Hasta el momento más triste de la existencia encuentra algo de solemnidad cuando lentamente se convierte en la semilla de algo más complejo que una dolorosa sensación, haciendo de un camino maltrecho una reivindicación del ser, encontrando luz en el rincón más oscuro.
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La sensación que produce la insoportable oscuridad de la tragedia solo es atendida por algo más fuerte que la razón, y en la búsqueda de respuestas, lo simple de la belleza se convierte en la voz más clara del ruido del dolor, que solo se silencia por medio de una expresión más sincera del corazón, llevada cálidamente de la mano por el alma: eso es Hamnet, dirigida por la china Chloé Zhao.
La película se inicia con un nacimiento simbólico desde la raíz de un árbol. Es Agnes, la protagonista, en posición fetal, despertando en la naturaleza y comenzando su búsqueda interior de ser y así comunicarse con su entorno. Por otro lado, el personaje de William se embarca en una búsqueda interior desde el mundo de las letras, marcando una catarsis que mostró al mundo una de las obras más representativas de la literatura universal, acogida con el amor de su esposa y una familia, un antes y un después, para componer una de las cintas más luminosas en muchos años, que recrea una esperanza impulsada por el arte que entrega todo en una película de 2 horas y 5 minutos.
Hamnet cuenta la historia de Agnes (Jessie Buckley), la esposa de William Shakespeare (Paul Mescal), en su lucha por superar la tragedia familiar que irrumpe en su vida, con el telón de fondo de la creación de una de las más conocidas e importantes obras de Shakespeare, Hamlet. En la película es posible encontrar tantos matices como íntima belleza en cada plano, de la mano del director de fotografía, el polaco Lukasz Zal, responsable de obras como Cold War (2018) o Zona de interés (2023), entre otras.
La belleza de la cinta proviene de muchas fuentes que la directora supo posicionar. Por ejemplo, los personajes se desarrollan sin artificios, con una narrativa fresca, fluida y contemplativa, sin recaer en los excesos prejuiciosos de la visión artística que en ocasiones invaden el cine de autor, olvidando a la obra como el complemento de un todo.
En esta ocasión Zhao se entrega a la historia y no al contrario, dándole libertad a Jessie Buckley para plasmar en la pantalla dolor, sufrimiento y amor, elementos de una realidad que se aleja por momentos de la ficción, ofreciéndole al espectador una pieza que entristece, pero que a la vez consuela con la capacidad del proceso creativo del ser humano. La cinta está acompañada por la música original del alemán Max Richter, responsable del Vals con Bashir (2008) y Ad Astra (2019), entre otras. Con Hamnet, la música del compositor galo intensifica el nivel de emocionalidad de las actuaciones.
La música sabe llevar la tensión de las escenas para culminar en la catarsis y permitir percibir las emociones de cada secuencia de la película. Otorga así, desde el famoso soliloquio del príncipe Hamlet del mismo autor, una profunda reflexión sobre la vida, la muerte y el suicidio, donde cuestiona si es mejor sufrir las penurias de la existencia o terminar con ellas a través de la muerte. Como lo dice en un fragmento de la obra:
“Y por un sueño decir que acabamos
Con el pesar del corazón y los mil golpes naturales
Que son herencia de la carne: ¡es una consumación
Que deberíamos solicitar con ansia!
Morir es dormir”.
La célebre frase y de autorreferencia “Ser o no Ser” sustenta el proceso creativo de la obra y de cómo se comunica con su audiencia, entregando profundidad en cada uno, alimentando la emocionalidad dentro del dolor y recreando el duelo como el olvido de sí mismo, hasta que el mismo dolor es el canal de encuentro y cada sensación descubre su melodía. Todo gracias a la música.
Destaca la mística del personaje de Agnes, materializada a través de gestos limitados. También la pasión contenida de Mescal que sale a flote dentro de su personaje por medio de sus letras, llevada por una cámara que no quiere señalar sino atestiguar lo que pasa. Esto convierte a Hamnet en una película donde se percibe la fragilidad de la existencia y donde cada gesto y sacrificio encuentran su fisonomía en una historia que atrapa y lleva sin prisa a lugares oscuros, donde la tragedia abre sus puertas.
Inspirada en la novela de Maggie O’Farrell de nombre homónimo, ambas son una ficción en donde, a partir de investigaciones y hechos históricos, se arma una teoría de cómo William Shakespeare encontró el tono de sus letras.
Sin duda, la protagonista de la historia es Agnes, interpretada por Jessie Buckley, que deja para la historia del cine un papel memorable. Aunque destacan también el mismo Hamnet (Jacobi Jupe), que asume un papel difícil y de gran profundidad, y Paul Mescal, que entregó todo cuando solo la narrativa estaba en él, sin compartir en plano con nadie y con la responsabilidad de declamar grandes monólogos.
En resumen, Hamnet es una película que resuena con una época en donde el cine parece haber perdido su sentir profundo. Hamnet recuerda que el cine es un arte más que un producto de entretenimiento y se posiciona, para mí, como una de las dos mejores películas del año junto con Una batalla tras otra, con uno de los mejores 20 minutos finales en la historia del cine de los últimos años y revelando que las maneras de comunicación del ser humano puedes ser tan ricas como las emociones.