20 Aug 2018 - 11:58 a. m.

Memorias de un “cocaine cowboy”

Rafael Ayala Veis tiene tres capítulos en su vida. Fue narcotraficante, habitante de calle y hoy es un maestro judío.

Joseph Casañas / @joseph_casanas

Rafael Ayala Veis actualmente vive en Cali, ciudad en la que se radicó después de demostrar que tenía ascendencia judía.
Rafael Ayala Veis actualmente vive en Cali, ciudad en la que se radicó después de demostrar que tenía ascendencia judía.

Autor: Joseph Casañas 

Rafael Ayala Veis fue como uno de esos perros callejeros que vomitan y se comen su propio vómito. Durante algo más de veinte años fue uno de los cientos de soldados que los grandes capos de la droga tenían reclutados en Estados Unidos para distribuir el narcótico que enviaban desde Colombia. Fue uno de los Cocaine Cowboys, un grupo de narcos que convirtió a Miami en su centro de operaciones y luego en un escenario de guerra durante los años setenta. Huyendo del negocio, que le dio tanto dinero como poder, terminó consumiendo bazuco en las calles de Bogotá. Acabó envenenado con la misma sustancia que durante años lo convirtió en un hombre poderoso y millonario.

“Soy un sobreviviente de muchos holocaustos. El de mi familia, el que viví en el mundo del narcotráfico por 25 años, el de la drogadicción y la indigencia por otros diez. Así se me dio la vida y hoy finalmente siento que encontré mi rumbo”.

No exagera cuando habla de holocausto. Todo empezó el 24 de mayo de 1937, cuando Erns y Rosel, sus abuelos, y Vera, su madre, llegaron a Buenaventura —procedentes del puerto de Hamburgo— huyendo de Adolf Hitler, quien había ordenado exterminar a la raza judía. Ni Cuba ni República Dominicana quisieron recibir a los cientos de hombres y mujeres que llegaron a América huyendo de la matanza del Führer. Lea también: Los presuntos nexos de “Popeye” con la Oficina de Envigado

En el puerto del Pacífico, el viejo Erns decidió rehacer su vida y la de su familia. Fundó un hotel cerca al mar y se convirtió en un empresario reconocido en la región. No pasó mucho tiempo para que la joven Vera llamara la atención de los jóvenes bonaverenses. Su idioma, tez blanca y ojos claros eran demasiado extraños para pasar desapercibida. Muchos intentaron cortejarla, pero, finalmente, fue el joven Zacarías Ayala el que logró enamorarla. Muy pronto se casaron y de esa unión, en 1951, nació Rafael Ayala Veis, quien vivió una infancia relativamente tranquila.

Sin embargo, el arraigo religioso de sus padres finalmente pasó factura. Vera, al igual que el viejo Erns, era una practicante apegada al judaísmo, mientras que el doctor Zacarías era un católico con las letras bien puestas. De a poco, esas diferencias crearon un hueco que se hizo más grande tras la muerte de Erns, lo que hizo que Vera y su madre Rosel se fueran de Buenaventura para siempre, porque a esta tierra ya no las ataba nada, ni sus nietos, ni sus hijos.

“Mi abuela y mi mamá se fueron y nos quedamos solos con mi papá. Crecimos un poco rebeldes. Mi papá era un profesional, un médico, pero le gustaba mucho el traguito. Cuando a uno lo deja la mujer lo que hace es ponerse a beber; no es que lo vamos a criticar ahora por eso. Fue un buen padre, pero siempre faltó ese factor madre”. Además: Las cuatro generaciones del narcotráfico en Colombia

Ese caos familiar, sumado a la cultura del dinero fácil que se empezaba a posicionar en los años 60 sobre el puerto de Buenaventura, hizo que Rafael, como muchos otros jóvenes de la época, se dejara seducir por el afán de poder. A Buenaventura llegaban los chismes: que el negrito de la esquina ahora vive en tremenda casa con vista al mar en Miami, que fulanito se fue a vivir a Nueva York y se compró un carrazo último modelo cuando antes no tenía ni pa’ comer, que zutanito ahora es comerciante. Eran las mentiras convertidas en verdad de aquellos que habían aceptado llevar droga a los Estados Unidos y fueron las primeras mulas del narcotráfico.

No era difícil hacer contacto con la mafia. Los duros hace rato se habían fusionado con una sociedad que no sospechaba que ese cáncer de la droga tarde o temprano iba a hacer metástasis. “Ellos eran conocidos de nuestra familia. Era el señor Jaime Caicedo Caicedo, el famoso Grillo. Su hermano tenía un almacén de ropa ahí en Buenaventura y era amigo de mi papá, quien era padrino de bautizo de sus hijos, o sea que éramos como de la familia. Le dije que me quería ir y listo, no hubo problema. Ellos ponían las botas cargadas con cocaína y el pasaje de avión, y yo ponía mis pies y mis cojones. Conseguir billete, ese era mi único objetivo”.

Su papá, el doctor Ayala, sabía perfectamente lo que su hijo se iba a hacer a los Estados Unidos. “No hubo un reproche, tampoco una bendición, sólo un triste adiós”. Por ese primer trabajo recibió US$5.000.

El ascenso

Rafael es el héroe y el antihéroe de su propia historia. Cuando habla, parece tener el control de todas las situaciones y eso, dice, lo catapultó en el mundo de la mafia. Sin embargo, el exceso de confianza le trajo problemas. “Yo era un estratega muy apetecido. Me convertí en uno de los narcobuzos más solicitados en Houston, Baltimore, Seattle, Nueva York, Los Ángeles y San Francisco”.

Por cuenta de esa confianza extrema en sí mismo, perfeccionó una estrategia para llenar de coca los puertos de los Estados Unidos. “La cosa era así: los marineros que estaban transados llevaban la mercancía escondida en cualquier parte del barco, en los camarotes, en las máquinas, en la cocina, donde fuera. Una vez llegaba el barco a puerto, el marinero lanzaba la mercancía, un grupo de buzos la recibía, se sumergía y después de nadar unos 200 metros, salían a la superficie para meter la droga en los baúles de unos carros que esperaban con las luces apagadas. Hasta ahí llegaba el trabajo. Al otro día me pagaban. Por cada kilo me ganaba hasta US$1.500. Nunca había tenido tanto dinero, pero para no levantar sospechas no me enloquecí, seguí viviendo con austeridad. Eso sí, me compré una estrella de David de oro, la más grande que encontré, y usaba un anillo de diamante en el dedo meñique, como los judíos”.

El flujo de dinero y de droga no se detuvo. De hecho, cada vez se necesitaba más gente capaz de recibir y distribuir el narcótico que se enviaba desde los puertos colombianos. Sin que las autoridades estadounidenses se dieran cuenta, en el patio de su casa se estaba formando una gigantesca banda de narcos colombianos. La prensa del sur de la Florida la bautizó con un nombre digno de una película: The Cocaine Cowboys, los vaqueros de la cocaína.

“Así nos empezó a llamar la prensa americana, exactamente el Miami Herald, porque todos usábamos unas botas de vaquero que eran muy prácticas porque allí podíamos guardar el arma. Yo tenía verdes, azules, rojas, negras. Siempre fui muy chicanero. Me gustaba brillar. A uno le gustaba que la gente se diera cuenta de que uno era un bandido y el bandido se distingue en las joyas, los anillos, las botas. Era como tener el estatus de respeto por el hecho de ser un capo”.

Aunque la prensa los identificó como una sola banda, lo cierto es que dentro de los Vaqueros de la Cocaína había varias. Los capos de Cali y Medellín tenían su gente dispuesta a disputarse el mercado a sangre y fuego. Los diarios gringos empezaron a registrar en sus páginas noticias de masacres, balaceras e incautaciones de drogas y arsenales de guerra.

“Empezaron las masacres y los asesinatos en la ciudad de Miami, a plena luz del día. Eso fue muy terrible en esa época. En el centro comercial Dadeland mataron a tres amigos míos”. Fue el caso más emblemático del accionar criminal de los Cocaine Cowboys. Era el verano de 1979. Con el tiempo, según el historiador Eduardo Sáenz Rovner, en su texto sobre la consolidación de las redes de narcotraficantes colombianos en Miami en los años 70, se acusó de la balacera a la narcotraficante colombiana Griselda Blanco, quien tenía conflictos por dinero con Germán Jiménez Panesso, uno de los grandes importadores y distribuidores de cocaína en el país del norte.

El descenso

La ostentosa boda en Las Vegas, el carro Pontiac Trans Ann último modelo que se compró después de una borrachera, el avión que adquirió para llevar droga a México, la línea de restaurantes que abrió para lavar la plata mal habida, y otros excesos y temas de los que prefiere no hablar mucho, pasaron en un abrir y cerrar de ojos. “Uno cree, erradamente, que el poder y la plata van a durar toda la vida, y tiene que pasar algo para estrellarse de frente contra el mundo”.

Pasó 25 años viviendo del narcotráfico, hasta que hubo un operativo con agentes federales encubiertos, lo persiguieron y logró devolverse a Colombia. Cuenta que pasó por las cárceles más duras de EE. UU., a veces por indocumentación o por falsificación de dinero, y que conoció mujeres que lo dejaron sin plata. Admite que estuvo cerca de la muerte. “Pero ninguna experiencia fue tan traumática como la que tocó vivir cuando regresé a Colombia”. Duró diez años viviendo en la calle y consumiendo bazuco. La gran paradoja.

“Cuando llegué a Bogotá busqué a mi hermanita y a punta de mentiras la convencí para que me abriera las puertas de su casa. Llegué con una maleta llena de ropa carísima y unos dólares en el bolsillo, el resto se perdió”.

La depresión lo tenía del cuello. Al Rafael que llegó a Bogotá ya no lo llamaban don, extrañaba gastar a manos llenas y tener un ejército de hombres a su mando. Fue cuestión de tiempo para que la vida le pasara la cuenta de cobro.

“Estaba viendo televisión cuando botaron la noticia: ‘Capturado jíbaro en la Zona Rosa de Bogotá con 30 papeletas de bazuco’. Le pregunté a mi hermana que dónde era esa tal Zona Rosa y allá llegué al otro día. Me puse unas gafas oscuras, los anillos y las botas, bien lámpara. Me recibió un señor que me dijo: ‘Doctor, bienvenido, en qué le puedo servir’. Sin dudarlo mucho le dije: ‘Quiero consumir algo’. Del bolsillo sacó un paquete de Marlboro taqueado con bazuco; eso es en lo que la jerga callejera le llaman ‘pisoto’. Ahí empezó todo. Me fumé las botas, los anillos y las gafas y, cuando me fumé lo mío, empecé a robarme las cosas de mi hermana para saciar mi adicción”.

Clara Inés Ayala Vais, hermana de Rafael, recuerda lo que sucedió en esos años. “Lo encontré varias veces haciendo cosas y sentía que algo no estaba normal. Cuando entraba al baño me encontraba papeletas y cosas raras y dije: ¿esto qué es? Cuando confirmé todo empezó el sufrimiento, porque él estaba muy desubicado (…). Yo tenía muchas cosas de mi esposo, muchas herramientas, él era aeromodelista y tenía muchos hobbies. Después fue que me di cuenta de que faltaban muchas cosas. Él sustrajo todo esto para comprar droga”.

Del hombre desafiante que caminaba a sus anchas por las calles de Miami, nada quedaba. Se convirtió, literalmente, en un loco, en un indigente, en un desechable. Hay que verlo caminar. Era un hombre desahuciado que arrastraba los pies y pedía monedas. Sin dientes y con los ojos desorbitados, perdidos.

“En esos 10 años que estuve en la calle, haciendo un promedio que lo que consume un habitante de la calle normal, digamos diez gramos diarios, estamos hablando de 3.600 gramos en un año, es decir, tres kilos y medio en un año. En diez años son más de treinta kilos, más lo que me consumí en los otros 30 años, pues digamos que son 50 kilos, haciendo una cuenta rápida, creo que eso fue todo lo que me consumí en la vida”.

El retorno 

No hay plazo que no se venza, dice el dicho. Y en el caso de Rafi, como le dicen sus amigos, el plazo se vencía o con la muerte o con la locura. De lo primero estuvo más que cerca en el año 2000. “Un domingo que salí del Cartucho todo enguayabado, aburrido, deprimido, otra vez a lo mismo, me subí a caminar por la Avenida Circunvalar, eran como las 8 u 9 de la mañana. Iba embobado con mi costal. Cuando crucé una calle no me di cuenta de que venía un carro a toda marcha y me atropelló.

El chofer se bajó furioso porque le había ensuciado el carro y del impacto tan fuerte se había hecho una abolladura en las latas. Me puso un arma en la cabeza y me dijo: ‘loco hijueputa va a pagar por lo que hizo’. Lo miré a los ojos y le pedí que disparara, ya no quería vivir más. No lo hizo. Solo me dijo: ‘una basura como usted no merece ni una bala’”. Prendió el carro y se fue.

Ahí, tirado sobre el asfalto, mirando hacia el cielo, como hace rato no lo hacía, Rafael pensó como hace rato tampoco lo hacía. “¿Cómo así que no valgo ni una puta bala?  En ese momento escuché una voz que me dijo: ‘levántate y vive’”. Después de recibir $20.000 de limosna en una iglesia, se compró un par de papeletas que no pudo fumar. Su cuerpo las rechazó. Desde ese día dejó de consumir.

Rafael buscó ayuda profesional, desintoxicó su cuerpo y, en parte, recuperó a su familia.  Logró demostrar que tenía ascendencia judía, lo que permitió retornar a la tierra de su madre, de sus abuelos.  A la embajada de Israel en Bogotá le presentó la documentación que pudo: la foto de la tumba del abuelo Erns, que estaba en Cali, la foto del sepulcro de la abuela Rosel que estaba en Alemania y un par de papeles más.  “El 25 de septiembre de 2005 me montaron en un avión, primera clase, rumbo a Tel Aviv. Allá me recibieron con los brazos abiertos, con banderas, me dieron plata, la cédula y durante un año me cuidaron. Empezó una nueva vida y aún me preguntó ¿qué hice yo para merecerme esto?”.
Hoy es un maestro judío. Vive en Cali y recorre el Valle del Cauca contando su historia

 

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