8 Mar 2021 - 9:51 p. m.

“Quemar el miedo”, la reflexión del colectivo LASTESIS sobre la violencia de género

Quemar el miedo, editado por la editorial Planeta, es el libro que preparó el colectivo chileno LASTESIS para este 8 de marzo. Presentamos el capítulo “Bajo el disfraz del amor”, que reflexiona sobre las violencias de género y cómo los cuerpos son vulnerables ante las ideas tradicionales de lo femenino.

Colectivo LASTESIS

Bajo el disfraz del amor

Cierto, dios sin duda es un hombre

y destacamos su misoginia.

Misoginia que destruye nuestra historia

con violencia, muerte e ignominias.

Basta ya de explotación de nuestros cuerpos bajo el disfraz del amor.

El control del estado sobre nuestros cuerpos

a través de los hombres y del horror.

Nos contaron una historia, de abnegadas

y explotación,

pero esa historia terminó, ahora la escribo yo.

En mi historia

dios se muere

junto al marido

y al patrón.

Corazones rojos, corazones fuertes.

Se acabó esa historia, se acabó ese orden

con mis muertas a la lucha,

a la calle y al desorden.

*Canción de video-collage, reversión de Corazones Rojos de Los Prisioneros, mayo 2020, colectivo LASTESIS.

Todas y todes hemos sentido el abuso de poder patriarcal sobre nuestras corporalidades. Sin embargo, nosotras trabajamos a diario para erradicar las secuelas patriarcales de nuestras conductas. Las heredadas, aprendidas, internalizadas, las que cuestan pues nos mantienen en una zona de comodidad. Desaprender lo aprendido es una ardua labor que se traduce en extensas horas de trabajo en nuestras emociones que a ratos se ven sin contención.

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En este intenso periodo de aprendizaje que hemos tenido como compañeras de activismo y sublevaciones varias, es imposible no notar en cada una nuestro propio crecimiento, influenciado enormemente por todas las artistas y escritoras que revisamos, observamos, citamos e inspiran nuestro trabajo. Sus legados nos permiten conectarnos a través de la memoria con las opresiones que sus cuerpos sintieron, no muy distintas a las opresiones que atraviesan los cuerpos de hoy.

Comprender nuestros cuerpos y cuerpas como lienzo y herramienta de batalla en contra del patriarcado neoliberal es una forma de oponernos a la categoría de ciudadanas de segunda clase o de propiedad privada. Es necesario comenzar a comprender que ciertos comportamientos que reproducimos hasta el día de hoy provienen de una herencia patriarcal. Por ejemplo, el amor romántico, idealizado y posesivo, donde la aspiración máxima de esta fantasía amorosa es establecer un contrato que beneficie a ambos participantes; bajo el tan cuestionado concepto de familia nuclear muy promovido por la publicidad y cinematografía de posguerra.

Cada una y une ha lidiado con esas concepciones retrógradas. Todas y todes, de cierto modo, hemos repetido el patrón. Algunas para siempre, como una condena autoimpuesta de infelicidad que se carga en forma de culpa moral cristiana. Otras hemos puesto fin a esas relaciones destructivas a tiempo, pero muchas otras no, terminando en dolor, violencias, y en el peor de los casos, la muerte. Nosotras estuvimos casadas. Sí, casadas por la vía legal, y hoy felizmente divorciadas.

Nosotras creímos que el matrimonio, esa arcaica institución, podía construirse, vivirse, habitarse de otra forma. Aún lo creemos, quizás. Pero nuestra experiencia, lamentablemente, solo terminó reproduciendo las violencias y opresiones machistas y micromachistas típicas. Un cliché barato en el que el marido terminaba diciéndonos lo que está bien, lo que está mal, cómo vestirnos, cómo comportarnos, opinando de nuestro cuerpo, de lo que queremos hacer con nuestro cuerpo, de lo que queremos hacer con nuestras vidas, de nuestros proyectos futuros, de nuestros sueños.

Nosotras también estuvimos en relaciones en las que fuimos maltratadas física, emocional y psicológicamente. Nosotras, en teoría un poco más conscientes, nos perdimos a nosotras mismas bajo el disfraz del amor. Hoy, miramos hacia atrás y no nos reconocemos. Es que la violencia adopta formas tan diversas, y más veces de las que quisiéramos no es evidente, no aparece de golpe. Muchas veces es tan sutil, que disfrazada en la inseguridad de un supuesto ser sensible terminamos aceptando lo inaceptable. Terminamos replicando los círculos de violencia. Terminamos en ese lugar que cuando vemos a una amiga o amigue en lo mismo le gritamos que salga corriendo de ahí.

¿Quién no ha estado en una relación amorosa tóxica? Ya sea por nuestra malherida autoestima o incluso por temor a estar en soledad. A lo largo de nuestra vida se nos ha relatado que la soledad es penosa y decadente, como la imagen icónica de una mujer con muchísimos gatos fumando y mirando un punto de fuga. Para nosotras ese punto de fuga es maravilloso. Es la paz interior de haber escogido por ti misma la vida que deseas construir, la vida que soñabas de niña, niñe, esa vida que todas y todes merecemos tener.

Es comprendernos hoy como mujeres y disidencias, cuerpos y cuerpas resistentes y poderosas que cargan las mayores opresiones, si no todas; cuerpos y cuerpas a las cuales el capitalismo ha querido estandarizar y categorizar en estereotipos eurocentristas y norteamericanos, como si esa figura fuera la única bella y digna de emular.

¿Dónde quedan los cuerpos negros, mestizos, marrones, gordos, mutilados, marcados con cicatrices, deformes según lo que estipula la real academia de los cuerpos; todo lo oscuro, denegable, ocultable como si fuera una vergüenza con la que hay que cargar? ¿Dónde quedan los cuerpos como los nuestros, cuerpas que decidieron hablar, denunciar, apuntar, reflexionar, divulgar contenido feminista para distintas audiencias sin esperar más que su territorio se alzara ante la opresión?

¿Dónde quedan las cuerpas como las de las coyotes que pasaban familias por la frontera, aceptando trabajar en la paralegalidad para así mantener económicamente a su familia?

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¿Dónde quedan los cuerpos migrantes negras, negros, negres, latinos, latinas, latines, centroamericanas, caribeñas, isleñas, que al llegar al nuevo territorio siguen haciendo el trabajo esclavo moderno, donde no reconocen sus estudios universitarios y les asignan labores que ya no deberían ser ejecutadas por seres humanos?

¿Dónde queda el cuerpo disidente, que vive su género fluidamente, y tiene que reconocerse a sí misme en una sociedad que no acepta su fluidez y le categoriza binariamente?

¿Dónde queda la mujer del campamento chileno que jamás ha entendido el placer como algo propio, algo que debe comprender y conectar ella primero antes que su pareja sexual?

¿Cuántas hemos sentido complejos sobre nuestros cuerpos y cuerpas por no cumplir con ese ideal hegemónico que dictaminan los dueños de los medios de comunicación masiva, de las revistas de moda y la publicidad? ¿Cómo deconstruir en nosotras esta decadente desvalorización a todo lo que compete con el universo de «lo femenino»?

Porque, cuando no es para ser una subordinada de aquello que imponen sus jerarquías patriarcales; cuando no es para gestar, criar, amamantar, enseñar, amar, cuidar; cuando no busca la belleza, la limpieza, el decoro, el refinamiento, la sutileza, la blancura, la suavidad, la inteligencia —pero cuidado, tampoco tanta—, estratega mejor, pero ojalá con mención en economía familiar, cuando tu cuerpo no cumple con esos requisitos, muchas veces es invisibilizado, otras incluso violado y castigado.

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