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“No hay ninguna razón para estar triste. Deberías darte cuenta” (Opinión)

Una reflexión sobre la tristeza en la modernidad y las razones por las que sufrimos.

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David Sáenz
01 de agosto de 2026 - 09:10 p. m.
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Esta es una época de aparente tristeza. Es común ver rostros afligidos en las calles, los ascensores, los medios de transporte, los colegios, las universidades, los centros comerciales; en otras palabras, en todas partes. Podríamos llegar a la exageración de decir que vivimos en la epidemia de la tristeza. A veces, sin querer, escuchamos conversaciones cargadas de dolor y de espanto ante la vida, que nos hacen sentir que la vida es un valle de lágrimas.

Este es, aparentemente, un siglo propicio para recordar los versos de Porfirio Barba Jacob:

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

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Sin embargo, estas líneas, que hacen parte del poema Canción de la vida profunda, embellecen la tristeza. La tristeza no es estéril: es fecunda. En ella se contemplan el tiempo, la noche, la oscuridad, el alma, el dolor de la historia y el rostro impotente de Dios.

Cuando anteriormente se habló de una aparente tristeza, no fue adrede. Es importante preguntarse por qué la vida duele y por qué los días parecen tristes en esta época. Hay que indagar si sentimos la tristeza de la vida y del mundo: el cambio climático, las guerras, los genocidios, la tecnociencia al servicio de la muerte, los bosques destruidos, el agua contaminada con mercurio, la violencia contra las mujeres y los niños, el racismo, el clasismo...

Entre tantas trampas de esta época, hay una en la que estamos inmersos: muchos de nuestros dolores no se anclan en las palabras del poeta; es decir, nuestro sufrimiento no surge de algo que realmente deba doler, como la injusticia, la falta de compasión o la inhumanidad. Sufrimos porque lo queremos todo, lo deseamos todo; sufrimos porque el capricho nos aniquila y nos hace esclavos. Todo esto está asistido por una sociedad que nos quiere convertidos en ganado consumidor, tal como lo señala Byung-Chul Han.

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A veces sufrimos, por ejemplo, por no tener aquello que la sociedad de consumo desea que tengamos: el éxito, que se traduce en poder, dinero, dominación, popularidad y aceptación. No sufrimos por lo que debe ser sufrido, sino por deseos fabricados.

La tristeza, el dolor, lo lúgubre producen atención y contemplación frente a la vida. No obstante, hay que trabajar sobre sí mismo. Simone Weil en sus Cuadernos recuerda: “Cuanta más disciplina interior haya, menos disciplina exterior habrá”.

La disciplina sobre sí, el dominio de sí mismo, el examen interior, la reflexión y el diálogo interior nos permitirán vivir una vida en la que las tristezas sean verdaderas. A diferencia de las tristezas que son resultado de la no respuesta a un mensaje, no poseer el último teléfono, no tener tantos seguidores en las redes sociales, no gozar de la aparente juventud eterna de Shakira o vivir con el ardiente veneno de compararnos con los demás…

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Se hace necesario que nos preguntemos si realmente sufrimos por algo verdaderamente profundo que engendre belleza o si tendremos que escuchar, como le sucede al narrador de La parcela, de Alejandro Simón Partal, interpelado irónicamente por un migrante empobrecido, maltratado y habitante de un gueto: “No hay ninguna razón para estar triste. Deberías darte cuenta”.

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Por David Sáenz

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