La inmensa armadura de metal ardía en llamas frente a los ojos del subteniente Juan David Díaz Muñoz. Luego de perder el conocimiento por 30 segundos mientras el avión Hércules caía al piso, el primer recuerdo que viene a su mente es despertar entre los cuerpos de hombres y mujeres de su pelotón cubiertos de sangre. Algunos heridos, otros muertos. Él, de 25 años y comandante de una unidad del Batallón Infantería de Selva 49 del Ejército, junto con otros 56 uniformados, fueron los únicos sobrevivientes entre las 126 personas que abordaron la aeronave de la Fuerza Aeroespacial Colombiana (FAC) el pasado 23 de marzo en Puerto Leguízamo (Putumayo).
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Esa mañana intentó llamar a su madre para avisarle que saldría en el avión con rumbo al municipio de Puerto Asís, donde haría un relevo de uniformados del batallón. Su madre, Gloria Esperanza Muñoz, no pudo contestar la llamada. “Al principio transcurrió todo normal, se hizo el peso de cada uno de los soldados y la organización al interior. Se verificó que todo estuviera en perfectas condiciones. Una vez la tripulación dio luz verde, se cerró la compuerta y la aeronave entró en pista. Cuando despegó se presentó un fallo de la aeronave, pero la verdad no se sabe bien qué pasó. La mayoría del personal que sobrevivimos estábamos en la parte de atrás de la nave”, narró el subteniente Díaz Muñoz a El Espectador.
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En el hogar de sus padres, en Fusagasugá (Cundinamarca), su madre Gloria Muñoz estaba en el restaurante donde trabaja cuando una mujer entró y le dijo: “‘Acaba de caer un avión en el Putumayo’. En ese momento yo sentí una corazonada, pero dije: ‘no, mi hijo no iba ahí, porque él no me dijo nada’. Ella mostró en el teléfono lo que estaba pasando. Yo solo me repetía en mi cabeza que él no estaba ahí”. El avión Hércules impactó en tierra alrededor de las 10:00 de la mañana. Unos minutos después, Gloria Muñoz recibió una llamada de un número desconocido. Era su hijo Juan David: “‘Mamá, iba en el avión que se acaba de estrellar. Pero estoy bien, tranquila’. Él no me dijo nada más”.
De vuelta al lugar del accidente, el subteniente Díaz Muñoz, junto con lo que recuerda como otros 10 hombres, salieron entre los escombros y comenzaron a caminar en busca de ayuda. En su cabeza, un corte profundo hacía que perdiera cada vez más sangre; tenía un hombro dislocado y laceraciones en sus manos y parte de la pierna. “No sé ni explicar cómo logramos salir de ahí. Siempre estábamos distanciados de la pista. Logramos salir de la aeronave y nos desplazamos hasta una vivienda. Ahí nos encontramos con población civil que nos ayudó a salir en motocicletas y llegué directamente al centro de salud. Yo tenía la cabeza abierta en gran parte, y esa fue la herida más grave: 30 puntos me pusieron en total”.
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Gloria Muñoz volvió a tener contacto con su hijo hacia las tres de la tarde de ese día, “que se sintió tan eterno”, rememora. Desde el hospital de Puerto Leguízamo, el subteniente le hizo una videollamada y le mostró las heridas. “Sentí un poco de tranquilidad en ese momento, pero me daba mucho miedo hacerle preguntas porque no quería escuchar que me dijera que iba a perder una pierna, un brazo o algo”. En esa llamada, pudo escuchar por primera vez el relato de supervivencia de su hijo: “‘Mamá, salí del avión con unos compañeros. Tratamos de ayudarnos, pero cuando iba caminando sentía que me bajaba sudor por la cara. Sentía que ya no podía caminar’. Él no sabía que era la sangre que perdía. Le dijo a los compañeros que lo dejaran, pero afortunadamente llegaron las motos y los auxiliaron”.
Hacia la noche del fatídico día, el oficial Juan David Díaz, junto a una suboficial de la FAC y cuatro soldados más, llegaron a la Clínica Cedim en Florencia (Caquetá). “Para nosotros era muy duro que él estuviera solo allá. Tengo un hijo de 14 que todavía va a la escuela, así que me sentía impotente si me iba o me quedaba acá. Igual me comunicaba con él, pero se siente ese vacío de no darle ese apoyo de estar con él”, relató Gloria Muñoz. Intentando que su hijo estuviera más cerca de su familia, pidió al alcalde de Fusagasugá, William García, que intermediara para que el uniformado fuera remitido al Hospital Militar en Bogotá, petición que fue lograda el pasado 26 de marzo, pero el viaje no terminó en la capital.
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En la madrugada del sábado 28 de marzo, el subteniente pudo llegar hasta el hogar de sus padres para iniciar la recuperación de sus heridas. Su madre recuerda que cuando lo vio no pudo abrazarlo por su estado, pero “la verdad nosotros sentimos que Dios nos dio una nueva oportunidad de volverlo a ver, porque ver esas imágenes… Es terrible lo que pasó, murió más de la mitad de la tripulación”. Esperando los últimos exámenes médicos para descartar cualquier secuela en su salud, Juan David Díaz Muñoz dice que sus planes son seguir en el Ejército: “Es mi modelo de carrera y son cosas que pasan. Nadie esperaba esta tragedia, ni la misma institución, y la intención es seguir haciendo esto que le apasiona a uno”.
Aun con todo lo que esta decisión implica, su familia lo apoya. “Juan David ha visto la carrera militar como una opción de vida para cumplir sus sueños y sus proyectos. Pero ahora, para nosotros como papás, la verdad nos parece durísimo que continúe ahí. Igual lo apoyamos y oramos mucho para que Dios lo proteja”, señaló su madre Gloria Muñoz, quien terminó su relato con una triste casualidad. El pasado domingo 29 fue enterrado el soldado Oscar Romero Silva, que también iba a bordo del Hércules y era oriundo de Fusagasugá: “Como mamá, tener que enterrar a su hijo tan joven es algo durísimo. A esas familias solo deseo que Dios les dé mucha fortaleza, porque es algo que nadie se lo espera”.
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