
Los zapatos Tabi de Maison Margiela cuestan unos tres millones de pesos colombianos. Invertir ese monto en un calzado es un lujo que, en un país como el nuestro, pocas personas se pueden dar. Rocío Mejía fabrica zapatos desde hace más de dos décadas y conoció este curioso y polémico calzado gracias a una clienta que le solicitó una réplica.
“Nos costó un par de años lograrlo porque la horma no es fácil de conseguir, ni la persona idónea para elaborarlos, ni que quedaran cómodos. En el proceso nos dimos cuenta de que había muchísimos diseños y decidimos hacer todos los ajustes necesarios para elaborarlos y sacarlos al mercado”, dijo Mejía, creadora de la marca Rosse Lombardi, que tiene su punto de fabricación en el barrio Venecia, al sur de Bogotá.
Los Tabi son unos zapatos que tienen el dedo gordo separado del resto. Se conocen en redes sociales como “zapatos pata de cabra” o “zapatos de pezuña” y hacen parte de lo que en Occidente se considera “ugly shoes” (zapatos feos que desafían los estándares de belleza).
Estos particulares zapatos se fabrican a medida mediante un proceso manual. “Lo primero es tener gusto por lo que haces, pasión y amor. Siento que Dios me dio un don para el arte. Por eso, nos quedan tan bonitos. El proceso comienza con el diseño y el modelaje. Yo saco todos los diseños que se me ocurren y estos cambian de acuerdo con las molduras y las texturas. Luego compro los materiales, se corta el cuero, se hace la guarnición (coserlos), se sueldan y pasan al finalizado o acabado. Ahí quedan listos para empacarlos y entregárselos al cliente”.
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En promedio, para fabricar un par de zapatos participan entre cinco y seis personas, cada una encargada de una función.
Mejía nació en Medellín y heredó de su padre el arte de crear zapatos. Tiene nueve hermanos y tres de ellos también tienen fábricas de calzado. “Mi papá nos aportó el conocimiento que tenía; mi mamá también guarnecía. Cuando llegamos a Bogotá, vivimos en el Centenario, cerca del barrio El Restrepo. Ahí mi papá tuvo su fábrica durante muchos años. Tras su muerte, nos independizamos y, desde hace un año, estoy aquí, en Venecia, porque ampliamos el lugar”.
La diseñadora de calzado decidió continuar con el legado de su padre cuando sus hijos estaban pequeños, hace más de 20 años. “Con este oficio saqué adelante a dos hermosos y responsables hombres”.
Desde hace seis años, sus hijos, Aylan Van Gaus y Robert Díaz, quien también tiene una marca de calzado llamada Robert Caimán, se unieron a la empresa de su madre y han logrado posicionarla con el apoyo de ferias y redes sociales. “Los tres trabajamos muy unidos. Ellos me han aportado el conocimiento y la perfección que hemos logrado hoy en día con el calzado”, dice Mejía.
Precisamente, fue en una feria de la Cámara de Comercio de Bogotá donde lograron el reconocimiento como una de las marcas colombianas que han conseguido hacer una versión colombiana de los Tabi y sacar al mercado un diseño en cuero vacuno.
“Me encanta mi país y vivo muy agradecida con Bogotá porque es una ciudad de todos. Sin embargo, es un reto crear empresa. Ahora estamos compitiendo con todo lo que viene de afuera. Si tuviéramos un poco más de apoyo del Gobierno o de las entidades para poder crecer, sería muchísimo más fácil”, afirma.
Aunque el boom que está experimentando la marca se debe a las diferentes versiones de los Tabi que lanzó, Mejía tiene todo un portafolio de productos. Incluso fabrica unos zapatos con forma de pescado que se han vuelto virales. “Te hago el zapato que tú quieras. Lo hago desde cero”, asegura.
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Mejía dedica sus días a dirigir su fábrica y a estar presente en cada etapa del proceso, así como a cuidar de sus hijos y de sus tres gatos. Es la diseñadora, pero también la imagen de su marca en las plataformas digitales, donde cuenta detalles de sus creaciones y mantiene una comunicación cercana con sus seguidoras.
“Hace poco me di cuenta de que, cuando uno se expone en redes, se vuelve un referente para las personas. Quiero que cuando la gente piense en mí o escuche mi nombre, me relacione con una mujer emprendedora y trabajadora. También sueño con mostrar mis diseños en otros países”.
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Aunque el arte de fabricar calzado se ha perdido, Mejía quiere preservarlo enseñando lo que sabe. “El proceso de hacer un par de zapatos es delicado y minucioso. Es algo que tú haces con tus manos y que, si no estás presente, puede llevarte a equivocarte y tener que repetir algún paso hasta que quede bien. Son artesanías que construyes con tus manos y con tu energía”, afirma.
En un mundo en el que parece que todo está inventado, Mejía explora un “multiverso” de zapatos Tabi que no superan los COP 400.000 y brinda la oportunidad de que los amantes de la moda y de los “ugly shoes” puedan tenerlos al alcance. Es un ejemplo del ingenio colombiano y una representación de la democratización de la moda: poner al alcance de todos lo que nació para unos pocos.
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