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Nacer en medio de la guerra: la historia de una madre desplazada y su bebé en el Catatumbo

Wendy Daniela tuvo a su bebé, Clever, en medio de la guerra que azota con fuerza al Catatumbo. Fue desplazada de su finca en enero de 2025, cuando se desató una de las mayores crisis humanitarias en el país. Ha pasado un año desde ese momento, su hijo ya tiene seis meses y la guerra nunca se fue. Por el contrario, se mantiene y amenaza con quedarse. Eln y Frente 33 de las disidencias se han fortalecido y siguen en disputan.

Paulina Mesa Loaiza

15 de enero de 2026 - 08:00 p. m.
Su hijo Clever Damian nació el 18 de julio de 2025, seis meses y dos días después del inicio de la guerra en Catatumbo. Para ese momento, la Corte estaba revisando los 15 decretos expedidos por el gobierno Petro para atender la crisis. (Imagen de referencia).
Foto: Nicolás Achury González
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El día que se desató la peor crisis humanitaria reciente en el país, Wendy Daniela estaba esperando su primer bebé. Tenía tres meses de embarazo cuando escuchó los tiros y las bombas en su finca en La Gabarra, un corregimiento de Tibú (Norte de Santander). Recuerda que antes de los estallidos, estaba preparando el almuerzo: pescado y plátano frito. Solo alcanzó a bajar las ollas, coger una carpeta con papeles y salir caminando, despacio, hacia Cúcuta. Unos 168 kilómetros por carretera. Ese mismo día tenía su primer control prenatal. Llegó a la clínica como pudo y le hicieron las primeras revisiones. Le dijeron que su bebé, a pesar de la guerra, estaba bien.

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La gestación cumplió su término, no sin complicaciones. Clever Damian nació y hoy ya tiene seis meses. Sin embargo, la violencia que ha estado en su vida, incluso antes de nacer, sigue más viva que nunca. El equipo de periodistas de El Espectador que estuvo en Cúcuta hace un año conoció a Wendy en el Estadio General Santander al que llegaron más de 50.000 desplazados huyendo de los enfrentamientos entre la guerrilla del Eln y el frente 33 de las disidencias de las Farc, al mando de alias “Calarcá”. Todos arribaron a ese lugar con la esperanza de que esa guerra fuera temporal y que pronto iban a poder regresar a sus fincas, a su tierra. Ya pasaron 365 días y muchos, como Wendy, no pudieron volver.

La crisis empeoró y amenaza con arraigarse cada vez más. En las últimas semanas se han registrado nuevos combates en zonas rurales del Catatumbo como Filo Gringo y Tibú, lo que ha provocado el desplazamiento de miles de campesinos. Las autoridades estiman que, en un solo año, en esta zona del país fueron desplazados al menos 91.726 personas.

El 26 de diciembre del año pasado, un grupo de WhatsApp que reúne a líderes sociales de las distintas zonas del Catatumbo se reactivó. “Vamos a orar para que el señor Jesucristo tome el control”. “Sería muy bueno que en una misma hora oremos todos en las casas”, se leía en los mensajes de mujeres y hombres preocupados por la violencia que se sintió con más fuerza tras ataques entre ambos grupos armados que volvieron a provocar desplazamientos de al menos 250 personas, confinamientos y amenazas que siguieron aumentando con los días. “Señor, obra con tu poder en esta zona del Catatumbo. Amén”, escribió una lideresa en el grupo, con la esperanza de no volver a la misma guerra que le tocó a Wendy Daniela.

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Aun en medio de la crisis, Wendy asistió con regularidad a todos sus controles, pero en uno de ellos el doctor le advirtió que su embarazo era de alto riesgo. No era para menos. La crisis humanitaria en Catatumbo, además de heridos, muertos, desaparecidos y desplazados, dejó también secuelas importantes tanto físicas como emocionales. Un reciente informe de la organización Vivamos Humanos, que realizó caravanas humanitarias en el territorio, detalló que dentro de las principales afectaciones se evidencian alteraciones del sueño, estados persistentes de ansiedad, estrés y depresión, episodios de parálisis corporal, pérdida del sentido de vida y un marcado fraccionamiento de la confianza comunitaria.

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Wendy recuerda ese episodio de su vida con tristeza y miedo. Dice que le dan ganas de llorar cuando piensa en eso y se le quiebra la voz cuando relata que ha sido lo suficientemente fuerte para sacar a su bebé de la guerra. “Yo quedé aquí sola. En los controles, uno de los médicos me dijo que mi embarazo era de alto riesgo y eso me pegó muy duro. Siempre he querido a mi bebé, he soñado con ser mamá. Estuve más de 15 días llorando. Luego tuve otro control y el doctor me dijo: ‘No te preocupes, tú vas a poder sola’”, relató Wendy. Esa soledad,que tanto le pesa a Wendy, es una violencia directa que cargan sobre todo las mujeres después de eventos traumáticos y relacionados con el conflicto armado.

Así lo explica Lina Mejía, coordinadora de Vivamos Humanos, quien ha documentado de primera mano los efectos de la crisis en esa región de Norte de Santander. “Las mujeres han sufrido una carga desproporcionada, justamente por los escenarios de violencia. Cuando hay desplazamientos, las cargas son para las mujeres. Ellas quedan, en medio de un territorio en confrontación, a cargo de las labores del hogar, de las tareas de cuidado y de las cargas emocionales y psicosociales. Muchas mujeres sufren consecuencias físicas como parálisis, estrés, angustia o miedo. Muchas de estas mujeres están solas actualmente y reciben todas las cargas y afectaciones”, explicó.

Wendy esperó casi hasta el final de su embarazo para enterarse del género de su bebé. Cuando lo supo escribió un mensaje de Whatsapp junto con la ecografía: “Voy a tener un niño y está bien gracias a mi Dios”. Clever Damian, como lo bautizó, nació el 18 de julio de 2025, seis meses y dos días después del inicio de la guerra en Catatumbo. Nació en Cúcuta, un viernes, a las 10:40 de la mañana. Para ese momento, la Corte estaba revisando los 15 decretos expedidos por el gobierno Petro para atender la crisis; no se había logrado definir la Zona de Ubicación Temporal para continuar los diálogos con el frente 33 y la crisis en la mesa del Eln se mantenía, mientras anunciaban más ataques en esa zona del país.

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Cuando Clever Damian nació, la guerra seguía. Wendy Daniela no regresó a su finca en La Gabarra por miedo de perder, no solo su vida, sino ahora la de su hijo. “No pensé que nos fuéramos a quedar acá (en Cúcuta). Yo esperaba criarlo allá (en Catatumbo). Pero la vida cambió de un momento a otro. De allá salí embarazada, pero ahora con el niño me da miedo volver, de pronto una bala perdida que le caiga al niño. Ahora pienso en los dos”, dijo. Ella cree que la guerra nunca se va a terminar, entonces prefiere quedarse en un lugar seguro para ella y su bebé. “Estoy en Cúcuta. No tengo planes de volver por allá. Ahora todo es diferente”, señaló.

La guerra en Catatumbo es latente y ha empeorado en los últimos seis meses, la misma edad que hoy tiene Clever Damian. “Podemos afirmar que el conflicto armado se mantiene. Hay dinámicas de posicionamiento o reposicionamiento. Se ha mantenido la ofensiva y la contraofensiva para retomar el control de los lugares. Lo que tal vez ha cambiado en alguna medida han sido los métodos de guerra. Hemos visto con mayor énfasis en los últimos seis meses el escenario de los impactos humanitarios. Lo que ha cambiado es la degradación de la guerra”, detalló Lina Mejía, coordinadora de la organización Vivamos Humanos, en especial referencia a los drones cargados con explosivos que caen sobre casas y hospitales.

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En eso coincide el profesor de la Universidad Javeriana, Luis Felipe Vega, experto en grupos armados. “En Catatumbo va a seguir la confrontación y el desplazamiento. Vamos a tener más desplazamiento y un Estado sin capacidades. Hay tres factores a tener en cuenta. Unas Fuerzas Militares que no tienen capacidad de respuesta. También una fuerza pública que ha reducido su capacidad de anticipación a la amenaza. Y un Estado que no logra hacer una valoración sistemática de los riesgos frente a grupos armados ilegales”, explicó. Según reportes de organizaciones humanitarias, Catatumbo en 2025 registró al menos 244 eventos violentos, es decir, 1.4 ataques por día. Y, hasta ahora, la tendencia parece mantenerse.

“Las cosas ya no van a cambiar. No ha sido la primera vez que ha pasado esto. Ya van muchas veces. En cualquier momento se agarran. Hace un mes escuché que se agarraron. La guerra nunca se va a terminar, eso es mentira, pero quiero que existan más oportunidades para mi hijo. Quiero que pueda estudiar”, contó Wendy. Dice que cuando Clever sea grande le va a tocar todo lo que tuvo que vivir en su embarazo porque “fue muy duro salir corriendo asustados. Quiero que sepa todo el esfuerzo que he hecho por tenerlo y sacarlo adelante. Ha sido duro, pero no cambiaría nada. Tener a mi hijo no fue un error, ha sido lo mejor del mundo y siempre lo voy a sacar adelante”, agregó.

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La vida continúa para Wendy y Clever, a pesar de que la guerra continúa. Ella lo sabe y es consciente de que su hijo se gestó y nació en medio de la violencia, pero ahora guarda la esperanza de que crezca lejos de ella, aunque sea difícil la vida en la ciudad y tenga que aprender a pagar los recibos de la luz y del agua, o rebuscarse lo del diario haciendo rifas y en medio del ruido de la urbe. Lo que Wendy más extraña es la vida junto al río. Le hubiera gustado calmar el llanto de Clever, que se escucha mientras habla, al lado del riachuelo al que iba cuando quería sentirse en paz.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

Por Paulina Mesa Loaiza

Periodista de la Universidad de Antioquia e ilustradora. Ha escrito en prensa y portales digitales con especial interés en justicia, conflicto, memoria y paz. Actualmente es periodista de Colombia+20.@paulina_mesalpmesa@elespectador.com
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