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Allí entre los pobres jamás lloré
José Alfredo Jiménez
En un extremo de la mesa y después de un almuerzo que por su tierra llaman “trancaos”, Nepomuceno Simancas se agarró la cabeza con las manos huesudas, callosas y morenas. Su nieta Yulexi —ese era su alias “de combate”, su verdadero nombre era Sandra Carrillo Simancas— le acababa de preguntar por quién iba a votar en las próximas elecciones para la presidencia. El viejo Simancas, un hombre grande y canoso, con los ojos – grises y acuosos de tiempo- puestos sobre el espinazo de la mojarra que acababa de devorar con esa rara pericia que solo tienen los que aprendieron a comer pescado desde niños que dejan las espinas peladas y jamás se tragan una, dio la impresión de no haber escuchado. Un fardo enorme de penas pareció abatirse sobre su cuerpo cansado al tiempo que su memoria le ponía enfrente viejos sucesos.
Nepomuceno era descendiente directo del fundador de un pueblo donde había nacido en 1940 y de donde, con gran pesar, había tenido que marcharse en 1983. Don Roque, que así se llamaba el antepasado de Nepomuceno, se estableció allí a fines del siglo XIX y lo llamó San Pascual Baylón porque, como buen mamador de gallo que era, le pareció simpático un santo que se distinguiera por sus habilidades en la danza, sin saber que ese apellido Baylón no tenía nada que ver con ese arte.
Nepomuceno vivió durante cuarenta y tres años en aquel caserío que, en su época de mayor esplendor. Si es que en algún momento lo tuvo, llegó a los quinientos o, a lo sumo, seiscientos habitantes. Eso no alcanzaba a la categoría de pueblo. Era apenas un villorrio con viviendas de bahareque y techos de palma desperdigadas sin mucho orden sobre un terraplén de unos trescientos pasos de largo. Tan solo había un par de edificaciones de ladrillo empañetado. Una de ellas era la casa de don Alcides —la única con energía eléctrica generada por una vieja planta de keroseno— donde además funcionaba una tienda en la que se vendían víveres, abarrotes, algunas telas, overoles y sombreros “volteaos”, medicinas básicas para los cólicos femeninos y para los dolores de cabeza o de barriga y para bajar las fiebres de los niños, cerveza y ron, por supuesto, y cuadernos rayados y cuadriculados y lápices, sacapuntas y borradores. La otra construcción era la cantina con su mesa de pool (allá lo llamaban buchácara) de paño verde esmeralda desteñido y bolas opacas y astilladas.
Sin embargo, y aunque sus calles eran polvorientas y ningún lujo o monumento digno de mencionarse lo adornaba, el conjunto era bello y armonioso con sus casitas pulcramente encaladas y macetas con miles de fragantes gardenias, cayenas y begonias colgadas de sus paredes. Ceibas, almendros, mangos y flamboyanes, que a mediados de cada año iluminaban el lugar con sus flores de rojo inverosímil, le daban frescura a sus calles y a sus patios. Y en el espacio que don Roque, el fundador, previó para la plaza principal dos tamarindos descomunales extendían sus ramas y todo lo cubrían… hasta el lugar donde debía quedar la iglesia que nunca se construyó, lo cual no impedía que un par de veces al año – la Pascua y alrededor de la navidad- el padre Nicanor fuera y dijera la misa.
A pesar de su miseria aparente, sus habitantes no eran pobres en absoluto porque habían llegado al ideal de estar satisfechos con su condición. Se alimentaban con gallinas que ellos criaban y con pescado que obtenían de la ciénaga vecina. También con yuca, ñame, plátano y arroz que cultivaban de manera comunitaria en los fértiles terrenos aledaños, donde igualmente se daban piñas, mameyes, patillas y melones de un dulzor incomparable.
En fiestas especiales, sacrificaban una ternera, un cerdo o un par de pavos. ¿Qué más podían pedir si de día trabajaban la tierra y de noche bebían cerveza y ron y cantaban y bailaban al son de flautas de millo, gaitas, guacharacas y tamboras o contaban viejas y repetidas historias? Disfrutaban la vida en el estado de la naturaleza. Nada como comer, beber, bailar, amar y dormir sin remordimientos de conciencia. Aquella gente sencilla —pascualeros los llamaban— no conocía el crimen, ni el secuestro, ni el hurto ni la envidia. La paz reinaba porque sus mentes libres – como de niños- no conocían el significado de la palabra ambición.
La mayoría de sus moradores era analfabeta y los pocos que sabían leer y escribir compartían con los demás sus conocimientos y lecturas. Educaban a sus hijos en los asuntos verdaderamente indispensables tales como pescar, cultivar la tierra, sus primitivas artes culinarias y lo básico del cuidado personal: baño diario, cepillado meticuloso de dientes, ropa siempre limpia y perfumada con espliego y vetiver… No tenían escuela ni un plan estructurado de estudios, sino que iban respondiendo cada inquietud de los pequeños. «¿Para qué sirve un azadón?» «¿Quién es Dios?» «¿Cuánto es dos más siete?» «¿Cuánta sal se le pone a un pescado?” ¿Por qué las mujeres llevan el pelo largo y los hombres corto?» y cosas de ese estilo.
Don Alcides, el único habitante con televisor – un Phillips a blanco y negro de veinte pulgadas- mantenía abiertas las puertas de su sala y después de las seis de la tarde cualquiera podía ir y sentarse a ver el noticiero o la telenovela de moda y algunos partidos de fútbol, cuando las programadoras se dignaban transmitirlos. No todos entendían cómo funcionaba la pequeña y ruidosa planta de dónde sacaba la electricidad don Alcides ni cómo había conseguido el televisor, pero eso no importaba porque lo que valía era entretenerse y compartir con los demás. A veces el anfitrión, con Dioselina, su mujer, les brindaban limonada o ron, y al final de las emisiones comentaban con vehemencia las tragedias de la vida nacional y se congratulaban por no ser parte de ellas y reían y sufrían con los avatares y las pésimas decisiones de los personajes de las telenovelas. Todos participaban tanto de la tertulia como de los debates con tal pasión y bulla, que parecía como si estuvieran peleando. Pero todo era amigable. Ellos eran gritones y aspaventeros.
Nepomuceno era el dueño de la cantina que no contaba sino con cinco mesas de cuatro puestos cada una, una barra roída por comejenes hambrientos y un mostrador de cuatro anaqueles, con unas cuantas botellas esparcidas sobre ellos de forma descuidada. El atractivo principal del local era la mesa de pool, que, a pesar de su estado calamitoso, llenaba de regocijo a quienes se animaban a jugar después de una extenuante jornada bajo el sol. En medio de las partidas y las apuestas charlaban sobre muchas cosas, entre ellas, del temperamento afable de don Fernando, el dueño de la finca Las Mercedes, donde algunos de ellos trabajaban de manera permanente en las labores de ordeño y vaquería, y otros ocasionalmente, más que todo en la época de recolección de la cosecha de algodón.
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Aunque trabajar casi nunca es placentero, comentaban lo agradecidos que estaban con su patrón porque gracias a él ganaban dinero para satisfacer algunos antojos que el cultivo ordinario de la tierra no les permitía.
En San Pascual Baylón nadie pagaba impuestos. Los tentáculos largos y acuciosos de la voraz administración nacional no llegaban hasta ese pedazo de territorio ignoto y no tenían tributos locales porque allí no había empleados ni servicios públicos. Carecían absolutamente de organización política. Cada cual se ocupaba de sus tareas y del orden y aseo del frente de su casa y nadie mandaba a nadie. Cocinaban con leña o carbón, iluminaban sus noches con velas y candiles, se echaban aire fresco con abanicos amarillentos de palma tejida y el agua la sacaban de pozos artesianos y la conservaban en aljibes y damajuanas.
Una mañana de marzo de 1980 todo cambió.
Apareció en la cantina de Nepomuceno un hombre de tez rubicunda, alto, fornido y de mediana edad. Iba perfumado y vestido con pantalón de dril, camisa blanca con un lagarto bordado en el bolsillo y un reloj lustroso, que debió costar una fortuna. Se presentó como Jaime Morales, aspirante a la Cámara de Representantes. Quería dirigirse a los habitantes del pueblo para comentarles sus programas y también para escucharlos y conocer de primera mano sus necesidades.
Nepomuceno le manifestó al recién llegado que estaba perdiendo el tiempo porque ellos no habían votado nunca, no tenían ni idea para qué servía un representante a la Cámara y le aseguró, además, con asertividad, que a ellos nada les faltaba. Pero Morales insistió en que, por lo menos, le permitieran invitarlos a unas cervezas. Don Nepo, así lo llamaban cariñosamente, lo miró de soslayo y le dijo con reluctancia: «Bueno, si usted insiste en gastarse su plata es asunto suyo. Hoy están todos trabajando, pero vuelva el domingo y tendré reunidos aquí en la cantina algunos amigos».
Dos días después estaba medio pueblo en la tienda y sus alrededores, debajo de los tamarindos, porque la voz se había corrido y las cervezas gratis sonaban irresistibles.
Morales se levantó de su silla mientras todos bebían y comenzó a hablar con voz meliflua que se fue volviendo torrentosa con el paso de los minutos. Puso al desnudo las carencias de los pascualeros: la falta de energía eléctrica, de acueducto, de escuela para los niños. Les habló de desigualdad, de injusticia social, de falta de inclusión, de ausencia del Estado. Les contó además cómo en las ciudades había gentes que nadaban en dinero y comodidades mientras ellos apenas sobrevivían.
Mientras el candidato pronunciaba su discurso, los asistentes se miraban unos a otros con un aburrimiento inicial que se fue transformando en intriga, asombro y enojo. Morales notó que había atrapado su atención y no paraba de hablar. «¿Cómo es que ustedes no tienen neveras, estufas eléctricas, televisores, teléfono, almacenes de cadena, restaurantes, plazas de mercado bien surtidas, calzado variado? ¿Cómo pueden ustedes vivir así?»
“Mientras hay gente que vive así… y les enseñó fotografías por montones de los lujos de “los ricos”. Sus automóviles, sus mansiones con piscina, balaustradas blancas y alcobas para invitados, los edificios grandísimos, forrados en cristal y brillantes como espejos, los restaurantes a donde iban, los licores que degustaban. Y también les mostró cómo lucían “las ricas”. Coloretes y pintalabios, pelos y uñas arreglados, pulseras y largos aretes de oro puro, trajes vistosos de lino y organdí, zapatos de tacón y bolsos elaborados con pieles de animales extraños…
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Jaime Morales calló durante unos largos segundos, sabía muy bien lo que estaba haciendo. Luego retomó con mayor énfasis: «La culpa de su pobreza es de los gobiernos porque ellos han patrocinado siempre la mala distribución de los ingresos y han permitido que unos pocos se llenen de dinero mientras la gente buena y trabajadora como ustedes se mantiene en condiciones miserables. Damas y caballeros, por eso deben votar y votar bien. Yo me comprometo a ayudarles a ustedes a salir de esta pobreza en que viven y a que tengan acceso a todas esas riquezas y lujos que les acabo de mostrar… Yo voy a ocuparme de que el Estado traiga la energía y les arregle el asunto del agua y de la carretera. Mientras tanto voy a hablar con un amigo que les puede enseñar cómo ganar más dinero».
Cada vez que recordaba esta escena Nepomuceno se dolía de no haberle dicho al candidato en aquel momento miles de cosas; que a ellos no les hacía falta nada de lo que él les prometía, que habían vivido así durante años, que aquellos lujos y extravagancias los iban a llevar a la perdición, que se fuera al carajo… Él ya sabía todas esas vainas que Morales decía, pero nunca había querido compartirlas con los demás habitantes de San Pascual porque también conocía de las desgracias que trae eso que llaman “el progreso”… Pero no lo hizo. Se quedó callado y eso lo atormentaría para siempre. Se sentía culpable por todo lo que ocurriría de ahí en adelante.
Morales se marchó un rato después.
Aquellos inocentes pobladores de San Pascual quedaron picados por el resentimiento y comenzaron a pensar y a comentar entre ellos —sobre todo los más jóvenes— en lo injusta que era la vida.
A los pocos días se presentó por San Pascual otro personaje funesto.
Luis Enzo Pérez, alias El Meñique, llegó en su formidable camioneta negra con vidrios ahumados y un tigre de bengala pintado en el capó, acompañado por tres hombres fornidos, vestidos de negro, con cachuchas de beisbolista, rostros atezados y miradas huidizas. Vestía El Meñique una camisa de colores estridentes al estilo hawaiano, una cadena de oro tan gruesa como su cinturón y botas tejanas puntiagudas y de tacón alto. Invitó a los habitantes del pueblo no a una, sino a todas las cervezas que quisieran, y ellos agradecidos, lo rodearon, le comentaron sus inquietudes, le hablaron sobre lo desdichados que eran – ya el discurso de Morales había hecho estragos- y enumeraron todo aquello de lo que se estaban perdiendo.
El Meñique lo primero que les dijo fue que tenían que dejar de sembrar yuca, ñame y plátano. Que había cultivos mucho más rentables. Y así, en cuestión de semanas, los terrenos cambiaron su destino y se dedicaron a la siembra de matas de coca que el Meñique y sus secuaces compraban con montones de billetes que los habitantes de San Pascual jamás habían imaginado que pudieran existir en el mundo entero.
Pocos meses más tarde la indumentaria de los pascualeros había cambiado. Ya no llevaban descoloridos atuendos caqui y abarcas de tres puntadas, sino jeans, gafas oscuras y camisas de algodón estampado que usaban desabotonadas hasta la mitad del pecho. Las muchachas también se pintaron las caras de colores y aprendieron a usar sandalias con tacón y faldas coquetas por arriba de las rodillas. El Meñique se dio cuenta entonces de que algunas de ellas eran muy hermosas y les dijo que les podría ir muy bien en la ciudad. Varias de ellas se fueron sin pensarlo mucho y, en efecto, ganaron mucho más dinero del que habían soñado, pero el Meñique se quedaba con casi todo…
Pasaron las elecciones y todos los que tenían cédula votaron por Morales. Pero Morales no volvió a aparecer. Tampoco aparecieron ni la luz, ni la carretera ni el acueducto.
La copiosa afluencia de dinero llenó de euforia a los pascualeros. Adquirieron una planta eléctrica suficiente para todos y compraron televisores, equipos de sonido escandalosos y sustituyeron los viejos caballos y burros por brillantes motocicletas. En aquellos tiempos de entusiasmo estuvieron de acuerdo con el famoso boxeador en eso de que “era mejor ser rico que pobre”.
Pero el enriquecimiento súbito y fácil, como una enorme bomba de succión, comenzó a sacar a la superficie una carretada de basura indeseable hasta entonces desconocida por los moradores de San Pascual.
Con los televisores y los radios vino la información y se dieron cuenta de que, a pesar del mejoramiento evidente de sus condiciones, todavía les faltaba mucho. Supieron que existían muchos más aparatos de los que ellos habían adquirido y más sofisticados y elegantes. Y había joyas y ropas costosas que a ellos no les alcanzaba la plata para comprar. Y se enteraron de que se podía viajar y conocer lugares maravillosos y paradisíacos y supieron que era posible hacer cruceros de ensueño. Y sus relucientes motocicletas —que al principio los habían colmado de gozo y vanidad— ya les parecían unos armatostes despreciables comparados con los automóviles y camionetas 4×4 que veían en sus pantallas.
Y lo que hizo todo más grave fue que comenzaron a pelear entre sí por ver quién se quedaba con cada una de las cosas que adquirían o quién tenía mejor derecho que los otros.
Los demonios de la envidia y la codicia poseyeron sus mentes y sus corazones. La concordia y el amor se evaporaron junto con las noches de cumbias y bullerengues alrededor de la fogata y junto con las tertulias y las peloteras en la sala de don Alcides.
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Para colmo de males la noticia de la bonanza de los pascualeros se esparció por la región y otros personajes siniestros vieron en ello una oportunidad. A mediados de año unos muchachos vestidos con uniforme camuflado y botas pantaneras de caucho negro, les dijeron que tenían que pagar impuesto de gramaje (nadie sabía qué diablos era aquello) porque de lo contrario tendrían que tomar represalias. Como se negaron, un día apareció el cadáver de uno de ellos —el compadre Eligio— con un letrero en el cuello que decía: “Ejecutado por oponerse a la revolución”.
El pánico se apoderó del pueblo. Allá jamás había existido un arma. No sabían defenderse. Entonces El Meñique les ofreció su ayuda a cambio de una jugosa participación adicional en el producido de la venta de coca. Los moradores de San Pascual aceptaron y terminaron entonces en el centro del fuego cruzado entre revolucionarios y mafiosos. Ya don Fernando, el dueño de la finca Las Mercedes donde algunos habían trabajado tiempo atrás, había malvendido sus potreros, sus cultivos y sus vacas y se había marchado – dicen que al extranjero- víctima de la misma situación.
Todos decidieron hacer lo mismo.
Dejaron el pueblo y se fueron a las ciudades vecinas. Algunos consiguieron trabajo de albañiles, otros se convirtieron en vendedores ambulantes o tuvieron que vivir de la mendicidad, especialmente los menos jóvenes. Ellas —las que no habían sido reclutadas por el Meñique como escorts, -así las llamaban ahora- consiguieron empleo en el servicio doméstico o cocinando y atendiendo comensales en restaurantes y cantinas.
A pesar de todo, eso es verdad, hay que admitirlo, ganaban mucho más dinero que cuando se limitaban a cultivar la tierra. Pero ahora eran pobres porque se habían llenado de anhelos superfluos y de rabia.
El viejo Nepomuceno Simancas —que durante ese larguísimo periodo que siguió a la época en que abandonó su pueblo, había hecho de todo para ganarse la vida – desde trabajar en la construcción hasta ayudar a subir maletas en “chivas” intermunicipales y había terminado abriendo una pequeña tienda en un barrio pobre de la gran ciudad— volvió al presente.
Su nieta – una bella mulata de ojos grandotes y pelo rizado- lo miraba anhelante esperando que le dijera algo. Cualquier cosa… Durante aquellos breves, pero que parecieron eternos, instantes, Simancas había rememorado todos aquellos acontecimientos y de nuevo se agarró la cabeza con las manos. Ella, visiblemente angustiada se acercó de nuevo a él y le acarició el cogote. «Abuelo, no quería que te pusieras así, perdóname», le dijo con voz quebrada.
Nepomuceno pensó: «¿Qué quedó de San Pascual? Nada, ahora es un pueblo fantasma». La felicidad había sido suya hasta la aparición de Morales, que les llenó la cabeza de cucarachas. A propósito de Morales lo último que se supo de él fue que, por allá en 2004 o 2005 había sido extraditado a los Estados Unidos por mafioso y paramilitar. Al Meñique lo encontraron un día, un par de años más tarde de eso, lleno de plomo. De nada le había servido su camioneta blindada, ni sus guardaespaldas – las malas lenguas dicen que ellos mismos ayudaron a entregarlo a sus asesinos- ni sus cadenas de oro.
«Los políticos se cagan todo», dijo luego de aclarar su voz ronca como de dinosaurio con un marcado acento corroncho que no había perdido a pesar de llevar treinta años lejos de su pueblo. Dirigió de nuevo la atención al plato donde reposaban, ya fríos, algunos restos de arroz con coco y la calavera mordisqueada del pescado.
«Ningún representante a la Cámara, ni Senador, ni el mismo Presidente te va a arreglar tus problemas. Óyeme bien: ninguno. Gane el que gane tú vas a tener que seguir trabajando. Los únicos que ganan en ese juego son los políticos y algunos de sus amigos a quienes les dan puestos y contratos. A los demás nos da igual. Pero desgraciadamente hay que votar por alguno porque hay unos peores que otros. Los que más prometen son los más peligrosos…
Una sombra cubrió el rostro de Yulexi que guardó silencio. Sabía que ninguna palabra podría reparar el ánimo de su abuelo.
“Perdóname hijita… Tantos recuerdos me ponen sentimental… Tú ni siquiera habías nacido cuando todo eso ocurrió, pero ojalá algún día sepas como vivimos en San Pascual… ¡Ojalá todo el mundo lo supiera!