En su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump puso al mundo de rodillas. Inició una guerra arancelaria; amenazó con anexarse varios territorios soberanos; condicionó los procesos de visado con decenas de naciones, incluso aliadas; intervino en guerras y sentó bases para polémicos acuerdos de paz, mientras autorizaba un récord de ataques militares en el extranjero (más que su antecesor, Joe Biden, durante todo su gobierno). Esto último mientras reclamaba como suyo el premio Nobel de Paz.
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A nivel interno también se sintió el sacudón: marginó al Congreso; desmanteló y reestructuró las agencias del Estado; y desplegó fuerzas federales en estados de la oposición, mientras fortalecía la operación de una agencia leal a él para ejecutar una operación masiva de deportación contra migrantes en EE. UU.; intervino en el sistema educativo y se tomó, sigilosamente, el poder judicial. Todo mientras indultaba a quienes irrumpieron el 6 de enero de 2021 en el Capitolio. Pero pasó mucho, mucho más, razón por la que los medios de comunicación no dieron abasto. Acá hay una breve compilación de decisiones que tomó Trump y que son de igual manera significativas, pero que no alcanzaron a ocupar las primeras planas.
¿Protección de ballenas?
Trump suspendió permisos para la exploración de la energía eólica, especialmente la marina, una industria que hoy ya aporta el 10 % de la electricidad al país. Congeló arrendamientos y detuvo proyectos ya avanzados, según él, por el impacto medioambiental que esta tiene. El republicano sostiene que los parques eólicos vuelven locas a las ballenas y dañan su sistema de orientación, una idea desestimada por los científicos. Es algo contradictorio, ya que el Departamento del Interior retiró los fondos a dos programas de investigación vitales para la protección de estos mamíferos. La realidad es que Trump ha usado el ambientalismo como una forma de proteger a otra industria: la de los combustibles fósiles. La batalla por la energía eólica está ahora en los tribunales, donde incluso los jueces que ha puesto Trump han rechazado sus teorías.
Experimentación en animales
Trump impulsó un recorte acelerado de la experimentación en monos y otros animales en laboratorios federales, cancelando fondos, cerrando centros con primates y promoviendo alternativas como organoides y modelos con inteligencia artificial. La ruta, liderada por el secretario Robert F. Kennedy Jr., ha sido celebrada por grupos animalistas y ha abierto un inesperado frente de apoyo político. Sin embargo, no son buenas noticias del todo. Expertos como Melanie D. G. Kaplan, periodista especializada en ciencia que ha documentado muy bien este tema, advierten que la transición va más rápido que la evidencia, pues las alternativas todavía no reemplazan a los animales en áreas complejas y la falta de datos claros sobre cuántos animales se usan dificulta medir el impacto real.
Ministerio del Deporte
Además de reavivar su pulso con la NFL, criticando sus medidas de seguridad y presionando lo que llama el “woke deportivo”, Trump ha tomado medidas concretas sobre el deporte. En cuanto al golf, está tomando el control de los campos públicos para practicar este deporte en la capital, que de por sí ya tenía barreras de exclusividad para el público. Los ojos están puestos sobre el Langston, el primer campo construido para golfistas negros, ante posibles reformas. Además, formó un Grupo de Trabajo, que algunos han equiparado con un ministerio de deportes que funciona en otros países, encargado de coordinar la seguridad y la tramitación de visados para grandes gestas como el Mundial de fútbol de 2026 y los Juegos Olímpicos de 2028, pero también para los torneos locales.
Arquitectura
Además de querer reformar los campos de golf, Trump ha puesto su dedo sobre varias estructuras de la capital estadounidense: demolió el Ala Este, el Jardín de Rosas y el Despacho Oval de la Casa Blanca y el Centro de Operaciones de Emergencia Presidencial (PEOC), también conocido como la “fortaleza invisible” o el búnker presidencial. Todas inversiones millonarias que, dice, se hacen gracias a donaciones y no al contribuyente, lo que hace más escandalosa la remodelación. También renovó la sede de la Reserva Federal.
Ahora vienen más cambios, pues creó una lista de “edificios ofensivos a la vista” que serán demolidos, como el del FBI. Pero lo más destacado es que dejó de considerar la arquitectura como carrera profesional y la libertad creativa, pues cada cambio que se haga en edificios federales debe priorizar el estilo neoclásico y grecorromano, algo que quiere aplicar en la construcción de un modelo del Arco del Triunfo en la entrada de Washington para la celebración de los 250 años de la independencia.
Albergues y viviendas
Impulsó un giro drástico sobre la política de falta de vivienda, recortando fondos a la vivienda permanente y redirigiéndolos a viviendas transitorias y albergues condicionados a requisitos de trabajo, sobriedad y tratamiento contra las drogas. Esto, en la práctica, significa que hasta 170.000 personas sin vivienda estable podrían quedar sin techo, especialmente quienes no cuenten con redes de apoyo que les ayuden a cumplir las condiciones. Aquellas con discapacidades crónicas que dependen de apoyo continuo, serán las más afectadas. Para expertos en control de drogas y autoridades locales, esto es un error, pues advierten que no tener techo aumentaría la indigencia, las recaídas y, a su vez, el gasto público.
“Libertad energética”
El gobierno eliminó las restricciones de flujo de agua en inodoros y duchas, alegando que las normas de ahorro obligaban a los usuarios a repetir descargas innecesarias. Simultáneamente, rescató las bombillas incandescentes, rechazando la luz LED por su costo y estética, y autorizó lavavajillas de “ciclo rápido” para reducir esperas de tres horas. Además, blindó el uso de estufas de gas y frenó la regulación de aires acondicionados. De esta manera, convirtió la mayoría de los electrodomésticos en símbolos de “libertad energética”.
Nutricionismo y propaganda
Trump revirtió las reglas que prohibían la leche entera en los almuerzos escolares y ahora permite servir leche entera y tipo reducida al 2 %, alineándose con nuevas guías alimentarias que revalorizan los lácteos enteros y que refuerzan el mensaje de “volver a lo natural”. El impacto nutricional es limitado, pero la medida no solo simboliza el rechazo de Trump a políticas de salud pública de las eras demócratas, sino también algo más inquietante. Desde hace casi un siglo, la leche entera ha sido usada en EE. UU. como símbolo de superioridad blanca, asociando la tolerancia a la lactosa con fortaleza física, intelectual y racial.
La extrema derecha retomó ese imaginario en 2017, cuando neonazis y figuras del “derecha alternativa” la adoptaron como emblema de pureza blanca frente a poblaciones racializadas. Hay otros guiños documentados interpretados como simbología supremacista. El Departamento de Seguridad Nacional publicó la frase “We’ll have our home again” (Tenemos nuestro hogar de vuelta), tomada de una canción usada por Proud Boys y otros grupos supremacistas, mientras que el Departamento del Trabajo difundió el mensaje “Una tierra. Una persona. Una herencia”, comparado inmediatamente con el lema nazi “Una persona. Un Reich. Un líder”. La Casa Blanca también hizo lo mismo con un mensaje sobre Groenlandia.
Analistas sostienen que, si bien puede ser un caso real de apología al nazismo, también existe la posibilidad de que estos elementos tan controvertidos como la lucha por la leche entera sean apenas distractores para dirigir la atención del público de debates más cruciales.
Derechos electorales
Algunos estados están redibujando sus mapas electorales para condicionar los resultados de antemano en las próximas elecciones legislativas. Sin embargo, el mayor golpe a la democracia viene del Departamento de Justicia, el cual abrió un nuevo frente electoral al exigir a al menos 43 estados listas completas de votantes, con datos sensibles como fechas de nacimiento y números parciales de seguro social, bajo el argumento de la “integridad electoral”. Expertos consideran que se busca crear la sensación de que el sistema es sospechoso. Aunque los números muestren que el fraude es mínimo o inexistente, cada revisión, demanda o cambio de regla se convierte en munición política para decir que las elecciones “no son confiables”, una narrativa que ha tenido resultados explosivos en el pasado.
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