A Silvia Segura Manrique la edad le ha dado la sabiduría y la capacidad de perdonar, incluso los crímenes más atroces y las violencias más duras de las cuales ella y su familia han sido víctimas. Tiene 76 años, las manos trazadas en surcos, el cabello crespo y la mirada tranquila. Es la abuela adoptiva de Miller Andrés Blandón Álvarez, un joven que trabajaba como “estatua humana” en las calles de Neiva (Huila) y que fue asesinado extrajudicialmente en 2008.
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Su caso es uno de los 200 expedientes de asesinatos cometidos por exintegrantes de unidades militares como el Batallón Magdalena del Ejército, que investiga la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) en el departamento del Huila, dentro de su caso 03. Durante casi 20 años, la familia de Miller Blandón sostuvo una disputa con el Estado y con la justicia con un solo objetivo: limpiar el nombre de su nieto y dejar en claro que no era guerrillero.
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El amor de una abuela
Silvia Segura nació en Leticia (Amazonas) y señala con orgullo que su origen está en el pueblo indígena ticuna. A su tierra solo ha ido a escasos paseos durante los últimos años. El más reciente fue en enero de 2025 y lo recuerda con nostalgia porque visitó a una tía suya, la única hermana que le quedaba a su madre y que murió cinco meses después. A Florencia (Caquetá) llegó cuando aún era una niña y estuvo allá hasta entrada su juventud.
Fue ahí donde conoció a Eduardo Álvarez, un muchacho bonachón que trabajaba como conductor de buses. No fue una tarea fácil conquistar el corazón de Silvia Segura. Pero no solo la enamoró a ella, sino que también convenció a sus papás, a sus hermanos y hasta a sus tíos para que les dieran permiso de casarse. Un cortejo que, año y medio después de haberse conocido, terminó en un matrimonio. Eran, hasta entonces, felices.
Las amenazas, por distintas razones, no tardaron en llegar. En 1994 tuvieron que salir de Florencia y llegaron a vivir a la ciudad de Neiva. Tenían cinco hijos y Miller Andrés Blandón Álvarez aún no hacía parte de su núcleo familiar. Fue en un viaje a Sevilla (Valle del Cauca), en 1998, para conocer a una hija que había tenido en otra relación, que don Eduardo Álvarez supo que ya era abuelo. Su nieto, que para entonces tenía 14 años, no la pasaba nada bien.
Eduardo Álvarez regresó a Neiva con Miller Blandón agarrado de su mano. Desde el primer momento, Silvia Segura lo recibió con el amor de una madre. “Yo soy abuela adoptiva de Miller Andrés; legítima abuela, no. Soy adoptiva, aunque él estuvo conmigo hasta cuando...”, dice la mujer, prolongando en infinitos puntos suspensivos lo que no quisiera repetir: hasta cuando su nieto, al que amaba como a un hijo, fue retenido y asesinado por el Ejército.
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Miller Blandón, la “estatua humana”
Cuando Silvia Segura habla sobre su nieto, la voz se le llena de orgullo. “Era un niño muy respetuoso, hogareño y trabajador. Él mismo se rebuscaba la plata. Miller para mí era como el hijo de 22 años que tuve y que falleció. Ese es el motivo por el que yo le tenía mucho aprecio”, le contó la mujer a El Espectador. Solo una cosa, dice su abuela, empañaba su vida: era consumidor de marihuana, pero buscaba rehabilitación para dejarlo.
“Ese era el problema de mi muchacho. Pero cuando se sentía mal, él se iba al centro de rehabilitaciones. Luego salía y seguía trabajando”, contó Silvia Segura. Y recordó: “La primera vez que lo vi tan mal, yo misma fui y lo llevé. Le dije: ‘Papi, mire, cuando usted se sienta mal, véngase para acá, para donde de Papá Chucho, que él lo lleva a la finca y se pone bien’”. Agregó que, para ella, la verdadera razón de ese consumo fue la herida abierta en su corazón.
“Esas cosas no se pueden quitar de la noche a la mañana. Mi muchacho no tuvo amor de madre y muchas veces los jóvenes se agarran a eso”, narró la mujer. Recuerda con especialidad la forma en la que Miller Blandón se esforzaba cuando se acercaba el día de la madre. Llenaba de flores a su abuela ese día y no dejaba pasar la fecha sin invitarla a ella y a su tía a almorzar. “Esos recuerdos a mí no se me borran de la mente”, expresó.
Miller Blandón probó todo tipo de negocio que le sirviera para sostenerse y ayudar a su familia. Primero trabajó haciendo y vendiendo afiches. Luego compraba y vendía plumillas para los carros en Neiva. Luego, un profesor del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) le dijo que él era bueno para improvisar, que por qué no trabajaba como “estatua humana” en los parques de Neiva. Le dio nociones de actuación y le ayudó para su primer disfraz.
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“Él se ponía su traje, compraba flores y se montaba en un tarro de pintura que lo cubría con el vestido. Al frente ponía una cajita, los muchachos le echaban una moneda y él se movía, les hacía las musarañas. Ese era su trabajo”, recordó Silvia Segura. El 17 de julio, como de costumbre, Miller Blandón se alistó para trabajar. Le dijo a su abuela que no le llevara almuerzo, pues comería en otro lado. Era jueves. Salió de su casa y no se supo más de él.
Sobre las 6 de la tarde del viernes 18 de julio, alguien llamó al teléfono de Silvia Segura. Al otro lado de la línea, una voz desconocida le preguntaba si conocía a Miller Andrés Blandón Álvarez o si tenía algún tipo de relación con él. Ella solo acertó a preguntar qué había pasado con su nieto. Pero la voz al otro lado del teléfono insistía en saber qué relación tenía con él y preguntaba si había algún documento suyo que le permitiera identificarlo.
Ante su insistencia, recibió la noticia: “Miller Andrés está muerto en San José de Isnos”. La mente se le llenó de preguntas y los ojos de lágrimas. ¿Por qué su nieto, a quien en la tarde anterior vieron en Neiva, había aparecido muerto en un pueblo a cuatro horas de allí? ¿Quién lo llevó a ese lugar que él no conocía? ¿Cómo pudo llegar hasta allá sin dinero? ¿De qué forma la convencieron? Una pregunta tras otra, atadas como las cuentas de un rosario.
La mujer llamó a un familiar para que la acompañara a reconocer el cuerpo de su nieto. A las 3:00 de la mañana del 19 de julio salieron desde Neiva hacia Pitalito, con el registro civil y la partida de bautismo de Miller Blandón, para reconocer y recuperar su cuerpo. En la morgue de ese municipio, la barbarie se le puso de frente a Silvia Segura: su nieto había sido asesinado y presentado falsamente por el Ejército como guerrillero muerto en combate.
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Hasta limpiar su nombre
Un pequeño trozo de papel en el bolsillo del pantalón de Miller Blandón fue clave para que su cuerpo no entrara en la lista de las 32 personas ejecutadas extrajudicialmente y desaparecidas forzosamente en el municipio de Isnos. En él tenía un par de números de teléfono: los de algunos tíos que no respondieron al llamado de Medicina Legal y el de Silvia Segura, que tuvo que ir a reconocer el cuerpo sin vida de su nieto inocente, asesinado por el Estado.
La fiscal de Pitalito le dijo a la mujer que no dejaran en la impunidad el caso, porque las circunstancias del asesinato eran demasiado extrañas. El mismo sábado 19 de julio, antes del mediodía y con el dolor como una roca atravesada en la garganta, Silvia Segura sepultó en Pitalito al nieto adoptivo al que amaba como si fuera fruto de su vientre. “De no haber sido por esa tarjetica, a hoy no sabríamos dónde estaría mi muchacho”, narró la mujer.
Silvia Segura empezó a reconstruir los apartes del último día de vida de su nieto para comprender qué le había sucedido, incluso en contra de la voluntad de las autoridades, que eran las más interesadas en mantener el crimen en completa impunidad. Habló con todas las personas que lo conocían y empezó a juntar pedazos, como quien toma trozos de un vidrio que se ha roto e intenta unirlos a pesar de la arbitrariedad de cada una de sus grietas.
Pidió cartas de las personas que conocían a Miller Blandón y puso el caso en conocimiento de la Personería Municipal y de la Defensoría del Pueblo. Alguien le recomendó que hablara con Rosa Liliana Ortiz, una psicóloga que estaba empezando a liderar una organización llamada Observatorio Surcolombiano de Derechos Humanos, Paz y Territorio (Obsurdh). Esa fue la primera oenegé que conoció el caso de la “estatua humana” de Neiva y que se comprometió con él.
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En diálogo con El Espectador, la directora Ortiz narró cómo su organización, creada en el año 2006, asumió el caso de Miller Blandón. Después de dar tumbos durante casi dos décadas en la Justicia Penal Militar y en la ordinaria, logró que uno de los casos representativos del caso 03 de la JEP en Huila fuera el del nieto de la señora Silvia Segura. Esa movida fue clave para reconstruir a detalle el crimen y limpiar el nombre del joven tan conocido en Neiva.
La directora Ortiz explicó que, junto a Miller Blandón, fueron asesinados otros dos jóvenes: Juan Diego Martínez Peña y Álvaro Hernando Ramírez Falla. A todos los convencieron con engaños en Huila de aceptar una oferta de trabajo como recolectores de café en un municipio cercano. “Todos eran jóvenes en condiciones vulnerables, fueron engañados, les pusieron un militar a cada uno de ellos para que lo convenciera”, le contó a este diario.
En la noche del 17 de julio del 2008, los jóvenes fueron trasladados hasta Pitalito. Fueron asesinados en la madrugada. Los vistieron con camuflado y les pusieron armas para presentarlos como guerrilleros muertos en combate. Luego, fueron entregados a Medicina Legal. Solo Miller Blandón pudo ser identificado, gracias a ese pequeño trozo de papel que tenía en su bolsillo.
“Este caso fue muy representativo para todo el departamento del Huila, incluso para el país, porque era 2008 y ya se empezaba a develar lo que venía ocurriendo con los falsos positivos a partir del escándalo de las madres de Soacha. Pero este caso era tan impactante y tan conocido porque era una figura pública del arte callejero en la ciudad de Neiva”, detalló Ortiz. Durante años acompañó a Silvia Segura a tocar puertas para esclarecer el caso.
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Lograron conocer quiénes fueron los responsables del asesinato de Miller Blandón y esclarecer que su nieto no era un guerrillero, sino un joven inocente. Que el uniforme que le pusieron para presentarlo como una baja en combate era varias tallas más grande que él. Pero no solo eso. Con la llegada del caso a la JEP, Silvia Segura y Eduardo Álvarez pudieron ver de frente a sus victimarios y decirles que, a pesar del dolor, el perdón es más grande.
Incluso, el pasado 27 de marzo los abuelos de Miller Blandón regresaron al municipio de Isnos para la entrega del mural “Huellas imborrables en la memoria”, una iniciativa de las familias de víctimas de falsos positivos en Huila y que hace parte del proyecto denominado “Ruta por la Memoria y la Reconciliación”. La obra fue construida de forma colectiva entre comparecientes y víctimas del conflicto en esa zona del país.
Personas que, como Silvia Segura, tras años de dolor tienen claro el mensaje para el país: “Con las manos con las que esos señores hicieron tanto daño, ahora están demostrando que sí se puede cambiar y restaurar”, expresó la mujer mientras miraba de frente, en la parte derecha del mural, la imagen plasmada de su nieto haciendo el icónico personaje de la “estatua humana”. Una obra que, más que un homenaje, para ella es una petición: “Nunca más”.
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