Hubo nostalgia en destruir lo que algún día solo existió en la cabeza de Gabriel García Márquez. La casa de los Buendía, a la par de la familia, llegó a su fin y quienes la levantaron también tuvieron que verla morir y ayudar a que muriera.
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Fueron cerca de dos años en que los arquitectos Carolina García Castro y Jorge Alberto Yepes, directores de proyectos de Desde Cero —empresa encargada de construir esa casa para la serie “Cien años de soledad”— vieron pasar por su creación un siglo entero. Ese hogar nació, creció, se llenó de gente y también de objetos y plantas que parecían multiplicarse. Se deterioró con sus habitantes y, al final, desapareció con ellos, como se mostrará este 26 de agosto en el último capítulo de la producción de Dynamo para Netflix.
Hacerla era un reto que exigía rastrear a fondo las raíces de este universo, pero la novela les dio las pistas a los arquitectos para lograr un lugar que se acercara a lo que el escritor y sus lectores imaginaron. “Esa primera investigación (que para los integrantes de Desde Cero empezó en 2021) parte de la historia real. García Márquez narra, en medio de un cuento y una historia ficticia, historias que están basadas en hechos reales, entonces se empieza por hacer una investigación profunda. Estoy hablando de por lo menos dos o tres años antes de empezar a construir cualquier cosa”, explica el arquitecto Yepes.
Le puede interesar: La espiral de decadencia de la segunda temporada de “Cien años de soledad”
Buscaron en Aracataca, en la zona bananera, en esos rincones donde el autor encontró el pulso de sus historias, pero también en aquellos que parecían alejarse de Macondo. El resultado fue una casa que, aunque pertenece a la costa Caribe colombiana, no responde a una única arquitectura. “Tiene el contenido de todas las casas que nuestras generaciones han conocido, porque todo viene básicamente de la misma raíz”, explica Yepes y enseguida añade que en ella confluyen la influencia de turcos, gitanos, raizales y campesinos que encontraron en la arquitectura de varias partes de Colombia.
La construcción se realizó en Alvarado, Tolima, donde también se levantó el pueblo de Macondo. La casa de los Buendía tenía que estar viva, cambiar a la par de sus habitantes. Así que para controlar esa metamorfosis a su propio ritmo, la estructura se hizo bajo el techo de un hangar de casi 3.000 metros cuadrados. Ahí se construyó la casa completa, y en la calle, donde estaba el pueblo, solo existía una réplica de respaldo con fachada, zaguán y un tramo de sala para las tomas abiertas. Cuando un personaje entraba a la casa, la cámara cortaba directo al set del hangar.
“Las condiciones climáticas de la zona eran muy difíciles, unas veces por el calor, otras por las lluvias y los vientos. Entonces, se trató de proteger muy bien esa área para contar desde allí, desde el principio, cómo fue creciendo ese personaje con toda la historia; ese desarrollo a lo largo de las siete generaciones y los 100 años de vida que tuvo, desde su versión más simple, de madera, hasta convertirse en una casa de dos pisos espectacular”, indica Yepes.
Le recomendamos: Los grabados de Goya sobre la guerra llegarán a Colombia: esta es su historia
La evolución de la casa y su destrucción exigieron una coordinación precisa entre los equipos. La arquitecta García cuenta que hubo una planficación detallada, encabezada por Óscar Tello, director de arte de la casa de los Buendía, y Bárbara Enríquez, diseñadora de producción. “Cuando empezamos a construir la casa, hubo cosas que tuvimos que hacer al revés. Por ejemplo, unos pisos que pusimos, que eran unas baldosas hidráulicas, que son superdecorativas en las zonas sociales y que iban en una etapa mucho más avanzada. Lo que hicimos fue instalarlas como capa base y, sobre ellas, hacer unas baldosas escenográficas de gres o de madera, para que en sus primeras fases se viera la casa como en sus inicios. Los tiempos eran muy ajustados, entonces era más fácil para nosotros levantar la capa y dejar al descubierto la que seguía. Esta casa tiene unos procesos técnicos que nadie se imagina. Son muy interesantes”, explica.
La apariencia pertenecía a otro siglo, pero la casa se construyó estructuralmente como una edificación actual y utilitaria. Debajo de cada columna de madera había una estructura metálica. “Se hicieron anclajes, se hizo cimentación, se hizo todo un tema técnico y constructivo”, dice García. Esto respondía, entre otras cosas, a las exigencias del rodaje y a la seguridad del equipo. En el segundo piso, el suelo debía soportar el peso de grúas y ‘dollys’, que podían pesar toneladas.
En la cubierta, las tejas que simulaban barro eran de fibra de vidrio. “Una teja de barro normal es muy pesada, se puede romper muy fácil. Aquí hubo, por ejemplo, las escenas de Mauricio Babilonia entrando por la cubierta y dañándola; o sea, todo eso fue muy bien pensado”, explica García.
Ese trabajo hace parte de lo que se conoce como “escenografía civil”. La arquitecta señala que el concepto hace referencia a una mezcla entre una construcción convencional y una escenografía, donde los materiales y las soluciones técnicas permiten que un espacio adopte la apariencia que se quiere.
Una historia de 100 años acelerada
Las inundaciones provocadas por las lluvias de Macondo, que parecían interminables, marcaron la decadencia de la casa, que llegó a su punto definitivo cuando murió Úrsula. “A la muerte de Úrsula, la casa volvió a caer en un abandono del cual no la podría rescatar ni siquiera una voluntad tan resuelta y vigorosa como la de Amaranta Úrsula”, se lee en la novela.
Traducir ese deterioro a la pantalla volvió a poner a prueba los tiempos. “Nos tocaba trabajar entre parones de rodaje: se detenían una semana, íbamos y empezábamos a hacer capas de impermeabilización para poder, por ejemplo, inundar la casa”, explica García.
Lea también: Consuelo Lago, 96 años y 58 dibujando a Nieves: la caricaturista que vio venir el terremoto
Era, otra vez, una muestra de la necesidad de coreografía entre equipos. El grupo de paisajismo debía desmontar toda la jardinería para permitir que los arquitectos instalaran una capa asfáltica. Después tenían que volver a sembrar todo y, semanas más tarde, regresar para ejecutar una nueva parte del proceso.
“En las condiciones normales de una producción, nosotros hacemos nuestra parte y nos vamos. Llegan los otros, decoran la cosa, llegan los otros y arreglan lo que hace falta, después hacen el rodaje y ya. Al final nosotros vamos y desmontamos. Pero en esta ocasión, se hizo un vínculo muy hermoso entre todas las artes y en todas las tareas y actividades que se desarrollaron”, afirma García.
Por eso, afirman los arquitectos de Desde Cero, es difícil que una experiencia como esta se repita. Hubo un arraigo a la casa, a Macondo; se convirtieron en familia, dicen. “Fue un proyecto que se quedó en el alma, será inolvidable”, asegura García. Quizá por eso, cuando llegó el momento de destruirla en la historia, la despedida tuvo un peso distinto.
“En esta ocasión tuvimos la oportunidad de tener esa historia de verdad, de vivirla presencialmente, una historia de 100 años que se aceleró”, cuenta Yepes. Durante meses construyeron el lugar donde los Buendía terminarían por desaparecer. Al final, les correspondió a los arquitectos ayudar a que la casa llegara a ese mismo destino.
Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖