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Las prendas con hombreras, los colores intensos y en neón, el cabello voluminoso, los jeans de tiro alto y el exceso de maquillaje y el power dressing están presentes por estos días en plataformas como Instagram y TikTok. Las imágenes hacen referencia a la estética que se usaba en los años ochenta del siglo pasado.
“¿Cómo te verías en los 80?" es la tendencia que se ha viralizado y que gracias a ChatGPT y otras herramientas de inteligencia artificial las personas pueden recrear cómo se verían si vivieran en dicha época.
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“La tendencia de crear con inteligencia artificial imágenes personales inspiradas en los años ochenta resulta interesante porque no supone el regreso de esa década mediante una pasarela, la propuesta de un diseñador o el deseo de reproducir su estilo al vestir”, comenta William Cruz Bermeo, investigador de la moda y el vestir, de la Universidad Pontificia Bolivariana.
Lo que ofrece, según Cruz Bermeo, es la posibilidad de “contemplar la propia imagen como si se hubiera vivido en una época distinta. La rapidez con la que estas herramientas permiten ensayar peinados, maquillajes, prendas y actitudes también puede servir para observarse de otra manera, explorar posibilidades y tomar decisiones sobre el estilo personal”.
Sin embargo, quienes vivieron los años ochenta afirman que las imágenes generadas con inteligencia artificial no corresponden con la época que recuerdan. “Critican el exceso de color, los peinados desmesurados, las sombras intensas o una estética general que, por ejemplo, no representa fielmente cómo se vestía en Colombia”.
En esa línea, surge una pregunta: ¿cómo se vestía la gente en Colombia durante los años ochenta?
Según explica Cruz Bermeo, la moda de los años ochenta en Colombia no fue homogénea. “Su adopción estuvo atravesada por diferencias de clase, edad y región, pero también por una política económica todavía proteccionista que restringía la importación de prendas y marcas emblemáticas del momento. Esto hacía que muchas tendencias internacionales circularan con cierto retraso o llegaran de manera desigual”.
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Sin embargo, productos de marcas como Reebok se podían conseguir “gracias a quienes viajaban y traían ropa de Estados Unidos. Por esta razón, los sectores medios y altos tuvieron mayor acceso a una moda conectada con el auge de la ropa deportiva y con los estilos difundidos por el pop, el hip-hop, la televisión y los videoclips”, dice Cruz Bermeo.
Además, el país encontraba maneras de incorporar las tendencias internacionales pese a las restricciones comerciales. Por ejemplo, las empresas y marcas nacionales viajaban, adquirían muestras y adaptaban los estilos que se imponían en otros mercados a las posibilidades de la industria local.
El historiador menciona que los calentadores de colores, las prendas deportivas, las hombreras, las siluetas amplias, los tonos neón, los maquillajes intensos y los peinados voluminosos fijados con laca sí formaron parte de la moda colombiana de aquella década, particularmente en ciudades como Medellín y Bogotá.
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Figuras musicales como Madonna o Yuri ayudaron a popularizar algunos de esos códigos. En esa línea, en los archivos fotográficos de este medio hay imágenes que muestran que, por ejemplo, los pantalones de las mujeres de la época tenían largas costuras, un estilo que permanecía de 1970.
También hubo un paralelo entre el uso de la ropa deportiva masculina y los trajes formales. Los pantalones neutros y pasteles también estuvieron presentes así como las corbatas estampadas y delgadas.
“En los hombres, el bigote marcaba el fin de las largas barbas que se usaban en los 70, mientras que la estilización del pantalón formal se hacía popular en el ambiente laboral de la mujer”, se lee en el pie de foto de una de las imágenes del archivo.
La implementación del estilo “masculino” o el power dressing se debió a que las mujeres comenzaron a abrirse paso en cargos y puestos directivos y esos trajes les permitieron reflejar a través de la ropa poder y autoridad en un mercado laboral dominado por los hombres.
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La moda colombiana de los ochenta fue, según lo explica el historiador, “el resultado de una negociación entre referentes globales, producción nacional, acceso desigual a las novedades y formas locales de apropiación”.
En esa misma década nació el Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda) para impulsar las exportaciones de la industria textil y de la moda colombiana. Los fundadores, Roque Ospina, Clara Echeverry y Alicia Mejía, tenían el propósito de realizar muestras textiles que se convirtieran en plataformas de negocios para el sector. Por eso, crearon Colombiamoda y Colombiatex.
En 1989, por ejemplo, se realizó la primera edición de Colombiatex con una muestra textil y de insumos para la confección y el hogar. Lo que consolidó a Medellín como el epicentro de la moda colombiana y cimentó las bases de una industria textil fuerte en la que no solo se siguen tendencias que vienen de afuera, sino que se crean estilos propios inspirados en la biodiversidad y las narrativas del país.
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En términos generales, la década de los ochenta no fue una moda opaca y sombría en el país, como algunas personas afirman en las redes sociales a partir de sus recuerdos. “Es posible que su experiencia cotidiana estuviera dominada por prendas y colores más sobrios, pero esa memoria personal no basta para definir la diversidad visual de toda una década. Esto tampoco significa que todas las personas se vistieran con la intensidad que hoy muestran muchas imágenes producidas con inteligencia artificial”.
Cruz Bermeo menciona además que la inteligencia artificial no está reconstruyendo la década con exactitud histórica. “Produce imágenes a partir de referentes procedentes del cine, la fotografía, las carátulas de discos y los arquetipos visuales que con el tiempo se han asociado con aquel período. Por eso, no conviene exigirle la fidelidad de un documento histórico”.
Mientras la tendencia siga despertando curiosidad, “me parece completamente válida: acerca a los más jóvenes a una época que no vivieron y pone a disposición de cualquiera unos códigos de estilo que pueden reinterpretarse libremente. Su valor no reside en reproducir el pasado tal como fue, sino en permitir que cada persona juegue con la imagen idealizada que hoy tenemos de él”, puntualiza Cruz Bermeo.
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