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En 2021, mientras las calles de Colombia se llenaban de movilizaciones por el estallido social, algunos colectivos de disidencias sexuales y de género sintieron que también necesitaban un espacio propio dentro de esas protestas. Fue así como se organizaron y dieron forma a lo que pronto se conocería como la Contramarcha de Bogotá, un movimiento integrado por personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas que buscan llevar una mirada crítica a las movilizaciones del mes del Orgullo LGBTIQ+.
Vale recordar que cada junio, en distintas partes del mundo, se realizan las marchas del Orgullo. Aunque con los años se han convertido en espacios de celebración, nacieron de la protesta y todavía conservan ese pulso. Pues allí se recuerda lo que costó conquistar derechos, se visibilizan las vidas de las personas LGBTIQ+ y se ponen sobre la mesa las violencias y desigualdades que aún persisten.
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Pero la Contramarcha, aunque también recoge la memoria de estas luchas, pone en el centro preocupaciones más inmediatas, como la violencia, el hambre y las condiciones en las que viven muchas de estas personas. Su propuesta, en palabras resumidas, implica encontrarse, en algún punto del recorrido, con la marcha principal para confrontar el rumbo que ha tomado. “En un inicio las disidencias nos fuimos de frente, en la dirección contraria al Pride; planeamos desde la performance un plan de choque para el punto de encuentro, queríamos poner en el espacio público la denuncia a la mercantilización y a la represión”, cuentan las personas organizadoras en entrevista con El Espectador.
Y todo surgió en medio de un contexto agitado. Hace seis años, cuando empezó a tomar forma el proceso que hoy llega a su sexta edición, las personas sexodiversas enfrentaban los efectos de la pandemia por COVID-19, un escenario político convulso que desembocó en el estallido social, la persecución estatal y, con todo lo anterior, una precarización que terminó golpeando sus condiciones de vida.
“Nosotras no marchamos contra las personas, pero sí desarrollamos una crítica en primera medida a eso que llaman ‘LGBTIQ+’, porque ha sido utilizado e instrumentalizado para hacer de experiencias de vida alejadas de lo cisheterosexual un negocio, todas esas siglas al igual que hace más de 50 años, han sido apropiadas por unas élites sobre todo de hombres gays acomodados, para sus propios intereses, dejando de lado la realidad y reivindicaciones de personas racializadas, trans, no binarias, entre muchas otras”, afirman.
De hecho, la Contramarcha se levanta contra varias cosas y se asume como un espacio crítico dentro del propio movimiento. Una de sus principales discusiones gira alrededor de lo que llaman “capitalismo rosa”, una forma en la que el mercado convierte las identidades y experiencias LGBTIQ+ en un nicho de consumo, mientras deja de lado las desigualdades y violencias que atraviesan buena parte de estas poblaciones.
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También cuestionan a un país que, pese a los avances en el reconocimiento de derechos y en las sanciones frente a la violencia por prejuicio, todavía no logra traducir esas decisiones en garantías reales para proteger a estas poblaciones. Por el contrario, aseguran que la respuesta a sus demandas suele terminar en persecución y criminalización. Y por último, este movimiento se opone a cualquier modelo que deje a las personas sexodiversas sin acceso a comida, vivienda, educación o salud, que trate a los animales y a la naturaleza como recursos para explotar; y que empuje a las disidencias sexuales y de género a vivir en los márgenes de la sociedad.
“La manifestación social es una celebración de la vida, de la existencia y de juntarse, nuestro proceso también usa la celebración como una estrategia política de cambio y de acción, pero vemos importante que esa celebración no nos nuble de las realidades que vivimos y nos permita seguir denunciando la opresión”, aseguran.
¿Cuáles son las motivaciones que mueven la Contramarcha este 2026?
Para el colectivo, una de las principales razones para marchar está en la violencia que todavía enfrentan las disidencias sexuales y de género. Aseguran que Colombia es actualmente uno de los países más letales de la región para estas poblaciones y que, desde 2020, los asesinatos, las amenazas, el desplazamiento forzado y la violencia policial han golpeado especialmente a las personas con experiencia de vida trans.
Algo en lo que coincide el más reciente informe de Caribe Afirmativo, que registró 270 homicidios y feminicidios durante 2025. Esto significa que, en promedio, una persona LGBTIQ+ fue asesinada cada 32 horas. La violencia por prejuicio recae con mayor fuerza sobre quienes tienen identidades o expresiones de género visibles, pues aquello que las hace más reconocibles también puede dejarlas más expuestas a agresiones.
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El colectivo relaciona esta violencia directamente con el conflicto armado. Aunque sus efectos son más visibles en distintas regiones del país, asegura que también suceden en Bogotá, especialmente sus zonas periféricas como la localidad de Santa Fe. “El barrio es reconocido por ser un lugar de trabajo y vivienda de población migrante, así como de trabajo sexual y vivienda de personas trans”. Según denuncian, estos territorios suelen estar bajo el control de grupos al margen de la ley, lo que se traduce en intimidaciones y distintas formas de violencia.
A esto se suman proyectos políticos que, bajo la promesa de reforzar la seguridad, terminan criminalizando a jóvenes, artistas urbanos, vendedores ambulantes, personas en situación de calle y disidencias sexuales. Desde su mirada, más que una política de protección, se trata de una demostración de fuerza sobre comunidades que ya viven en condiciones de pobreza y exclusión.
“Ante esto, este año le apostamos a la memoria y la rebeldía como estrategia”. Por eso, la movilización partirá este 28 de junio a las 10:00 a. m. del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. “Nuestra consigna hoy es: Rebelarse es urgente. Rebelarse como apuesta de un mundo nuevo, más travesti, más marica, más empático, más antifascista. Rebelarse organizadas para que ninguna pase hambre, rebelarse para hacer del cuidado una forma de vida, rebelarse para que no haya una más en la cárcel”, dicen.
Con el panorama político actual, aseguran que estas marchas cobran todavía más sentido. “Hoy más que nunca esa primera acción es un reflejo de nuestra crítica, vemos amenazados nuestros derechos y nuestras vidas, nada está dado por sentado y nunca debemos dejar de luchar”, subrayan.
¿Qué encontrarán quienes participen en la Contramarcha?
Según las personas organizadoras, la Contramarcha tiene varias formas de llevar ese malestar a la calle. Una de ellas pasa por hacer visibles los cuerpos y sus expresiones, por “encarnar, cuerpas travestis, maricas y disidentes que desobedecen la forma correcta de marchar, de hablar y de habitar la calle”. Esa presencia se mezcla con el teatro callejero, los micrófonos abiertos, las capuchas, las intervenciones y las arengas que se construyen entre quienes participan. “Se trata de prácticas que emergen desde los márgenes, desde cuerpas históricamente marginadas, que toman el espacio con autonomía y sin permiso, para existir con ruido, para interrumpir la normalidad y sabotear la idea de una protesta dócil”, comentan.
Otra de sus apuestas consiste en apropiarse visualmente de los lugares por los que pasa la movilización. Para eso recurren al empapelado, la elaboración de pancartas y pendones, los esténciles y los murales. “La gráfica fija consignas, deja rastros, ensucia la ciudad con mensajes que no pasan por el filtro institucional”. En sus encuentros habituales también suele haber plantones, ferias y ollas populares.
La rabia que comenzó a replicarse en otras movilizaciones
Aunque no se consideran pioneras, sí reconocen que estuvieron entre los primeros movimientos en asumir una postura crítica frente a la marcha del Orgullo que se realizaba en el país. También señalan que ese camino no empezó con ellas y que otras experiencias ya venían abriendo discusiones similares.
“Reconocemos el aporte que han hecho experiencias locales como el Yo Marcho Trans, y puestas en acción alrededor del mundo como el Orgullo Crítico de Madrid y organizaciones en el estallido social chileno. No somos pioneras pero nos llena el corazón pensar que aportamos algo a las cientos de ciudades de Latinoamérica que hoy se están pensando la idea de una contramarcha como una posibilidad. Nos estamos juntando cada vez más, hoy podemos decir que tenemos afectos y amistades con organizaciones similares en México, Venezuela, Chile, Perú y Brasil”, relatan.
La Contramarcha también ha recibido críticas. Una de las más frecuentes señala que este espacio puede profundizar las divisiones dentro de la población LGBTIQ+. Frente a eso, el colectivo sostiene que ocurre lo contrario y que mantener el espacio sigue siendo necesario. “Nosotrxs no creamos una división, somos el resultado de una invisibilización histórica que se cansó de no ser escuchada y que no está dispuesta a rogar a gestores, entidades e industrias por espacio, reconocimiento y protección. Así que, ¿por qué no tener un espacio propio? ¿Por qué no empezar a crear los cimientos de un mundo nuevo desde ya? No vamos a cambiar el mundo, pero estamos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance por construirnos la dignidad que ninguna institución está dispuesta a brindar”, concluyen.
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