Yuly Andrea Velásquez Briceño creció entre Puerto Casabe (Antioquia) y Barrancabermeja (Santander), rodeada por el río Magdalena y de pescadores. Pero también de la violencia. Ella misma fue testigo de cómo ese afluente se convirtió en el lugar donde miembros de su propia familia fueron arrojados por criminales. En su lucha por proteger el río, se convirtió en la presidenta de la Federación de Pescadores Artesanales Ambientalistas y Turísticos del departamento de Santander (Fedepesan) y, aunque asegura que no se dio cuenta de cuándo empezó a ser reconocida como una líder, acaba de recibir el galardón como Defensora del Año en el marco del Premio Nacional de Derechos Humanos. En conversación con El Espectador, Velásquez Briceño hizo un llamado a no desistir: ella, asegura, tampoco lo hará.
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¿Qué la motivó a comenzar su labor en la defensa de los derechos humanos y del medio ambiente?
A mis 14 años, las Farc asesinó a mi único hermano varón, un angelito de cinco años llamado Einer Jesús Torres Velázquez. Fue un trauma muy grande, especialmente por la indiferencia y el silencio institucional. Tres años después, asesinan a mi padre de crianza, Gabriel Torres Oquendo, un pescador artesanal. Lo mataron en el Magdalena Medio y lo arrojaron al río Magdalena. Luego, quienes lo encontraron lo enterraron como un N. N. Transformé ese dolor para defender a esas mujeres que quedaron viudas, que perdieron a sus hijos y a sus esposos, a quienes encontraron a sus seres queridos flotando en el río y a aquellos que nunca aparecieron. Nunca supe que era líder, simplemente empecé a acompañar a esas mujeres y a defender ese oficio. También empecé a ver cómo, cada día, las fuentes hídricas estaban más contaminadas. Porque defender los derechos también es proteger a quienes no tienen voz: la naturaleza y el territorio.
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¿Cuál ha sido el mayor desafío que ha enfrentado en su labor como defensora?
Lo más difícil es cuando una mujer levanta la voz y más si es una mujer pescadora. Detrás de la denuncia viene la persecución, la estigmatización y hasta amenazas. Yo he sufrido tres atentados, y esto me ha llevado a desplazarme dos veces de mi lugar de origen, primero a otro sitio y luego a otro barrio. En ese momento no comprendía lo que significaba denunciar hechos de corrupción ni la magnitud de poner en evidencia la contaminación y a las empresas que la causan. Sin embargo, vivir de la pesca también significa defender lo que tenemos, porque no sé vivir en otro lugar que no sea cerca del río o de la ciénaga.
A pesar de las amenazas y los atentados que ha enfrentado, ¿qué la impulsa a continuar con su labor?
A mí me motiva principalmente que vengo de raíces pescadoras. Mis abuelos lo eran. Es esa defensa del río y recordar lo que decía mi abuela: “Hay que cuidar el recurso. Si cuidamos el río y garantizamos la alimentación, podemos tener mejores oportunidades”. Si bien Barrancabermeja es una ciudad petrolera, donde está la refinería más grande de Colombia, no todos vivimos del petróleo ni del extractivismo. Nosotros vivimos de la pesca artesanal y, por eso, defendemos el agua con la vida misma y nuestro derecho a permanecer en el territorio.
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Usted presentó una acción popular ante un juzgado de Barrancabermeja para la protección de los derechos colectivos de quienes, como usted, viven del río Magdalena. ¿Qué ha significado para usted llevar la defensa del río hasta los tribunales?
Nosotros guardábamos fotos e información, pero no teníamos los conocimientos jurídicos. Sin embargo, la Corporación Regional para la Defensa de los Derechos Humanos (Credhos) nos ayudó a visibilizar las realidades que vivimos por la contaminación. Así logramos que el 30 de abril de 2026, un juez ordenara a empresas como Ecopetrol, Aguas de Barrancabermeja, la Corporación Autónoma Regional de Santander (CAS) y la administración municipal realizar un trabajo conjunto. Tienen un plazo de seis meses, a partir del fallo, para realizar las pruebas de agua que tanto hemos exigido. Esto no es solamente por nosotros, como comunidad pesquera, sino por toda la fauna y el sistema hídrico, que cada día desaparecen por la muerte sistemática de especies que la institucionalidad y las mismas empresas han normalizado.
¿Cómo ha marcado ese vínculo con el río a la defensora de derechos humanos que es usted?
El río para mí lo es todo. Siempre he estado a su orilla y de las ciénagas. Éramos una familia numerosa y no teníamos juguetes, así que jugaba con los cangrejos y hacía bromas con mis primos y mis tíos. A los cinco años me enseñaron a nadar en el río Magdalena, en Puerto Casabe, y ha sido algo muy bonito, porque estar frente al río me conecta y hace que se vayan mis tristezas. A pesar de que allí estuvo el cuerpo de mi papá de crianza, el río nos enseña a vivir sin ellos y nos da fuerza para ayudar a las personas que hoy pierden a sus seres queridos, muchos de los cuales también son arrojados al río. Ese vínculo es el que me impulsa a ser defensora del territorio y de la naturaleza, y a luchar por esa agua de la que subsistimos a través de la pesca artesanal.
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¿Cómo ve actualmente la situación de los derechos humanos y su defensa en Colombia?
Hablar de defender el territorio no debería ser así, pero en Colombia se ha convertido en sinónimo de muerte. Las mujeres somos revictimizadas por los actores armados, las empresas y las instituciones. Por eso, mi llamado es a escuchar la voz de las mujeres. Brindarles un primer espacio de escucha cuando llegan a una institución es fundamental para orientarlas sobre la ruta que deben seguir y hacia dónde pueden acudir, en lugar de revictimizarlas y cerrarles las puertas, dejándolas sin saber qué hacer en medio de la desesperanza. La clave en el proceso de Fedepesan ha sido acogernos mutuamente y trabajar de la mano con otras organizaciones de derechos humanos que puedan escucharnos y acompañarnos.
¿Qué significa para usted este reconocimiento y qué mensaje quiere enviar a las comunidades que siguen defendiendo sus territorios?
Este premio no es mío ni de Fedepesan. Es de todas las lideresas del país que realizan una labor tan importante en cada rincón de Colombia, donde muchas mujeres hemos sido maltratadas y hemos sufrido todo tipo de violencia. Mi mensaje es que continúen con su labor, que no desistan y que recuerden que no están solas. En ocasiones, desde la distancia, hay entidades, organizaciones y embajadas que nos acompañan. Desde otros países siguen nuestro trabajo, nos envían cartas de apoyo para alentarnos a continuar, a ser fuertes y a levantar la voz ante el Gobierno Nacional. Mi voz también representa la de ellas, a través de un trabajo serio, honesto y responsable, y de la lucha permanente por la defensa de la naturaleza.
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