En 1898, la economista y sufragista Charlotte Perkins Gilman advirtió que el ser humano era la única especie que había creado un sistema económico en el que las mujeres dependieran de los hombres para sobrevivir. Lo escribió sin saber que, en los años noventa, los feminismos impulsarían avances en derechos que permitirían un reconocimiento gradual en este ámbito. Tampoco podía prever que, en 2026, incluso con esa liberación económica, ser mujer seguiría implicando ganar menos y enfrentar un sistema que les cobra más solo por su género.
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El rastreo de diferentes investigaciones ha permitido identificar una serie de costos adicionales que recaen de manera desproporcionada sobre las mujeres y que no atraviesan de igual manera a los hombres. Como el llamado “impuesto rosa”, las presiones estéticas, los gastos asociados a la seguridad personal para enfrentar las violencias basadas en género, los mayores costos en el sistema de salud, la gestión menstrual de cada mes y la carga de los trabajos de cuidado no remunerados.
Este conjunto de gastos resulta especialmente injusto en un contexto en el que las mujeres ganan menos. Según ONU Mujeres, la brecha salarial de género a nivel mundial es del 20 %, esto significa que, en promedio, las trabajadoras ganan solo el 80 % de los ingresos que perciben los hombres, una desigualdad presente en la mayoría de profesiones e industrias y que se profundiza cuando se toma la decisión de la maternidad.
De acuerdo con Celeste Kauffman, abogada en derechos humanos, esto ocurre debido a un engranaje que ha creado el capitalismo y el patriarcado. En el que el modelo capitalista se sostiene del trabajo de las mujeres que no se valora ni se paga como corresponde, mientras que las estructuras patriarcales aseguran que sean ellas quienes asuman esas labores. “Por un lado, el sistema económico no reconoce ni valora su trabajo de cuidado no remunerado; por otro lado, cuando sí participan en el mercado laboral, enfrentan discriminación salarial, segregación ocupacional y barreras para acceder a puestos de liderazgo”, señala la experta en conversación con El Espectador.
Si el producto es rosado, es más caro
Conocido como el “impuesto rosa”, fue definido por quienes denuncian que los productos dirigidos a mujeres se comercializan a precios más altos que otros casi idénticos, destinados a hombres. Aunque las empresas suelen justificar la disparidad en costos de producción asociados a colores, diseños o presentaciones específicas, el impacto es desproporcionado. Pues afecta a productos de uso diario, como máquinas de afeitar, jabones, cremas, así como ropa, accesorios, perfumes, juguetes e incluso artículos para el hogar.
Un fenómeno que empezó a llamar la atención a partir de un estudio publicado en 2015 por el Departamento de Nueva York de Asuntos del Consumidor (DCA). La investigación comparó productos “para hombres” y “para mujeres” de más de 90 marcas, vendidos en 24 tiendas, y encontró que los artículos dirigidos para ellas eran, en promedio, un 7 % más caros. La diferencia se repitió en juguetes y accesorios (7 %), ropa infantil (4 %) y de adultos (8 %), productos de cuidado personal (13 %) e incluso, en aquellos artículos para el cuidado de la casa y de personas mayores (8 %).
En agosto de 2025, la revista científica SHS Web of Conferences señaló que esta práctica continúa realizándose en el marketing porque persiste la idea de que las mujeres deben cuidar más su apariencia física, el hogar y la familia, un estereotipo con rezagos históricos y desigualdades de género que las empresas terminan reflejando en el precio de los productos.
Algo con lo que concuerda Natalia Escobar, directora de proyectos del Observatorio para la Equidad de las Mujeres, de la Universidad Icesi y la Fundación WWB Colombia, es que sobre ellas recae, una y otra vez, la tarea de adquirir las cosas que necesitan los miembros de su familia, los productos del hogar, y los cuidados. Responsabilidades que históricamente se han puesto sobre sus hombros bajo la idea de que “lo hacen mejor”, comenta la directora en entrevista con este diario.
Diagnósticos tardíos y mayores gastos en salud
Aunque parezca difícil creerlo, estos costos también son mayores porque las mujeres pasan una mayor proporción de su vida con problemas de salud, lo que se traduce en mayores gastos médicos. Así lo señaló el Foro Económico Mundial, que encontró que, aunque las mujeres viven más tiempo que los hombres, pasan en promedio un 25 % más de su vida con mala salud, debido a diagnósticos tardíos y falta de investigación médica enfocada en ellas.
Por ejemplo, en el caso del cáncer, las mujeres reciben un diagnóstico hasta 2.5 años después que los hombres, y en enfermedades metabólicas como la diabetes, el retraso puede llegar a 4.5 años. Toda una serie de decisiones que terminan aumentando los costos económicos. De acuerdo con el Deloitte Health Equity Institute, en América Latina las mujeres pagan, en promedio, un 18 % más que los hombres en gastos médicos de bolsillo, una diferencia que se amplía hasta el 20 % más cuando se incluyen costos asociados a la maternidad.
Ambos estudios llegan a la misma conclusión y es que esto cambiaría si se invirtiera más en investigaciones de afecciones específicas en mujeres, que hoy representan apenas el 1 % de los estudios médicos. Advierten que esto ocurre porque existe una tendencia a abordar el cuerpo de ellas únicamente desde el enfoque reproductivo, los cánceres femeninos y la atención materna. Mientras que otras condiciones que afectan únicamente a mujeres quedan relegadas, tal como pasa con la endometriosis, la menopausia, el síndrome de ovario poliquístico y la salud menstrual. Una disparidad que es aún más evidente en las investigaciones de afecciones de salud mental, endocrinas y cardiovasculares.
Menstruar en un mundo que cobra por ello
Cada mes, más de dos mil millones de personas en el mundo menstrúan. Aunque es algo que ocurre en todos los países, menos de la mitad de estos, aplican una tasa cero o impuestos reducidos a los productos de gestión menstrual, según el mapa de Period Tax, creado por WASH United. Es decir, que quienes compran toallas o tampones deben asumir, mes a mes, costos elevados que no han sido regulados.
“Estas decisiones políticas van de la mano con el estigma y el tabú asociados a la menstruación. En muchos estados de Estados Unidos, la Viagra está clasificada como un producto de salud exento de impuestos, mientras que los productos sanitarios se consideran bienes de lujo y están sujetos a la tasa más alta”, señala ONU Mujeres en un comunicado de prensa sobre pobreza menstrual.
Aunque Colombia no es parte de este escenario desalentador, porque en 2018 se convirtió en el primer país de América Latina en eliminar el impuesto a toallas higiénicas y tampones, el debate de fondo persiste. Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 11,4% de las niñas, adolescentes y mujeres entre 10 y 55 años que menstruaron reportaron haber tenido dificultades económicas para adquirir productos necesarios para gestionar su sangrado durante 2023.
De hecho, la marca de copas menstruales BLOOM, estima que si una persona utiliza solo productos de cuidado menstrual desechables puede gastar alrededor de $225.000 pesos al año. Por su parte, el medio de comunicación Cuestión Pública encontró que, en promedio, una persona menstruante que utiliza únicamente toallas higiénicas, la opción más económica dentro del listado de estos productos, puede gastar $180.000 pesos colombianos al año. Si este cálculo se proyecta hipotéticamente al total de niñas y mujeres que menstrúan en el país —14.254.178, según estimaciones realizadas a partir del censo poblacional del DANE—, el gasto conjunto superaría los dos billones de pesos colombianos anuales.
Por otro lado, la revista académica Journal of Global Health Economics and Policy señaló que una persona menstruante puede usar entre 10 y 35 productos por ciclo, lo que equivale a cerca de 16.800 artículos a lo largo de su vida. Este consumo se traduce en un gasto aproximado de 6.000 dólares durante los 40 años en los que se menstrúa.
El gasto asociado a cumplir expectativas estéticas
Si bien no es un impuesto que aparezca en estadísticas oficiales, la llamada “tasa del maquillaje” también representa un costo adicional vinculado al cumplimiento de expectativas estéticas. Desde edades tempranas, las mujeres crecen expuestas a mensajes que asocian su valor con el cumplimiento de un “ideal”, casi imposible, de belleza. Una presión social que no permite que sus cuerpos envejezcan, cambian de peso, tengan tonos de piel oscuros o se salgan de la idea homogénea de “ser mujer”.
“Lo que a menudo se presenta como “decisiones personales” son en realidad decisiones estratégicas dentro de un sistema que premia o castiga ciertos comportamientos. Cuando una mujer decide gastar en maquillaje o en arreglarse el pelo, no es simplemente una elección de consumo; es una decisión estratégica en un sistema que premia a las mujeres que cumplen con los estándares patriarcales de belleza, tanto en el ámbito laboral como social”, comenta Kauffman.
Justamente, eso fue lo que investigaron las universidades de California y Chicago, en un estudio publicado en Research in Social Stratification and Mobility. Allí analizaron datos de 14.000 personas y encontraron que quienes son consideradas “más atractivas” ganan hasta un 20 % más que quienes no encajan en ese canon. En el caso de las mujeres, esta diferencia salarial está estrechamente ligada a la inversión en su imagen, como maquillaje, peinado o vestuario. Mientras que en los hombres, la apariencia tiene menor peso en los ingresos.
Moverse dentro de las ciudades también sale más caro
Para muchas mujeres, viajar en transporte público, caminar o volver a casa de noche no es solo un trayecto, sino un cálculo constante de riesgos que pueden impactar el bolsillo. Así lo muestra un estudio realizado por Plan International UK a mil niñas y mujeres jóvenes del Reino Unido: el 62 % dijo que toma taxis al menos una vez al mes para evitar situaciones de peligro. Además, casi tres cuartas partes de las encuestadas 74 % eligen rutas más largas solo porque son más seguras, lo que extiende sus trayectos en más de 30 minutos a la semana, es decir, más de 26 horas adicionales al año.
Una situación que no dista mucho del caso colombiano. En una investigación realizada durante la pandemia, Natalia Escobar y su equipo preguntaron a mujeres qué hacían cuando se sentían inseguras al movilizarse. “Las de estrato seis respondían: ‘no, pues Uber’. Las mujeres pobres nos decían que no salían o que tenían que pedirle a un hombre que las acompañara. Toda la vida nos han dicho que la calle no es de nosotras. Y si queremos hacer parte de ella, o asumimos un costo económico o el costo de tener que pedirle a un hombre que nos acompañe para que nos proteja de otros hombres”, reflexiona.
Pero la movilidad no solo está atravesada por la inseguridad, que muchas veces les impide usar medios de transporte más económicos. Según las fuentes consultadas a esto se suma otro factor analizado desde la economía: a diferencia de los hombres, los desplazamientos de las mujeres suelen implicar más trayectos a lo largo del día.
“Los sistemas de transporte están diseñados pensando en las necesidades de los hombres, principalmente para viajar de la casa al trabajo y viceversa. En cambio, las mujeres suelen hacer más viajes, pero más cortos, por ejemplo, para llevar a los niños al colegio y acompañar a familiares a citas médicas, hacer el mercado y otras tareas domésticas. Esto significa que también es más probable que estén viajando con niños pequeños y cargando varias cosas”, dice Kauffman.
Cuidar sostiene hogares, pero cuesta oportunidades
Cada día, las mujeres dedican alrededor de 16.000 millones de horas al trabajo de cuidado no remunerado en todo el mundo. Este tiempo se traduce en 2.5 veces más horas diarias que los hombres en este tipo de tareas. Una carga que limita la posibilidad de construir proyectos de vida estables, pues reduce su participación laboral, restringe sus horas pagas, afecta su formación y su descanso, y empuja a muchas hacia empleos informales. De acuerdo con ONU Mujeres, unas 708 millones de mujeres quedan excluidas del mercado laboral debido al trabajo de cuidados no remunerado y a la pobreza de tiempo.
Y en Colombia, la situación no es muy distinta. Según la Cuenta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, el trabajo de cuidados no remunerado representa cerca del 20 % del Producto Interno Bruto. “La quinta parte del PIB es ese trabajo no reconocido que hacen las mujeres al interior de los hogares. No hay reconocimiento económico ni social”, señala Ana Isabel Arenas, economista feminista e integrante de las Mesas de Economía Feminista y del Cuidado de Colombia.
Para la experta, esto ocurre porque los Estados siguen tratando los cuidados como una responsabilidad “natural” o privada de las mujeres. Cuando en la práctica, deberían asumirse como una labor distribuida entre el Estado, el mercado, las familias y la sociedad civil, con inversión en infraestructura —como servicios básicos y equipamientos— que reduzca estos tiempos. Asimismo, comenta que es necesario garantizar condiciones laborales justas para quienes cuidan, de modo que este no sea sinónimo de precariedad, sino de empleo con derechos y una remuneración digna.
Otro elemento a tener en cuenta es que estas cargas en las labores de cuidado se profundizan durante la maternidad. “Cuando una pareja decide quién se va a quedar en casa con los niños, generalmente la decisión más ‘racional’, desde el punto de vista económico, es que sea la mujer, precisamente porque gana menos que el hombre debido a la brecha salarial”, relata Kauffman. Una decisión que perpetúa el ciclo de desigualdad económica.
En la práctica, el Centro de Pensamiento Económico (ANIF) advierte que la maternidad puede reducir los ingresos por hora trabajada hasta en un 48 % en el caso de mujeres con hijos mayores de 12 años. Esta caída se explica, en gran parte, por las interrupciones en la trayectoria profesional, pausas que alteran la acumulación de experiencia y los estigmas que persisten en el mercado laboral frente a la maternidad.
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