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Exprisionero colombiano en Venezuela: “Seguimos secuestrados hasta que todos salgan”

Haciendo eco de una frase que le escuchó a un compañero, Manuel Alejandro Tique, trabajador humanitario que estuvo más de un año preso en el país vecino, cuenta cómo vivió el encierro y cómo alcanzó la libertad.

María José Noriega Ramírez

12 de febrero de 2026 - 06:00 a. m.
Manuel Alejandro Tique, acompañado de su papá, Víctor Manuel, y de su hermana, Diana Marcela.
Foto: Archivo particular
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Estuvo 10 meses sin medias hasta que un recluso de otro pabellón le hizo llegar un par a través de la ventana. En una celda pequeña, encerrado las 24 horas de los siete días de la semana, casi sin ver la luz del sol, el colombiano Manuel Alejandro Tique estuvo preso más de un año en Venezuela. Vio cómo otros connacionales fueron liberados, se preguntó por qué él no hizo parte de ese grupo, y ahí, en la cárcel Rodeo I, en el estado de Miranda, donde según denuncias ha habido tratos crueles, inhumanos y degradantes, además de posibles torturas, se enteró del derrocamiento por la fuerza de Nicolás Maduro. “Estoy en Cúcuta”, esas fueron las pocas palabras que, entre un llanto desconsolado, logró pronunciar por teléfono cuando llamó a su familia para decirle que al fin era un hombre libre.

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Llevaba una semana en la que se sentía particularmente mal. Dentro de la cárcel le hicieron la pregunta que tanto detestaba: “¿cómo estás?” —porque los custodios siempre esperaban escuchar la palabra bien—, y respondió lo contrario: que estaba fatal. Cinco minutos después, lo llamaron a la oficina del director en compañía de tres opositores venezolanos, y empezó a escuchar que él ordenaba que lo afeitaran y le cambiaran la ropa. Ahí pensó que algo distinto iba a ocurrir. Le pasaron una tarjeta de excarcelación, que firmó, pero no lo creía aún. “No se haga ilusiones”, se repitió varias veces. Lo obligaron a grabar un video en el que dijo que no le fueron violados sus derechos y que todo se hizo bajo un proceso justo, y pensó: “Si no firmo no salgo”.

En un punto aledaño al aeropuerto de Caracas sintió que el final estaba cerca, sobre todo porque se encontró con tres hondureños que habían salido de la cárcel hacía dos semanas y estaban esperando un vuelo de regreso a casa, pero no fue sino hasta que lo recibieron unos hombres de migración que se sintió completamente libre. Si antes cargaba con la culpa de haber hecho llorar a su hermana cuando pudo hablar con ella unos contados minutos en medio de su detención, después de que llevaba un buen tiempo desaparecido y que acá solo se sabía que había viajado a la frontera con Arauca (en el estado venezolano de Apure) para hacer trabajo humanitario para el Consejo Danés para Refugiados, pidió un teléfono prestado para decirle que estaba de regreso en Colombia. Su papá, que pensó muchas veces qué le iba a decir cuando lo tuviera otra vez a su lado, le dio un abrazo entre un silencio que dijo más que cualquier palabra, y lo revisó para cerciorarse de que estuviera bien.

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En los casi 18 meses que permaneció recluido, acusado por las autoridades venezolanas de terrorismo, financiamiento al terrorismo, asociación y conspiración, recordó momentos de rebeldía. Por ejemplo en diciembre de 2024, cuando el desespero llevó a varios presos a exigir la presencia de un abogado, incluso a hablar con Maduro, un alegato al unísono que se extendió por dos días con golpes contra las puertas, rejillas y paredes de los baños, y vio cómo llegaron los uniformados a rociar gas pimienta sobre todos. A él le cayó en la cara y a su compañero de celda lo llevaron al cuarto piso, a la zona de castigo.

Dijo que no perdió la esperanza, aunque su proceso se alargaba y se alargaba, incluso a pesar de la frustración que le dio no ser parte de ese grupo de colombianos excarcelados el año pasado, porque se aferró al pensamiento de que su familia y su país debían estar trabajando por él. Eso sí, siempre les hizo saber a los guardias que ahí dentro había gente secuestrada, porque eso, a falta de un debido proceso, es lo que pasó con él y con otros más: “Con los primeros, ellos sintieron que de verdad tenían personas culpables, pero después, cuando llegaron más extranjeros, creo que empezaron a notar algo. Ellos tampoco pueden hablar por la situación que se vive allá, pero yo sí creo que lo saben”.

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Luego de que varios connacionales fueron liberados y de que la caída de Maduro, ocurrida hace poco más de un mes tras el ataque militar de Estados Unidos, provocó la salida de varios presos, una frase resonó en su cabeza: “Ya vamos nosotros, se está moviendo”. Ese 3 de enero, día en el que se ejecutaron los bombardeos, sintió el ruido de unos sobrevuelos, pero no le pareció extraño; era algo que había escuchado antes. Lo raro fue que ese fin de semana los venezolanos dejaron de tener visitas y solo hasta unos días después, cuando esos encuentros se restablecieron, el grito “se llevaron a Maduro” se esparció por los rincones de la prisión. Con ello empezaron las liberaciones, que no veía desde los casos de los estadounidenses y los colombianos. La ilusión creció y, finalmente, llegó su turno de salir.

Anhela contactarse con su compañero de celda, David Gutenberg, quien quedó libre después de la reunión que sostuvo Maduro en el Palacio de Miraflores con Richard Grenell, enviado para asuntos especiales de la Casa Blanca, y no descarta seguir con su trabajo humanitario. Sin embargo, su preocupación mayor, además de asentarse en su casa y de recuperar sus papeles y su vida, tiene que ver con los colombianos que aún permanecen presos en Venezuela: “Un compañero lo dijo: ‘Nosotros seguimos secuestrados hasta que ellos salgan’”.

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