En “La Odisea”, obra de Homero que por estos días ha sido más mencionada que en otros tiempos por el estreno de la adaptación de Christopher Nolan, Alcínoo, rey de los feacios, dice que “los dioses tramaron desventuras para que los hombres y las generaciones venideras tuviesen sobre qué cantar”.
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Siete u ocho siglos antes de Cristo, la literatura ya mostraba al menos un para qué de su existencia dentro de los tantos que le podríamos adjudicar, y no es otro distinto al de intentar responder a lo incomprensible o al de otorgarle un sentido a aquello que por trágico puede resultar también absurdo.
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define la crisis como: “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados”. Los tiempos actuales son tan extraños que hablar de crisis suena incluso trillado, como si sintiéramos que lo constante es percibir o permanecer en una de ellas, o en varias de ellas. Crisis climática, crisis social, crisis política. Todas son frecuentes, todas también aparecen tanto como lugares comunes en los discursos de los líderes globales, que quizá la repetida mención de estas derive en el peligroso fenómeno de subestimarlas.
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Lo que resulta interesante es ver cómo hemos intentado superar las crisis, las que corresponden a nuestras individualidades y las que parecen arroparnos a todos colectivamente. Hace apenas un par de días, asistí a la presentación del libro “La parábola del salmón”, de Alonso Sánchez Baute, y en él se lee: “Sabía que una crisis es una revelación de las costuras mal cosidas, pero también que, con ella, tenemos la capacidad de corregirlas”.
Tal vez como un modo de supervivencia, la forma en la que vemos las crisis individuales puede ser también la forma en la que vemos las colectivas, e intentar superar la angustia y el desespero que provocan estar en las entrañas de un momento así quizá despierta esa necesidad, esa obligación de acudir a nuestra imaginación y a nuestra creatividad para salir de ellas.
La filósofa alemana Hannah Arendt ya decía en el libro “Entre el pasado y el futuro” que: “Una crisis nos obliga a volver a las preguntas mismas y exige de nosotros respuestas nuevas o antiguas, pero, en cualquier caso, juicios directos”.
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Alrededor de 10 años atrás, el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama, le concedió una entrevista a Michiko Katukani, crítica literaria de The New York Times, y en ella hablaron sobre la importancia de la literatura y la escritura en su vida. Por ejemplo, Obama reconocía que William Shakespeare seguía siendo importante aún en su labor como jefe de Estado porque le permitía “comprender cómo ciertos patrones se repiten y se manifiestan entre los seres humanos”.
En la entrevista, además de Shakespeare o Toni Morrison, Obama resaltaba los textos y discursos de grandes líderes como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, entre otros. Leerlos, decía, era útil porque buscaban “un sentimiento de solidaridad”, pero en general, sobre sus lecturas y la literatura que podía tener a la mano, afirmaba que: “En un momento en que los acontecimientos se suceden tan rápido y se transmite tanta información, la capacidad de desacelerar y obtener perspectiva, junto con la capacidad de ponerse en el lugar del otro, han sido invaluables para mí. Si me han convertido en un mejor presidente, no puedo decirlo. Pero lo que sí puedo decir es que me han permitido mantener el equilibrio durante estos ocho años, porque este es un lugar que te golpea con fuerza y rapidez, y no te da tregua”.
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“Donde crece el peligro”, libro de ensayos de William Ospina, puede ser una de las obras de nuestra literatura que nos ayuda a comprender el papel que ha jugado esta manifestación del arte y la cultura en épocas de crisis. Volviendo a la Antigua Grecia, Ospina escribe: “Homero abre entonces un paréntesis en el relato, como si abriera la herida para mostrarnos su origen, y nos cuenta cómo fue herido el muchacho cuando su abuelo lo llevó a la cacería de un jabalí, hace mucho tiempo. Así nos muestra una de las primeras verdades de la literatura: que donde hay una cicatriz, hay una historia. Una historia digna de ser contada”.
En ese párrafo, el escritor colombiano revela una de las claves de la literatura en tiempos de crisis, y es que las historias que de allí surgen, ficción o no ficción, cumplen un propósito que no necesariamente es el de los autores, pero sí el que resulta de esas obras, y no es otro distinto que dejar un testimonio de lo ocurrido, lo que conlleva con el tiempo a un ejercicio de memoria, pero también de verdad y de romper con los relatos oficiales para abrirle campo a las voces de quienes en realidad padecieron los efectos de una crisis.
En “Cuadernos de cárcel”, el pensador Antonio Gramsci afirma: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”. De nuevo, en esa pequeña ranura en la que nos debatimos entre la angustia y la duda es que la literatura ha servido como herramienta para enaltecer la imaginación del ser humano y encontrar formas de comprender lo que atravesamos, y para que las generaciones venideras no dejen olvidar lo que ocurrió. Y como el libro de Ospina, que halla su título en una frase del poeta alemán Friedrich Hölderlin, es importante que tengamos la disposición necesaria para ver que “allí donde crece el peligro crece también lo que nos salva”.
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