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El taller de Sair García: un templo sagrado en el que transcurre la vida del artista

En esta nueva entrega de la serie Los microcosmos del arte, exploramos el taller del artista Sair García y cómo en cada espacio en el que ha trabajado ha buscado la luz y la altura.

Andrea Jaramillo Caro

25 de febrero de 2026 - 09:02 p. m.
El artista de Barrancabermeja trabaja desde su taller en una de las casas del barrio San Felipe en Bogotá.
Foto: El Espectador
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El taller de Sair García suena a folclor. Lo primero que hace cada día al llegar es poner música folclórica de diferentes países. Cuando lo visitamos, entre las paredes y salas resonaba la voz de la cantante de Costa de Marfil, Dobet Gnahoré. La música siempre acompaña su trabajo y ese es su principal ritual, según contó.

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“No consigo trabajar sin música. Todo el día estamos en función de la creación de diferentes proyectos, e investigaciones, muchas veces no llego a pintar, llego a leer o a escribir, por lo que mi día transcurre entre una cosa y otra, pero casi todo está en función de que el ambiente esté preparado para eso. Escucho folclor de todo el mundo, música que casi no se escucha en las emisoras. La colecciono también y la traigo de diferentes lugares a los que he viajado. Con ella tengo una comunión muy especial”, afirmó en entrevista para El Espectador.

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Desde el barrio San Felipe, el artista oriundo de Barrancabermeja no solamente crea sus obras, también fabrica los bastidores y cajas para transportarlas. En una casa adecuada a sus necesidades, García ha creado piezas de gran formato.

Al entrar, el primer piso está dispuesto para recibir visitantes. Con una sala y obras de la serie “Magdalena” y “Estática milagrosa” dispuestas en diferentes lugares, pretendía que quienes vieran el espacio pudieran imaginar cómo se verían las obras exhibidas. Una cocina y un espacio donde hay otras obras de gran formato, completan el primer piso del taller donde, en una pared, se encuentran obras de otros artistas como Óscar Muñoz, Leo Matiz y Eduardo Ramírez Villamizar. Hacia el fondo, tras un jardín se encuentra una carpintería y un espacio de almacenamiento. “Esta casa la recibí casi que para caerse. Arriba eran las habitaciones y las tumbamos casi todas, abrimos los pórticos para poder entrar y salir con las obras y los materiales, el jardín, por ejemplo, no existía. Teníamos la necesidad de fabricar aquí nosotros mismos las cajas, los guacales, los bastidores, todo ese tipo de cosas, entonces para eso se ejecutó esa transformación atrás.”, dijo. Con la ayuda de unos amigos arquitectos, logró transformar el espacio.

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Al subir las escaleras, hay dos grandes habitaciones blancas, con luces móviles en el techo y una serie de sillas, mesas, pinturas, pinceles, rodillos, papeles y lápices. Dentro de estos espacios hay diversos lienzos que cuelgan de la pared o que se encuentran sobre caballetes, aquellas obras en las que trabaja el artista.

Para García, la luz que le proporciona la casa donde actualmente trabaja es uno de los elementos más importantes. “He tenido unos cuatro talleres. Este es el más grande. Viví frente a la Universidad Nacional y ahí tuve mi primer taller, que era el 10% de esto. Eran espacios, finalmente, donde buscaba la luz. Tenían que ser generosos en ese aspecto. Cada vez fui aumentando de tamaño mis espacios, porque las características que me interesan son la altura y la luz, aunque lo de la altura ha sido más difícil de conseguir”, afirmó.

Sair García recibió la casa en la que ahora trabaja hace tres años para arreglarla como viera necesario. Más allá del espacio y las posibilidades que le daba, como trabajar en proyectos de mayor envergadura, le interesaba continuar creando en un barrio que se ha convertido en un epicentro cultural.

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La amplitud del espacio donde trabaja también le ha ha permitido continuar experimentando con materiales como el petróleo crudo, que figura en obras como las de la serie “Éxodos”.

Sin embargo, la creación de piezas en gran formato no viene sin sus desafíos. “Es un reto bastante complejo porque, si bien este espacio se presta para eso también es limitado, porque hay lugares del taller donde definitivamente no se puede hacer piezas de gran formato y en los pocos lugares en los que se puede, nos toca prácticamente armar, imprimar telas de los tamaños que se necesiten y hacer la pieza ahí mismo. Eso implica trasladar todos los materiales, pero después de que está hecha la obra, hay que desarmarla para sacarla de taller porque no hay una salida dispuesta para obras de gran formato”, aseguró.

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Por el taller de Sair García han pasado asistentes, artistas profesionales, compañeros de la universidad, entre otros, de manera que el artista ve su taller también como una especie de escuela. “Aquí vienen muchos compañeros, trabajan, me ayudan, pero también salen y se van y hacen su trabajo propio. Ha funcionado también como un lugar de aprendizaje, no solo para mí, sino para muchos de mis compañeros”.

Las lecciones que este espacio le ha dejado han sido más de corte pictórico, según relató. Los pigmentos y la utilización de estos para su técnica son algunos de esos aprendizajes. Para él es importante entender cómo se debe manejar cada uno de estos para el fin que se le quiere dar en la obra, a esto se refirió como “el comportamiento de los pigmentos”.

Una de las anécdotas que más recuerda del lugar es que cuando llegó a este taller, García quiso inaugurarlo con una reunión con su círculo cercano, unas 50 personas, recordó. Sin embargo, lo que debía ser un encuentro con clientes y amigos, se convirtió en “un desfiladero de gente”, pues llegaron cerca de 260 personas al lugar. La comida que había contratado el artista no fue suficiente y el espacio para caminar era reducido. A pesar de la cantidad de personas, “fue un momento de mucha satisfacción, porque en últimas era lo que el mismo espacio estaba generando. Entendí que de verdad este era un lugar propicio y bello para la creación”.

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Para Sair García sus talleres han sido siempre un templo. Desde el primero, en el que afirmó que no solo se desarrolló su obra, también él como persona, estos espacios le han dado la felicidad e tener un espacio propio de trabajo. “Uno sale de la universidad a enfrentarse a un montón de cosas que no tiene claras mientras se estudia, porque es una burbuja donde no pasa nada. Pero cuando sales al mundo, las cosas se ponen serias y uno cae en la cuenta de que de esto va a vivir. Los talleres para mí son un templo sagrado donde no solo ocurre la creación, sino la vida misma del artista”.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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