología: la evolución es un instrumento divino, dijo el agudo jesuita.

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Cuando Juan Pablo II cerró las puertas del Infierno, el cristianismo abandonó una parte de su viejo terrorismo pedagógico para acercarse a una visión adulta del hombre.

Pero el arquitecto inicial de esta inmensa construcción fue Pablo. Sin Pablo, el cristianismo habría permanecido como una pequeña corriente del judaísmo. Con Pablo, se convirtió en la religión de Occidente.

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Naturalmente, no todo en su legado resulta admirable. Su visión de la mujer envejeció mal. Las cartas paulinas contienen pasajes que hoy resultan difíciles de defender. Recomiendan la sumisión femenina y reflejan los prejuicios patriarcales de su tiempo. El feminismo contemporáneo «no se traga» a Pablo.

Pero conviene recordar el contexto histórico. Pablo vivió en un mundo donde la subordinación de la mujer era una tradición. Juzgarlo exclusivamente con criterios del siglo XXI sería tan injusto como condenar a Aristóteles por ignorar la mecánica cuántica.

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Es posible que detrás del patriarcalismo de Pablo, y de los hombres y sacerdotes del mundo y de la historia, haya dos antiquísimos recelos: los primeros dioses fueron figuras femeninas. La gestación y la intuición son operaciones propias de la mujer. En suma, ella es más bruja, y es por esto que los sacerdotes y los pastores han tratado de cerrarle siempre la vía del púlpito. El otro recelo, que afecta hondamente los sentimientos del macho, viene de la superioridad erótica de la mujer. La mujer es más fuerte sexualmente que el hombre. Esto es algo que los machos no pueden perdonarle.

Cuando Pablo recomienda que las mujeres cubran su cabeza al entrar al templo, la explicación oficial es la modestia, pero entonces, ¿por qué los hombres se descubren al entrar al templo? La explicación esotérica es otra. Los hombres siempre han sospechado que el cabello de la mujer tiene facultades sobrenaturales y que hay melenas capaces de alterar una vocación, arruinar una fortuna o modificar un programa de gobierno. El amor siempre se las ingenia para deslizar una esquela en los portafolios de los ministros.

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Los emperadores conquistaron territorios, sometieron pueblos, redactaron los códigos. Pablo inventó una doctrina, diseñó liturgias sagradas, conquistó conciencias y redactó una visión del mundo.

Por eso resulta insuficiente describir a Pablo como apóstol, teólogo o santo. Fue también uno de los grandes comunicadores de todos los tiempos. El hombre que tomó la memoria de un carpintero crucificado en una provincia remota del Imperio y la convirtió en uno de los relatos fundacionales de Occidente.

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No conquistó ciudades, no fundó dinastías, no acumuló riquezas. Su trabajo principal fue la redacción de unas cartas. Pero hay cartas más fuertes que los ejércitos y hay palabras que duran más que el mármol y el hierro.

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