El cine tiene la capacidad de mostrar de muchas formas metáforas sobre la vida, las visiones románticas y los modos de perderse a sí mismo, así como de frases memorables sobre lo que es un perdedor y luego ser héroe de su propia vida, así sea por un momento.
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En la memorable Little miss sunshine (2006), cuando el abuelo Edwin (Alan Arkin) le dice a Olive (Abigail Breslin): “Un perdedor es alguien con tanto miedo a ganar que ni siquiera lo intenta”. Esta película se adentra en lo que una persona es capaz de hacer por intentarlo.
En Marty Supremo (Marty Supreme) hay una historia con una premisa sencilla, lineal, donde el vértigo es una de las claves de la narrativa de dos horas y 29 minutos de metraje, que formula preguntas como: ¿Qué es ser un perdedor? ¿Qué se puede sacrificar para ganar? o ¿hasta dónde la vida soporta un error más?
Una historia donde la intención no es vanagloriar al protagonista, sino dejar un personaje cotidiano, cercano a la realidad latente de muchos contextos, desafortunadamente atemporal, con Marty Mauser (Timothée Chalamet), tan codicioso y egoísta como roto.
El director Josh Safdie, conocido por sus líneas de tensión llevadas al límite con su hermano Benny Safdie en cintas como Good Time (2017), o Uncut Gems (2019) se separa de su hermano para continuar la fórmula narrativa y visual de sus películas hasta ahora, con gran influencia del legendario Martin Scorsese y del propio John Cassavetes con Marty Supreme (2025), una ambiciosa puesta en escena y un vértigo visual sin descanso para el espectador, que mezcla un biopic deportivo con una crónica existencial cercana al espectador, pues sus personajes no crean mayor resistencia con la realidad: están allí para ser parte de una nada que solo se repite.
Marty Supremo se presenta como una comedia dramática deportiva sobre Marty Reisman, que muestra su faceta de egocéntrico jugador de ping pong o tenis de mesa en New York, obsesionado con la búsqueda de grandeza- ¿Su obsesión? Ser parte de algo grande como convertirse en campeón mundial.
El estilo de Safdie resuena por su puesta en escena, con la particularidad de que la cámara siempre muestra al personaje en acción: cuando parece hacer de las suyas el espectador debe prestar una especial atención en sus acciones.
También muestra movimientos más tranquilos cuando otros personajes en el recuadro con él controlan la acción, delineando debilidad. Esto hace que los movimientos de cámara, gracias a la dirección de fotografía de Darius Khondji, convengan con los ritmos de la cinta, que oscila entre la textura granulada del cine setentero y la luminosidad de los grandes momentos deportivos.
Con el montaje de Ronald Bronstein y el mismo Safdie, todo se llena de cortes abruptos que recuerdan la ansiedad de Good Time (2017), aquí aplicados a un deporte que, en apariencia, carece de épica.
Desde el inicio, la música se marca como anacrónica, que toma canciones de las décadas de los 70 y 80, sacando al personaje de su tiempo, como si no perteneciera a ninguna parte, que puede ser uno de los conceptos del papel de Chalamet. La tensión construida por los sonidos del músico Daniel Lopatin logra, con sintetizadores, que cada partido recree una tensión especial, casi un ritual que trasciende lo deportivo, lo más sagrado para su protagonista, transmitiendo tensión, pero también fragilidad.
La cinta también se sostiene gracias a las actuaciones del elenco, algo que también ocurre en películas como Una batalla tras otra (2025), pero sin un guion tan sólido. También se destaca el regreso de Gwyneth Paltrow, que aporta un contrapunto elegante. Figuras como la de Rachael (Odessa A’zion) con su amor incondicional, capaz de transformarse en cualquier cosa para llamar la atención de Marty; también están Abel Ferrara y Fran Drescher, reforzando la dimensión tragicómica del relato.
Marty Supreme no es solo un filme sobre ping pong o tenis de mesa, es una metáfora del desgaste físico y emocional, del deseo de permanecer en el centro de la escena cuando la edad y el tiempo parecen expulsar al individuo de esa realidad construida para sobre pasar la vida misma. La historia del momento en el que el deseo de triunfo pierde su forma y se convierte en cualquier cosa que dé una victoria casual, por pequeña que sea, sosteniendo una existencia que busca justificarse desde ese sueño añejo. Safdie logra que un deporte poco publicitado se convierta en un campo de batalla existencial para sí mismo y su mundo.
Esta película interpreta la complejidad de mantener una idea que con el tiempo y con un talento en particular, se convierta en un motivo de existencia. Cada persona tendrá un momento para evaluar si justificó su camino o no, y Timothée Chalamet lo sabe, consolidando un gran papel. Su exposición en la mayoría del metraje lo ayuda a construir y desarrollar su personaje, poniendo la cinta en sus hombros, pero logrando justificar su casi seguro galardón como mejor actor principal en los Premios Óscar.