La última de las huidas de Víctor Serge fue en mayo de 1940, poco días después de que los nazis ocuparan Francia. En los tres años anteriores había escrito dos ensayos sobre el deterioro del régimen soviético, “De Lenin a Stalin”, y “Destino de una Revolución”. Muy a pesar de que dijera y repitiera que no eran unos vencidos, sino que los habían vencido, y de que proclamara una y otra y otra vez que “Ningún peligro, ningún resentimiento justifican el desaliento pues la vida continúa, y tendría la última palabra”, había comprendido que no podía ser nada diferente a un militante. No por un partido ni por un sistema, y menos por un hombre, sino por la libertad del ser humano. “Tengo más confianza en el hombre y en el futuro de la que tenía entonces”, escribió, aclarando que ese “entonces” era en sus años juveniles y en los primeros tiempos de la Revolución bolchevique.
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“Sobrevivir es la cosa más desconcertante -lo sigo pensando todavía- por distintas razones. ¿Para qué sobrevivir si no es por aquellos que no sobreviven? Esta idea confusa justifica mi suerte y mi tenacidad dándole un sentido -y por muchas otras razones, hoy todavía me siento unido a muchos hombres a los que sobrevivo, y justificado por ellos. Los muertos están para mí muy cerca de los vivos, distingo mal la frontera que los separa”, escribió en uno de sus textos, antes de llegar a Ciudad de México en el año de 1941 con su hijo, Vlady Kibálchich, quien se dedicó a pintar murales históricos, y que luego de la muerte de su padre, en 1947, diría entre otras tantas cosas que si había logrado resistir tanto, si había vuelto a nacer después de morir en varias ocasiones, era porque como afirmaba, vivía y había vivido de “Derrota en derrota hasta la victoria final”.
Régis Debray había arreglado una variedad casi infinita de papeles y permisos para que Serge viviera en México. En una de sus declaraciones sobre Víctor Serge, diría que lo que la apasionaba de Serge era la tragedia de su soledad. Era un hombre que lo entendía todo con absoluta claridad, y sin embargo, había sido abandonado por unos y por los otros y por los de más allá, explicaría. “Entonces la inteligencia más el carácter puede matar a un hombre. Víctor Serge tiene la inteligencia más el carácter, es decir: incorruptible, rígido en sus convicciones, tenaz hasta el final. Y por lo tanto padeció esa tragedia, pues la clarividencia siempre es castigada”. De alguna manera, nadie quería a Serge en sus luchas, o por lo menos, no los altos mandos, pues al parecer y según lo develó el tiempo, esas luchas no eran sinceras. Llevaban un tufo a interés personal.
El último de los libros que escribió Serge fue “Treinta años después de la Revolución Rusa”. Lo terminó precisamente en 1947, poco antes de morir de un paro cardíaco. Allí, decía: “Los años 1938-1939 han marcado un nuevo rumbo decisivo. Se ha concluido la transformación de las instituciones y de los hábitos de los cuadros del estado, llamado todavía soviético aunque no lo sea para nada, gracias a las 0’depuraciones’ implacables, dando lugar a un sistema perfectamente totalitario, pues sus dirigentes son los dueños absolutos de la vida social, económica, política y espiritual del país; el individuo y las masas no poseen ningún derecho. La condición material de las ocho o nueve décimas partes de la población se mantiene en un nivel muy bajo. El conflicto abierto con los campesinos se prolonga bajo formas atenuadas. Se hace evidente que, poco a poco, una contrarrevolución ha triunfado”.
Unas líneas más adelante, afirmaba que la Unión Soviética había intervenido en la Guerra Civil Española para controlar al gobierno de La República, y que se había opuesto por medio del chantaje, la corrupción, el asesinato y la represión al movimiento obrero. “Una vez consumada la derrota de la República española, no sin que Stalin tenga parte de responsabilidad, la URSS pactó pronto, al principio en secreto, con el Tercer Reich”. Para Serge, en el momento crucial de la crisis europea, las dos principales potencias se habían quitado sus máscaras. Los fascistas y los antifascistas, los bolcheviques y los antibolcheviques, se habían unido para repartirse Polonia. “¡Qué espantoso camino hemos recorrido en estos treinta años. El acontecimiento más esperanzador, más grandioso de nuestro tiempo, parece volverse contra nosotros. ¿Qué nos queda del entusiasmo inolvidable de 1917?”
Les quedaba el seguro e infinito rencor hacia la Revolución de Octubre, decía, unos cuantos testigos y otros tantos partícipes que habían logrado sobrevivir. “El partido de Lenin y Trotsky ha sido fusilado. Los documentos han sido destruidos, escondidos o falsificados”. Palabra tras palabra, frase tras frase, continuaba con la lista del “negro espectáculo de la URSS estalinista”, que confirmaba “la debacle del bolchevismo, del marxismo, del socialismo”, para luego preguntarse por el orden universal, por las otras debacles, por lo que hizo o no hizo el cristianismo durante las catástrofes sociales, por lo que ocurrió con el liberalismo, con el conservadurismo. “¿No han engendrado a Mussolini, a Hitler, a Salazar o a Franco? Si se tratara de plantear con honestidad las debacles de las ideologías, tendríamos trabajo para largo. Y nada ha acabado aún…”.
Luego habló de la falsificación de la historia, y de los falsificadores de la historia. Escribió que tanto los personajes como sus obras, inventos, estaban a la orden del día. “Entre las ciencias inexactas, la historia es aquella que lesiona más intereses materiales y psicológicos”. Según Serge, los reaccionarios tenían una motivación fundamental para que los estudiantes y los lectores confundieran el totalitarismo estalinista, “exterminador de los bolcheviques”, con el bolchevismo, “a fin de perjudicar a la clase obrera, al socialismo, al marxismo, e incluso, al liberalismo…”. Pese a su teoría, admitió que varios de los errores de los bolcheviques incidieron para que se generara el totalitarismo dirigido por Iósef Stalin, que a la postre, acabó con los antiguos camaradas, sus compañeros, y por lo tanto, con la idea que había guiado a la Revolución.