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Verónica Cardona López: la magia que transformó el duelo en su propio jardín

La autora de No me pises las flores conversa sobre el duelo, la transformación de la familia tras una pérdida, la memoria y el proceso creativo que dio origen a un libro construido desde la escritura y la ilustración.

Camila Melo Parra

24 de julio de 2026 - 07:00 p. m.
"Yo creo que después de un duelo tiene que haber un renacimiento. Después de una muerte se tiene que ver la luz", dijo Cardona durante la entrevista sobre su más reciente libro "No me pises las flores".
Foto: Archivo partícular
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si adonde vayas habrá una flor

esperándote siempre?“.

—Daniel Montoya

“No me pises las flores”, una de las frases que más repetía la madre de la autora, se convirtió en un legado para transformar la herida de la pérdida en una propuesta estética teñida de azul y memoria. En esta entrevista, Verónica Cardona López habla de las familias que cambian tras la pérdida, del valor de los pequeños rituales y de cómo, a través de ellos, hizo florecer su propio jardín.

Llegan los primeros rayos de luz de la mañana. Poco a poco iluminan los pétalos de las flores y atraviesan la tierra para alumbrar esa semilla que aún no germina. La tierra sigue húmeda, salpicada de rocío y de preguntas porque mamá ya no está.

Ella se ha ido; sin embargo, en cada tallo, en cada flor que se abre, permanece su esencia. En la memoria todo es fértil: el cuidado, el amor, las palabras, los pequeños rituales. Incluso están la maleza y las hojas marchitas, a veces pálidas, que enlutan el jardín y se posan con liviandad y delicadeza sobre la siembra. Encierran la promesa de que transmutarán en nuevas formas de habitar la vida.

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“No me pises las flores” era una de las frases que repetía la madre de Verónica cuando no quería ser interrumpida en sus quehaceres. Una frase a la que recurrió la artista como trinchera, como homenaje y como una raíz invisible para sostenerse ante su ausencia.

Luego de más de cuatro años, la escritora e ilustradora reunió en esta historia fragmentos regados como abono, que ahora le dan un matiz distinto a la cicatriz de su duelo y le permiten observar, en la pausa del instante, cómo los recuerdos y los rituales conviven de una manera tan única como la rareza de cada capullo.

Conversamos con la autora sobre su nuevo libro No me pises las flores, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Una obra en la que aborda la muerte de su madre, los cambios que deja la pérdida y en la que, a través de un relato permeado de melancolía, tonos azules y esperanza, insinúa que no estamos solos en el dolor.

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Hablemos del duelo. En su libro hay una relación entre la raíz y la memoria. Empecemos por ahí: ¿cómo manifestó el duelo y el dolor a través de estas dos ideas?

Bueno, yo creo que hago esta relación o esta metáfora porque necesitaba algo que para mí fuera gustoso ilustrar, ¿cierto?, que me pareciera chévere. Y, por otro lado, encontré obviamente en el jardín esa imagen porque uno, como cuida el jardín, pues cuida las relaciones personales. Y ese era un lugar que yo compartía mucho con mi mamá. Era el lugar donde más nos encontrábamos; digamos que ese y la cocina. Pero a mí me gustaban mucho más las plantas y, por eso, desde ese ritual empecé a jalar la historia.

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Empecé a hacer esa relación con las raíces y con todo lo que uno hace por cuidar esas relaciones personales, y cuándo es necesario soltarlas porque, en algún momento, sobre todo después de un duelo, cambian mucho. La familia cambia mucho; es como una mesa que queda coja y, por más sostenes que uno le ponga, sigue bailando. Cada miembro de la familia vive su duelo, casi siempre muy encapsulado, y digamos que eso me llevó a sentir mucho dolor por la pérdida, no solo de mi mamá, sino de la familia.

¿Cómo convertir este tránsito en belleza? ¿Cómo fue ese trabajo y esa decisión de contarlo de esta manera?

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El libro lo empecé a escribir hace como cuatro o cinco años. Empecé a juntar mucho lo que me venía en emociones y lo que me desbordaba; lo tenía en papelitos, en notas del celular y, en algún momento, empecé a ver que eso podía ser un libro y que tenía la posibilidad de convertirse en algo más robusto.

De ahí empecé a juntar y a darme cuenta de que se podía depurar: qué podía ir, qué le servía al libro y qué no. Entonces esa es como la primera parte: empezar a darme cuenta de que escribía siempre sobre lo mismo. Y, a raíz de ahí, decir: «Aquí creo que tengo algo» y de ahí puedo jalar. En algún punto, cuando ya tuve el texto, empecé con la ilustración. Digamos que ese fue el proceso, una parte inicial.

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Ahondemos en el proceso editorial, el juego con las técnicas, las texturas... ¿Cómo lograr que todo este material etéreo que somos se convierta en una apuesta estética?

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Bueno, pues yo creo que nació mucho de empezar a buscar plantas que estuvieran en descomposición. Porque el primer jardín que yo empecé a hacer era como el jardín que veía en mi casa, y el jardín que veía en mi casa era supercolorido, muy bonito, con helechos... Tengo ese trébol que aparece a lo largo de todo el libro, que de hecho para mí es la planta que más significado tiene en mi casa. Es realmente un trébol morado, pero yo lo hago de color amarillo porque quería que esa alegría o esa esperanza de poder trascender ese dolor estuviera a lo largo de todo el libro. A pesar de que hablaba de algo muy oscuro y de que toda la imagen sigue siendo en tonos que tienden al negro, yo quería que hubiera algo de esa esperanza y por eso elegí que ese trébol estuviera así, en amarillo.

¿Y técnicamente cómo hacía eso?

A mí me gusta mucho la técnica del sello. Era como entintar la planta y estamparla. Obviamente, en digital ya hago color y composición, pero siempre era tratando de transferir eso que yo estaba viendo. Entonces, a veces era así; otras veces era con óleo y miraba cómo pasar la textura de un acetato a otro. Fue mucho de experimentación hasta que logré decir: «Esto sí parece roído, parece como si ya se estuviera descomponiendo, desgastado». Cuando lograba eso, entonces decía: «Bueno, creo que esto me sirve para esta planta». Y luego empezaba a modificar y a hacer muchas...

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También logra transformar el dolor en algo poético y dotarlo de belleza. ¿Cómo es ese balance para usted? ¿Plantea un guion o es algo que se va dando de manera orgánica?

Sí, yo sí creo que se va dando de manera más orgánica. Igual, el dolor siempre a uno lo va a transformar. Y digamos que en el arte eso es lo que logran hacer los artistas, ¿cierto?, darle un canal a una emoción que a veces es dolorosa, otras veces viene de un lugar más positivo, pero casi siempre consiste en transformar y lograr ponerlo en algo un poco más tangible, ¿cierto?, o que genere eso que estabas pensando.

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¿Cómo reivindicar la memoria y crear un espacio donde permanezca ese ser que ya no está y que tenga su jardín, a pesar de que todo esté roído?

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Yo digo que siempre están presentes. No importa si en cuerpo no están; para mí la memoria de mi mamá está siempre acompañándome. O sea, desde que yo la piense, para mí ella sigue existiendo. Luego, conectando con otras personas y hablando, me di cuenta de que todos tenemos eso en común: hablamos con ese ser o lo mantenemos acá, ya sea por medio de pensamientos o al tener cercanía con una cosa que nos dejó o que llevamos con nosotros siempre; en mi caso eran unas aretas.

¿Cómo logró, en ese reto que me cuenta, evitar que otros pisaran las flores de ustedes como familia —los tres que estaban quedándose—? ¿Y cómo siente que este libro físico, que ya puede ver, es una forma de que no le pisen las flores a usted también?

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El título nace porque era una cosa que mi mamá repetía cuando uno la molestaba mucho. Entonces, cuando yo la empezaba a fastidiar, ella se ponía las manos en los oídos y empezaba a cantar. Luego, mucho tiempo después, me di cuenta de que era una canción, que existía y que no era que ella se lo hubiera inventado. Entonces era su manera de decir: “No me molestes”. Cuando ella murió, la familia por parte de mi mamá, pues muy hermosos, obviamente se acercaban a preguntarme cómo estaba mi papá, cómo estaba mi hermano, y yo decía: “¡Ay, no me toquen ese vals, por favor!“.

Porque me mata...

Sí, esa era la parte más difícil porque era intentar dar razones de cómo ellos estaban, de por qué no estaban ahí, de por qué no aparecían en las reuniones familiares, sino que era yo dando la cara. Entonces, bueno, ese tipo de cosas eran nuevamente hacer el papel de ella, porque mi mamá siempre fue mediadora y yo volvía a hacer lo mismo. El título surgió como en la mitad del libro, recordando eso que ella hacía, y dije: “Bueno, creo que esto queda bastante bien, además porque el tema siempre fue el jardín, nuestro jardín”.

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Hablemos sobre la Verónica que inició el libro y la que hoy lo concluye con la frase: “Me iré a otro lugar; en suelo nuevo crearé mi propio jardín. Soy la tierra que necesita florecer”.

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Yo creo que entendí que lo que necesitaba era ponerme en mi lugar, que era el lugar de hermana o el lugar de hija. Yo escribí eso como: “Me iré a otro lugar, haré mi vida”, pero sin tener que ser la mamá; ocuparé mi lugar. Yo creo que eso no lo logré entender ni siquiera cuando lo escribí. O sea, cada vez que vuelvo y leo el final... cada vez lo entiendo más.

Yo creo que después de un duelo tiene que haber un renacimiento. Después de una muerte se tiene que ver la luz. Yo soy de las que dice: “Sí es posible”. Y cuando veía que otras personas habían pasado por ese túnel, yo decía: “Si ellos lo logran...”. Pero eso toma un tiempo y, en ese tiempo, si uno no sabe pedir ayuda y si uno no sabe hablar, puede que se le vaya en muchos años. Y esa es la parte más difícil.

Por Camila Melo Parra

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