30 May 2020 - 12:08 a. m.

“Yo Confieso”: Morir con un sacerdote-Capítulo 10

Cuando el padre Andrés Santacruz va a llevar a Lucrecia Sandoval al lugar donde están las plumas que ella necesita, tres hombres la secuestran, y el padre huye de un destino que más tarde o más temprano lo llevará a la condena. Presentamos el décimo capítulo de la audionovela “Yo Confieso”, emitida cada ocho días desde estas mismas páginas, que estará abierto a todo el público desde este domingo, 31 de mayo, a las diez de la mañana.

Capítulos anteriores

1. Yo confieso: Hágase tu voluntad-Capítulo Uno

2. Yo confieso: Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias-Capítulo Dos

3. "Yo Confieso": Los tiempos del demonio-Capítulo Tres

4. "Yo Confieso": Que el señor lo tenga en su gloria-Capítulo Cuatro

5. "Yo Confieso": El que anda en chismes descubre el secreto: proverbios 11:13-Capítulo Cinco

6. "Yo Confieso": Enemigos somos todos-Capítulo Seis

7. "Yo Confieso": Tráfico de pecados-Capítulo Siete

8. "Yo Confieso": Que la patria y Dios se lo agradezcan-Capítulo Ocho

9. "Yo Confieso": No matarás-Capítulo Nueve

Capítulo 10

Morir con un sacerdote

Salimos. Ya en la calle, haciéndome el idiota, intenté retener la mayor cantidad de imágenes del edificio donde habíamos estado, y del barrio, que debía ser por los alrededores del estadio El Campín.

P.A. “Agarremos un taxi hasta la séptima con 19, a menos de que prefiera caminar”, le propuse a la señora Sandoval. Ella me contestó que camináramos.

L.S. “Caminemos. Si nos cansamos, ahí sí paramos un taxi. Le advierto, padre, que hay mucha gente vigilándonos, por si acaso”, me dejó muy en claro.

P.A. “Me imagino”, le respondí.

Pese a lo que había dicho la señora Sandoval, me sentía protegido entre la gente que iba y volvía, aunque en realidad no albergaba muchas ilusiones. Los colombianos nos íbamos acostumbrando cada día más a ser insolidarios. Por miedo, por conveniencia, por viveza, por lo que fuera, pero no nos importaba el otro, a menos de que el otro tuviera algo para darnos. Pensando en nuestra idiosincracia, le pregunté a mi acompañante, que era acompañante y victimaria, posible torturadora y probablemente asesina, si ella creía en la solidaridad.

L.S. “Pues qué le digo -me dijo-, en un tiempo creí, como todos, imagino, sin embargo, con el tiempo ya no pensé en eso más, hay asuntos más importantes”.

P.A. “¿Más importantes que la solidaridad, que el otro?, le pregunté”

L.S. Hombre, sí, padre, digamos que tienen que ver con el otro, pero de una manera mucho más grande”, dijo.

P.A. “Sus asuntos y los de us-te-des”, le reviré.

L.S. “No-so-tros… Usted sabe quiénes somos nosotros, padre, deje de seguir haciéndose el tonto”, me contestó.

P.A. “Volvemos a lo mismo”, dije yo entre murmullos.

L.S. ¿Y si no sabe, cosa que dudo, para qué quiere saber quiénes somos no-so-tros?, contrapreguntó

P.A. “Para empezar, por saber a quiénes me enfrento, es muy difícil esto de ser enemigo de un fantasma, o de varios fantasmas”.

L.S. “Hasta gracioso me parece usted a veces, padre Andrés… Me lo pareció desde que nos vimos la primera vez”.

P.A. “Y ahora que lo dice, supongo que ese encuentro no fue casualidad. De alguna forma, estaba presupuestado, ¿cierto?

L.S. “Ahora que lo pregunta, jaja… Sí, estaba presupuestado, pero fue difícil, bueno, por un lado fue difícil, por el otro, usted lo simplificó todo”.

P.A. “¿Y por qué lo simplifiqué?”, le pregunté, realmente intrigado.

L.S. “Porque se hizo el enfermo y nos ahorró tener que enfermarlo. El objetivo era que llegara a la clínica”.

P.A. “¿Para qué? ¿Para que usted me contara toda su sarta de mentiras?”

L.S. “Teníamos que acercarlo”.

P.A. “A quiénes”

L.S. “A mí. En principio, a mí”, me dijo con absoluta claridad.

P.A. “Para engatusarme”, le dije yo.

Cuando llegamos a la Séptima, le pregunté si podíamos tomarnos una gasesosa por ahí en cualquier tienda. Sonrió, no supe si por mi petición, o por haberle dicho que lo que había pretendido era engatusarme. Relajada, incluso alegre, me dijo que no había problema, que podíamos tomarnos algo, que ella invitaba.

L.S. “Para seguirlo engatusando”, dijo en voz bastante baja, como para sí pero para mí.

P.A. “Es que no entiendo, de verdad que no entiendo para qué querían acercarme a mí a ustedes, sean los que sean, o a usted, yo soy un simple cura y nada más, y eso”.

L.S. “Por eso usted era el perfecto, y es y sigue siendo el perfecto”.

P.A. “¿Por simple?”, le pregunté

L.S. “Pongámoslo en otros términos”

P.A. “¿Cuáles, por ejemplo?”

L.S. “Ingenuo, inocente, una buena persona, un creyente, un tipo solidario, como a usted le gusta… Eso, todo eso”.

Antes de seguir con nuestro diálogo, nos topamos con la misma tienda donde unos días antes había celebrado mi genialidad de buscar y de encontrar la dirección de la señora Sandoval, la tienda de la cerveza, y le dije que entráramos ahí, que ese lugar me traía buenos recuerdos. Nos atendió la misma mesera de antes, igual de sonriente y de amable.

M. “Señor padre, cuánto gusto, ¿cómo ha estado? Espero que tan bien como la última vez que lo vi”.

P.A. “Todo cambia, pero bien, todo bien, muchas gracias. Sólo pasamos por unas gaseosas”.

Mientras la mesera nos iba diciendo qué gaseosas tenía para ofrecernos, la señora Sandoval salió a la puerta de la tienda y les hizo algunas señas a dos tipos que estaban del otro lado de la calle. Luego entró y me dijo al oído que ya regresaba, que no se me ocurriera ninguna gracia. Preguntó si había un baño decente. Sonrió cuando la mesera le dijo que sí, que tan decente como ella, y retornó a los cinco minutos. Yo pensé en escaparme, por supuesto. Pero sabía que a la vuelta de la esquina me iban a atrapar y mil cosas más. No tenía más alternativa que seguir con aquel juego misterioso, y mientras seguía, tratar de saber algo más. Nos sentamos frente a frente. La verdad era que de la señora Sandoval surgía un magnetismo. Me turbaba. Cuando la observaba, como en aquel momento, perdía la razón. Me costaba enhebrar las palabras. Se me olvidaban, y en medio de mis olvidos, ella aprovechaba para cambiar de tema y escabullirse. Aunque parezca absurdo, cuando me clavaba sus ojos y me sonreía, dudaba de si lo que quería era desentrañar todo aquel drama que ya tenía tintes de tragedia, o seguir perdiéndome en su mirada. Llevado por el instinto, y emocionado por una canción de Raphael que salía de una lejana radio, pedí una cerveza y comencé a tararear por debajo de la voz de la radio…

P.A. “Yo soy aquel que cada noche, te persigue, yo soy aquel, que por quererte, ya no vive, el que te espera, el que te sueña, aquel que reza cada noche por tu amor…”

De inmediato, como si la canción de Raphael fuera una especie de código, tres tipos de camisa y sin corbata entraron a la tienda, tomaron a la señora Sandoval de los brazos, gritaron que todos quietos, que todos calladitos, le dijeron que no se resistiera, que sus amigos de afuera no estaban y no iban a estar, y se la llevaron, al principio, a la fuerza, luego, a paso normal. Seguro la amenazaron, pero yo no quise seguir viendo. Dejé algo de plata en la mesa, me acabé la gaseosa de un solo trago y salí hacia el lado contrario del que ellos habían tomado. Caminé y corrí y caminé y corrí hasta que llegué a la Universidad Javeriana y me senté en un banquillo frente a la biblioteca, protegido por los estudiantes, y en el camino supuse que los tipos que se habían llevado a Lucrecia Sandoval eran tipos del Gobierno, de esos con los que trabajaba, o se hacía la que trabajaba, o estaba obligada a trabajar, o los que la chantajeaban, los de la carta que me había dejado por debajo de la puerta del cuarto de mi hotel.

Le pedí un cigarrillo a un estudiante, que me lo lanzó encendido con una sonrisa y continuó su camino, y ahí, a salvo entre la multitud, haciendo un mapa mental de todo lo que había ocurrido en los últimos días, me convencí de que la señora Sandoval era socia en algo y de algo del padre Benito y del párroco de la iglesia de San Francisco, y de que las plumas que buscaban entrañaban un secreto que olía a plata, a muchísima plata, que debía ser para financiar alguna empresa gigantesca, empresa política, o parapolítica, o lo que fuera, pero algo grande, porque no me iban a necesitar para robar una simples plumas y ya. La señora Sandoval había sido clara: me habían buscado y encontrado por mi ingenuidad, por mi no saber nada, y uno no busca a alguien inocente, solidario y buena persona, creyente, como dijo, para robar unas simples plumas o para atracar un banco, no, un millón de veces no, uno busca a un idiota como yo porque todo el mundo confía en los idiotas como yo, les abre las puertas, les cuenta sus secretos.

Seguramente me querían para que fuera un señuelo de algo y para alguien. Otro asunto por resolver, y para eso, debía ir al seminario de nuevo, o visitar al padre Anastasio en su parroquia de San Francisco. Tenía que arriesgarme una vez más. En últimas, ya no tenía mucho más que perder. Apenas me acabé el cigarrillo, pasó de nuevo el muchacho que me lo había regalado. Me saludó y se sentó a mi lado.

M.C. “Usted no parece estudiante, a menos de que…”

P.A. “No, no lo soy, en realidad, nada, no soy nada”.

M.C. “Vaya, como que está en un mal momento”.

P.A. “Ni se imagina”.

M.C. “Todo tiene solución hombre, bueno, casi todo, ¿quiere otro cigarrillo?”

P.A. “Gracias”.

M.C. “A cambio de que me diga lo que le pasa, tal vez yo tenga la solución a sus líos”.

P.A. “Es un lío bravo, ni yo lo entiendo bien, pero perdón, mucho gusto, mi nombre es Andrés Santacruz, padre Andrés Eugenio Santacruz, para ser bien exactos. ”

M.C. “Ah, pero mire usted… Yo soy Fernando”.

Luego de darme la mano, el muchacho se puso a tararear el Ave María de Haendel, moviendo los brazos y dirigiendo su propia orquesta imaginaria. Al final, con la misma pose, cantó parte de los coros en alemán.

M.C. “La música de iglesia es hermosa, yo hacía parte de un coro en los primeros semestres, pero ni sé por qué me salí, era lindo, cantar y hacer música debe ser de lo más hermoso del mundo”.

P.A. “Sí, sin duda, ojalá todos fuéramos músicos, como decía un amigo, los músicos hablan de música y hacen música, no tienen tiempo para estar robando o matando”.

M.C. “Qué bien su amigo, digo, lo que dice, pero bueno, ustedes hablan de cosas así, digo, de Dios y de milagros, y eso es como bonito también, o sea, no van robando y matando”.

P.A. “Ay, hombre, Fernando, me gusta que tenga esa idea”.

M.C. “¿O no es así?”

P.A. “En general, supongo que sí, que es así, pero hay excepciones, hay gente de todo y para todo en este mundo”.

M.C. “Eso es cierto también, muy cierto. Pues bien, mire, tengo clase, acá le dejo mi teléfono por si acaso”.

P.A. “Mil gracias, vaya con Dios, ha sido usted muy amable”.

Fernando se marchó con su música a otra parte, como decían por ahí. Parecía un buen tipo. Sin embargo, yo cada día estaba más paranoico. Apenas lo vi irse, empecé a pensar que era un infiltrado, uno de aquellos tipos del grupo de la señora Sandoval, o de otro grupo, porque al parecer eran varios. El de ella, el de los que la chantajeaban, el de los del Gobierno, el de Tomás, el muchacho de La candelaria y la señora Esmeraldas, el de los que habían asesinado a Pinzón, el compañero de oficina de Lucrecia Sandoval. Y probablemente había más. Lo cierto, pensaba al ver a Fernando subir unas escalinatas que iban hacia el edificio de Paulo VI y perderse después, era que yo no hacía parte de ningún grupo. Estaba en la mitad de un conflicto de proporciones mayúsculas, solo, absolutamente solo, a merced de un montón de gente sin nombre. Indeciso, vencido, me recosté, cerré los ojos, resoplé varias veces y me levanté para ir al Seminario. Aunque don Roberto hiciera parte de alguno de aquellos enredos, tenía la boca suelta y muy en claro que daba información a cambio de algo. Mi algo eran las plumas, muy a pesar de que no las tenía. Ni siquiera una. Pero ellos, todos ellos creían que sí. Caminé unas cuadras, y por la 60, le pedí a un camionero que si me podía llevar hasta el seminario. Le eché el cuento de que era cura, y bla bla bla bla bla, y ese cuento era infalible. El señor me hizo una reverencia y me dijo que por supuesto, que él me llevaba adonde necesitara. Le repetí que al seminario y le dije que mil gracias, que cada vez era más difícil conseguir que alguien le hiciera a uno un favor. El tipo me contó que se llamaba Eugenio y que hacía trasteos.

S.Ca. “Ayyyyy, padrecito, cada día es más difícil, ponen y ponen trabas para todo, y las ponen para que los grandes se queden con el negocio, ¿sí sabe cómo es?”

Yo no sabía cómo era, pero lo intuía. Y si aquel camionero decía lo que decía, algo de razón debía tener. En medio de sus quejas, llegamos. Como última gentileza, Eugenio me dijo que él esperaba a que me abrieran, que no me hiciera problemas. Traté de convencerlo para que se fuera, y en esas estaba cuando vi que don Roberto salía de su caseta a toda prisa, con el saco en la mano y la camisa abierta.

P.A. “Algo pasa, Eugenio, espere, espere, espere un momentico. Sí, es mejor que me espere un poco”.

Me bajé de un salto y corrí a la reja. Don Roberto me vio y me preguntó si el camión era mío.

P.A. “No, don Roberto, ¿pero por qué, qué pasa?”

D.R. “Me cae del cielo, padre Andrés, en serio, venga y vamos y en el camino le cuento”.

Desesperado, se metió al camión y me haló para que yo entrara.

D.R. “Vamos por la Cien, para abajo, a la Floresta, vamos, por favor, que es de vida o muerte”.

Eugenio arrancó y el camión dio un brinco. Don Roberto le agradeció, le dijo que después cuadraban, que no era gratis, pero que era urgente, de vida o muerte, y se volteó y me dio las gracias a mí también, mientras se secaba el sudor de la cara con la camisa y buscaba entre los bolsillos de su saco un papelito.

D.R. “Calle 102 con 69, calle 102 con 69, por el Whooper, el edificio ese redondo, ¿sí sabe por dónde es?”

S. Ca. “Sí, hermano, ahí vamos, tranquilo”.

Don Roberto miraba hacia atrás y hacia los lados y de nuevo hacia atrás. Apenas agarramos la Cien, nos dijo que iban a llevarse a su hija de 20 años.

P.A. “¿Pero cómo lo sabe?”

D.R. “Un informante, con eso basta”.

P.A. “¿De confianza?”

D.R. “No lo sé, pero no voy a dudar, dudar puede significar que se lleven a Rocío, y quién sabe qué más… Preferible equivocarse que dudar. ¿Pero este trasto, este pedazo de carcacha no puede ir más rápido?, y perdonen ustedes, de verdad, pero maldita sea, y ahora el semáforo… No, no, dele, pásese, si lo paran, siga, no se detenga por nada, todos son ellos, en serio”.

Nos pasamos uno, y dos y tres semáforos en rojo. Eugenio chancleteaba como podía. El camión se bamboleaba. Nosotros también. Todos los carros que pasaban por el lado, o por las calles adyacentes, eran ellos, todos eran ellos, los enemigos. Más enemigos. Ellos, ellos, ellos, ellos, los enemigos de don Roberto, los míos, los de la señora Sandoval, los del padre Benito, los de Cristo y sus apóstoles, los de todos los santos. Ellos, ellos, ellos….

P.A. “¿Y no le dijeron quiénes se iban a llevar a Rocío”?

D.R. “Los de siempre, padre, que puede ser cualquiera, aunque generalmente van en carros negros, grandes”.

Llegamos a la Avenida Suba. Otra vez la luz en rojo. Vimos un carro negro y grande bajar desde la Suba en sentido Norte-Sur.

D.R. “Ese es, puta madre, ese es, dele, hermano, dele que si morimos, vamos con un cura”.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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