El Magazín Cultural

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23 Nov 2022 - 10:30 p. m.

Verónica Alcocer, una diva diplomática

Históricamente designada a lo secundario y a encarnar la soberanía estatal a través de su indumentaria, la primera dama tiene un rol geralmente protocolario y ornamental.

Valeria Akl

Esposa de Gustavo Petro y sus hijos durante la posesión presidencial realizada en la Plaza de Bolívar.
Esposa de Gustavo Petro y sus hijos durante la posesión presidencial realizada en la Plaza de Bolívar.
Foto: Mauricio Alvarado

De hecho, antes de la Revolución Francesa eran los hombres quienes gozaban de ese derecho al vestir y a la belleza ya que el cultivo estético, funcionaba como un símbolo de legitimidad para el soberano. Al caer La Bastilla, los hombres renunciaron a ser bellos para ejercer la política de una manera democrática, y el vestir flamboyante como símbolo de poderío pasó a los hombros de sus esposas.

El concepto de primera dama surgió a finales del siglo XIX en la prensa estadounidense, en un esfuerzo por encontrar una fórmula que les permitiera referise a las mujeres de hombres poderosos como el presidente Rutherford B. Hayes. Este concepto fue poco a poco filtrandose en otras regiones como Latinoamérica, y en Colombia se registra que fue usado por primera vez el 8 de agosto de 1934, para designar a María Michelsen, esposa de Alfonso López Pumarejo.

Este cargo, tan en función de una figura patriarcal, tan inherente a los roles de género y a los rótulos de la familia tradicional, no sorprende que hubiese cobrado protagonismo en obras de asistencia y de caridad. Por otra parte, esta figura de esposa sirvió como significante de legitimidad ante mandatarios internacionales y políticos domésticos.

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Con los años, el rol de la primera dama ha adquirido complejidades, sin embargo prevalece la noción de que estas e inclusive las mujeres en cargos políticos, deben ser competentes en lo sartorial. Jackie Kennedy, por ejemplo, es históricamente recordada por usar su vestir como símbolo de poderío y figuras políticas como Angela Merkel o Julia Gillard, frecuentemente fueron criticadas por su vestir mientras ejercían cargos públicos.

Imelda Marcos, es otra figura que se ha destacado por su opulencia, dándole mayores matices al rol de primera dama. La viuda del dictador obtuvo un gran capital político, social y económico mientras fue primera dama y se convirtió en una matriarca ante el pueblo filipino. En el documental de la cineasta y antropóloga Lauren Greenfield, Imelda Marcos es registrada repartiendo dinero a los pobres y confiesa que es su deber al ser la ‘madre’ de la patria. Este poder matriarcal se materializa en la influencia de Imelda al posicionar a Duterte en el 2016 y ahora a su hijo Bongbong Marcos como presidentes de las islas.

Pero entonces la pregúnta que queda es, ¿por qué en una República democrática se le da relevancia a la esposa de un mandatario? Esto sería equivalente a que en una empresa, la esposa del jefe se le otorgase un cargo simplemente por ser su cónyugue. Y más aún en este clima cultural, donde la meritocracia es demandada y añorada, y los roles opresivos de género son percibidos con recelo, especialmente en las generaciones más jóvenes.

El rol de primera dama en este zeitgeist, resulta caducado e inadecuado, justamente por que las mujeres poco a poco han logrado entrar a la arena política con roles que se traducen en objetivos con agencia y no simplemente en actividades otorgadas al cuidado o a lo protocolario.

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La actual administración, que en muchos aspectos está en sintonía con las preocupaciones actuales, se nota confundida con este rol tan ornamental. La esposa del presidente tampoco ha sabido cómo desplegarse en este cargo, y ha caído en errores garrafales que ponen en cuestión su figura de ‘primera dama feminista’. Este fue el caso donde Alcocer publicó un video y fotos retratándose a sí misma como una salvadora blanca, o cuando en la campaña de su marido hizo comentarios misóginos sobre el aborto.

En un esfuerzo por elevar el rol, por decreto se designó a Verónica Alcocer como embajadora de misión especial pese a que la mujer no tenía experticia en diplomacia. En esa oportunidad acompañó al ministro de relaciones exteriores a un tour para asistir al funeral de la Reina de Inglaterra, al funeral del primer

ministro de Japón, Shintzo Abe y a participar en la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. A pesar de que este decreto estuvo vigente durante 15 días aproximadamente, los gastos incurridos fueron de COP $64 millones, cifra que generó malestar ante el público, considerando la precaria situación económica que se encuentra atravesando el país.

Este empeño por darle relevancia al rol de la primera dama en una República democrática, nos ha llevado a crear un misticismo al rededor de esta figura y convertirla en una especie de celebridad capaz de generar so -power tanto en el sistema internacional como en los asuntos internos. El vestir y la fabulosidad, tan arraigados al rol, juegan un papel importante en legitimar a la esposa del mandatario como una especie de embajadora de la moda, luciendo creaciones de destacados diseñadores y artesanos en eventos internacionales.

Esto, se viene llevando a cabo desde hace años y un ejemplo contundente fue Maria Clemencia Rodriguez de Santos, quien portaba solo moda colombiana en eventos estatales. Así mismo, cuando María Juliana Ruiz usó la acuñada ‘chaqueta de foamy’ en un encuentro oficial en la Casa Blanca, fue objeto de burlas y críticas que afirmaban que este fashion faux pas lastimaría la imagen de Colombia ante el hegemón internacional.

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Nuestra actual primera dama, ha manifestado su deseo de servir como embajadora de la moda colombiana para visualizar el talento que existe en el país. Pero además de hacer conocer las destrezas de los creativos colombianos, Alcocer con su vestir está también posicionando el poder y la gloria del país a nivel internacional; contribuyendo a la narrativa de marca país de Colombia como una nación moda.

En su virtud de celebridad y de embajadora de la moda colombiana, Alcocer se ha empeñado en producir imágenes para las redes sociales, potenciando su poder e influencia; su Instagram de hecho es un archivo visual donde se pueden apreciar sus elecciones sartoriales, de igual manera, la rimbombancia de sus imágenes denotan glamour y gloria. Inclusive en eventos de asistencia, como las visitas a las poblaciones afectadas por la ola invernal en el norte del país, la primera dama no decepcionó en su performance visual, donde se le vió abrazando árboles y luciendo un alegre overol rojo con unas botas hunter que fueron comentadas en la prensa nacional.

Todas estas circunstancias dan luces sobre cómo la actual primera dama busca posicionarse más allá de lo decorativo y convertirse en una especie de diva diplomática que aporta al poderío internacional del país y a la soberanía del gobierno de su marido. Ya en la política interna, Alcocer ha manifestado su influencia en la designación de cargos públicos a sus allegados en posiciones consulares y en entidades como el ICBF. Ahora solo queda ver cómo logra generar un valor agregado al poder blando del país en la arena internacional, pero para esto deberá hablarle a audiencias cada vez más consecuentes y rodearse de un equipo de comunicación con perspectivas sociológicas e internacionalistas que le ayuden a evitar pasos en falso como los que ya ha venido cometiendo.

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