Naufragios, fosas comunes, mutilaciones, violaciones y desaparecidos eran las noticias sobre los migrantes en los periódicos mexicanos cuando Soledad Álvarez Velasco llegó a Ciudad de México a cursar un doctorado en antropología social hace casi dos décadas. Ecuatoriana, como muchas de las víctimas que encontraba en la prensa, y ella misma inmigrante desde niña, supo entonces que entender los éxodos contemporáneos sería su misión. Hoy es una de las expertas en migraciones indocumentadas en el continente y profesora de la Universidad de Illinois, sede Chicago (UIC), donde ha sido testigo y doliente de la estela de terror que acompaña los flujos migratorios.
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Desde septiembre pasado, la operación Midway Blitz (“tormenta a mitad de camino”) hizo de la región central de EE. UU. conocida como el Midwest el blanco principal de la estrategia de deportaciones masivas de la administración Trump. Fortín del movimiento de “ciudades santuario”, donde las leyes locales protegen a los inmigrantes en contra de los mandatos del gobierno federal, el Midwest ha visto el resurgir de un movimiento civil de vecinos, activistas, religiosos, abogados, académicos y periodistas que se rehúsan a hacer de los inmigrantes el chivo expiatorio de los problemas de un país en llamas. Tal resistencia ya cobró una víctima. El pasado 7 de enero un agente de ICE asesinó a la ciudadana Renee Nicole Good en la cercana ciudad de Minneapolis.
Desde el ojo de la tormenta, Soledad Álvarez Velasco habló para El Espectador sobre los pasados, presentes y futuros de las migraciones continentales y por qué la violencia reina en un fenómeno tan natural y antiguo como la humanidad misma.
¿De dónde viene esta tormenta?
Hay espacios nodales que son globales. Una de las preguntas que yo me hacía todo el tiempo era por qué Tapachula (al sur de México, en la frontera con Guatemala) no figura en el ranking de ciudades globales, como Nueva York, Londres, París, cuando por aquí atraviesa el planeta entero. En los noventa, incluso en los ochenta, fueron los éxodos centroamericanos de las guerras civiles, los desplazados guatemaltecos mayoritariamente, luego salvadoreños y nicaragüenses. También transitaban los andinos en esos flujos, ecuatorianos principalmente, colombianos y peruanos. El libro “El Hueco”, de Germán Castro Caicedo, relata toda esa travesía. Y a cuentagotas iba pasando gente de China, África, Medio Oriente. Todo se complica a partir de la segunda década del siglo XXI, cuando cambia el patrón migratorio y ahí se van conectando dos grandes cuellos de botella: el histórico, en Tapachula, y uno nuevo, que va a emerger a partir de 2015, que es el Darién.
¿Qué fue lo que cambió en los 2010?
La exacerbación del canibalismo neoliberal, como dice Nancy Fraser, la polarización entre la sobreacumulación y la subacumulación. Si a eso le sumas las capas de conflictos políticos y la devastación ecológica, más el hecho de que Europa se volvió una fortaleza y el Mediterráneo su cementerio, eso hace que las migraciones africanas y del Medio Oriente desvíen sus rutas a Suramérica.
¿Por qué Suramérica se volvió una opción?
Por varias razones. Por un lado, con el retorno a la democracia en los ochenta, los marcos regulatorios de la política migratoria se transformaron. Se firma el acuerdo de Cartagena de 1984, que nos da una apertura para reconocer el refugio de una manera más amplia que en el resto de las legislaciones en el mundo. Luego, de los 2000 para adelante, con el “Pink Tide”, se firman leyes migratorias tremendamente aperturistas, a favor de la libre movilidad, pro-derecho de los refugiados, incluso, como fue el caso de Ecuador, libre visado para todos los países del mundo por noventa días. Sin embargo, esos espacios de recepción pronto colapsaron, hubo un giro punitivo y la región comienza a escupir gente. Ahí es cuando surge esta enorme movilización hacia el norte.
Entonces, esos cuellos de botella son puntos de confrontación entre maneras distintas de entender y legislar la migración. Si el estilo suramericano es aperturista, ¿cómo caracterizaría el modelo norteamericano?
El modelo de Estados Unidos ha sido siempre selectivo, basado en un racismo abierto y con ciclos de aperturismo para la mano de obra, dependiendo de la demanda. Además, con una constante desde finales del siglo XIX: las deportaciones. Expulsar al otro no deseado es fundamental para la construcción del Estado nación gringo. Segundo, Estados Unidos externaliza el control migratorio y continuamente ha corrido su frontera hacia México, que desde los noventa viene jugando un rol de control y violencia para hacer una frontera infranqueable. La externalización viene siempre con un componente económico, a través del complejo carcelario-migratorio que es altamente lucrativo.
¿Cómo aparece el Darién en ese panorama?
El Darién se asoma en una coyuntura muy particular a partir de 2015, con un pico entre 2021 y 2024. Ecuador se vuelve un país de destino para la migración cubana después del 2008, con la nueva Constitución. Luego, Obama anuncia para el 2017 el cese de la política “Pies secos, pies mojados” (que permitía que los cubanos que llegaran a territorio de los EE. UU. obtuvieran residencia) y muchísimos cubanos empiezan a transitar desde Ecuador en ruta a Estados Unidos por el Darién. Después se triplica la movilidad con miles de haitianos que fueron afectados por el terremoto. Para el 2016, estamos hablando de diez mil migrantes que llegan a Medellín, van a Necoclí, Turbo, Capurganá o Acandí, y por la selva. La gente sabe que la llegada de los cubanos y los haitianos marcó el momento en el que se abrió la bonanza migrante.
¿A qué se debe el pico entre 2021 y 2024?
La pandemia termina de devastarnos y se suma la expansión del crimen organizado en Suramérica, particularmente en Ecuador, más un relativo aperturismo de la administración Biden. Pero este cambio tan acelerado no se entendería sin el éxodo venezolano, que es el desplazamiento de personas más grande en la historia de nuestra región y uno de los mayores en el mundo por causas no bélicas. A pesar de tener esas arquitecturas legales tan aperturistas, los países suramericanos se han cerrado, no permiten que se regularicen o que apliquen a refugio. Las regularizaciones son solo temporales. No tener un lugar en Suramérica hizo que familias enteras peregrinaran por el continente.
¿A qué se refiere con lo de “bonanza migrante”?
Así como en Tapachula los Zetas entraron a controlar la lógica de los tránsitos, en el Darién lo ha hecho el Clan del Golfo. Se calcula que entre 2021 y 2024 cruzaron por el Darién más o menos un millón de personas, lo que implicó organizar una logística complejísima: traslados por mar, dónde duermes, qué rutas, quiénes son los maleteros, quiénes son guías, comida, medicina, carpas, manijas y estampas para saber quién paga y quién no. Esta logística dejó la “bonanza migrante”, como se conoce localmente. Decían que circulaban dólares, euros, whisky, coca. Se multiplicaron los hoteles, los restaurantes, las lanchas, todo. Cuando llegó Mulino, el presidente panameño, y luego Trump, la bonanza cesó.
¿En ese momento entra Chicago a esa cartografía?
Son los migrantes que atravesaron el Darién los que llegaron acá, esa ola de gente que a partir de la pospandemia vio que el imbatible sueño americano iba a ser la manera de resolver su derecho humano básico a tener un lugar donde enraizarse. Llegar a Chicago para unos fue llegar a un lugar en donde tenían a alguien que los esperaba, y podía ser un contacto de WhatsApp. Pero es una llegada durísima, sobre todo para la población venezolana. A diferencia de las migraciones andinas, Venezuela no era un país emisor. A Venezuela nos íbamos. Son primeras generaciones que van abriendo camino y eso es brutal. Si cruzar el Darién fue difícil, cruzar México fue peor porque se volvió más violento. Nunca hemos entendido qué significa en las vidas de los migrantes cargar con tanta violencia en sus cuerpos y emocionalidad.
¿Qué cambia con la reelección de Trump?
Si bien con Biden se abrió una ventana de oportunidad para el asilo, dos años después se acabó con Trump. Ciudades santuario (como Chicago) han reaccionado para proteger a la gente migrante. Fue increíble cómo se organizaron los barrios, las estrategias de protección para acompañar y vigilar. Pero son curitas para una hemorragia que es mucho más honda y compleja. Este es un país en el que hay una política deliberada de limpieza racial y trituración de familias.
¿Cuáles han sido las estrategias de los propios inmigrantes indocumentados?
Esta guerra contra los migrantes hay que leerla como una segunda pandemia, lo que significa quedarse en casa, y eso tiene unas implicaciones en la salud mental y en la vida en general. La autodeportación, hacer la ruta desde Estados Unidos hacia Suramérica en reversa, a pie, tramos por bus, jalando dedo, lo que sea, hasta llegar a Panamá, y ahí el cruce a Colombia por mar. Ya ha habido reportajes de hundimientos, muertes y desaparecidos, y otros muchos se refugian en la vida comunitaria, porque cargan con deudas gigantes con bancos en Venezuela y en Ecuador, o con la banca informal, los “chulcos” y los coyotes. Se quedan sobreviviendo como pueden y han acudido a organizaciones de base, a las iglesias. Mis alumnos son indocumentados, o hijos de familias indocumentadas. Muchos de ellos han cruzado esas mismas trochas. Yo he visto el terror en sus caras y en sus ojos. Viven en una amenaza de pérdida permanente. Es habitar una desechabilidad perpetua.
¿Qué ha entendido con lo que les ha sucedido a sus amigos que no había visto antes?
La historia de José, María y su familia es muy ejemplificadora. Es una familia indígena de una provincia en Ecuador con una historia de colonialismo, la impronta de la injusticia y la opresión de la que no pueden salir. Huyeron del país porque se volvió inhabitable por las mafias del crimen organizado y lograron empezar una vida aquí. Todo se acabó cuando detuvieron a José. Lo que aprendí es que este sistema está hecho para succionar a las familias de dinero y energía. El sistema es como un laberinto, imposible de decodificar. Una vez lo logras, empiezas a darles dinero; cada paso implica pagarle a una compañía privada. Entiendes conceptos que son muy abstractos, como el complejo carcelario-migratorio, que es un sistema en el que todo está conectado para extraer valor. Y José estaba ahí, íntegro como siempre, valientísimo, parado, sobreviviendo cada día.
¿Hay otro futuro más allá de esta distopía?
Lo que yo he aprendido es que hay que diferenciar entre la movilidad y la migración. La movilidad es esa capacidad innata humana de movernos para crear, sostener, transformar, habitar. Nos determina porque así hemos construido el mundo. La migración es cuando esa capacidad humana se confronta con la estructura del Estado nación que tipifica esa condición para controlar, para que exista un elemento que es indispensable para la soberanía estatal: el extranjero. La utopía sería cómo reorganizar las sociedades sin un sistema que filtre la movilidad y la produzca como migración.
¿Es posible algo así?
Solo vivimos 200 años con la figura del Estado nación moderno. En la historia de la humanidad eso es nada. Nuestra imaginación está secuestrada para pensar otra forma de organización política más allá del Estado. Ahí el límite de la izquierda en América Latina. ¿Pero no hay otra manera? No puede ser que no haya. En las décadas que vienen, es una premura activar la imaginación política porque nos vamos a tener que mover más como especie; entonces las confrontaciones van a ser inconmensurables.
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