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Trump, “Nueva América” y su mapa de nuevos nombres: así busca “americanizar” territorios

Donald Trump vuelve a cuestionar nombres geográficos. Tras el Golfo de México y el lago Ontario, ahora propone cambiar el nombre de Nuevo México.

Laura Henao Arévalo

07 de septiembre de 2026 - 04:00 p. m.
Trump comparte un mapa que cambia el nombre de Nuevo México a “Nueva América”.
Foto: Redes sociales
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Donald Trump ha convertido el cambio de nombres geográficos en una de sus recurrentes apuestas políticas. Después de impulsar que el Golfo de México sea llamado “Golfo de América”, el presidente estadounidense volvió a generar polémica al sugerir ahora que Nuevo México, uno de los 50 estados del país, pase a llamarse “Nueva América”.

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La propuesta surgió de una imagen que Trump compartió en Truth Social y que muestra un mapa de Nuevo México con la palabra “Mexico” tachada en rojo y sustituida por “America”. Posteriormente, la Casa Blanca difundió la misma imagen en su cuenta oficial de X. Ninguna de las dos publicaciones ofreció una explicación sobre la intención del mensaje ni detalló si existe algún plan para modificar oficialmente el nombre del estado.

Hasta el momento, el Gobierno estadounidense no ha anunciado formalmente ningún proceso para modificar el nombre del estado. La propuesta, por ahora, permanece en el terreno de las declaraciones y publicaciones de Trump.

El episodio se suma a una serie de iniciativas y propuestas con las que el mandatario ha buscado modificar nombres geográficos dentro y fuera de Estados Unidos. El primer caso fue el del Golfo de México, que Trump ordenó denominar “Golfo de América” en enero de 2025. Aunque la medida tiene alcance únicamente sobre la nomenclatura utilizada por el Gobierno estadounidense, el cambio también llegó a los mapas digitales.

Google, por ejemplo, comenzó a mostrar “Golfo de América” a los usuarios en Estados Unidos, mientras que en México mantiene “Golfo de México” y en otros países aparecen ambas denominaciones.

La decisión provocó un enfrentamiento entre la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, y Google. El Gobierno de México envió una carta a la compañía para cuestionar que el cambio se extendiera a zonas marítimas que también corresponden a México y Cuba. Sheinbaum sostuvo que la orden de Trump solo podía aplicarse a la plataforma continental estadounidense y advirtió que Google no tenía facultades para modificar el nombre de las zonas del golfo bajo jurisdicción mexicana.

Ese mismo día, Trump también recuperó el nombre de Monte McKinley para la montaña de Alaska conocida oficialmente como Denali desde 2015. La decisión revirtió la medida adoptada durante la administración de Barack Obama y volvió a utilizar el nombre con el que la montaña había sido conocida oficialmente en Estados Unidos durante décadas. “Denali”, por su parte, tiene raíces en las lenguas de los pueblos indígenas de Alaska.

Más recientemente, en agosto de este año, Trump volvió a recurrir a esta estrategia al firmar una orden ejecutiva para que el lago Ontario, compartido por Estados Unidos y Canadá, fuera denominado “Lago América” en el ámbito federal estadounidense. La decisión se produjo en medio de nuevas tensiones comerciales con Canadá y fue rechazada por autoridades de ese país. Al igual que ocurrió con el Golfo de México, los servicios de mapas comenzaron a mostrar nombres diferentes dependiendo del país desde el que se realizaba la consulta.

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El anuncio coincidió con el colapso de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y Canadá, lo que alimentó la percepción de que el gesto no era casual, sino que hacía parte de una escalada simbólica en medio del deterioro de las relaciones bilaterales. El primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió con firmeza y aseguró que el lago seguirá llamándose Ontario “para siempre”. También recordó que este nombre antecede en más de 400 años a la fundación de Estados Unidos y Canadá.

Por su parte, la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, rechazó tajantemente la orden ejecutiva del presidente y aseguró que cambiar el nombre del lago “es una distracción absurda que no resuelve los problemas reales de los ciudadanos”. Además, afirmó que Nueva York seguirá refiriéndose a este como lago Ontario.

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La disputa tuvo un doble costo político para Trump. Por un lado, contribuyó a tensionar aún más la relación con Canadá, que ya estaba deteriorada por la disputa comercial y los aranceles. Por otro, la propuesta fue recibida con burlas y críticas incluso dentro de Estados Unidos, lo que terminó desviando la atención del mensaje de autoridad que Trump buscaba proyectar. En lugar de consolidarse como una demostración de poder estadounidense, el cambio de nombre se convirtió también en objeto de parodias y cuestionamientos, lo que puede reducir su efectividad como herramienta de posicionamiento político.

En términos administrativos, el decreto sí estableció un plazo de 30 días para actualizar los mapas, registros y documentos oficiales del Gobierno estadounidense. Sin embargo, estos cambios no modifican por sí mismos las denominaciones reconocidas internacionalmente ni obligan a otros países a adoptar los nuevos nombres.

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Pocos días después, Trump llevó esta estrategia un paso más allá. En septiembre sugirió en Truth Social que el Estrecho de Ormuz podría pasar a llamarse “Estrecho de Trump”, bajo el argumento de que Estados Unidos tenía el control de esta estratégica vía marítima. La propuesta apareció en medio de la escalada militar con Irán y, al igual que ocurre con otros nombres utilizados fuera del territorio estadounidense, no constituye por sí misma un cambio internacional de la denominación del estrecho.

Más allá de que algunos de estos cambios tengan efectos administrativos y otros se hayan quedado en propuestas o provocaciones en redes sociales, los episodios comparten una misma lógica política: reemplazar nombres asociados con otras identidades, pueblos o países por denominaciones que refuercen una idea de identidad estadounidense dominante.

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El caso de Nuevo México es especialmente llamativo porque no se trata de un lugar fuera de Estados Unidos, sino del nombre de uno de sus propios estados. Nuevo México es una referencia histórica a México que existe desde mucho antes de la creación del estado. De hecho, Estados Unidos no impuso este nombre al incorporar el territorio, sino que heredó una denominación que ya tenía siglos de historia.

El nombre comenzó a utilizarse en el siglo XVI, durante el periodo colonial español, y se mantuvo después de la independencia de México. Cuando Estados Unidos tomó el control de la región tras la guerra entre ambos países y el Tratado de Guadalupe Hidalgo, en 1848, la denominación ya estaba profundamente ligada a la historia y a la población hispana del territorio. Por eso, cuando Nuevo México se convirtió en estado en 1912, Estados Unidos conservó el nombre que ya existía.

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La propuesta también ha despertado críticas dentro de Estados Unidos. Los opositores de Trump consideran que funciona como una distracción frente a los problemas que enfrenta su administración, entre ellos la guerra con Irán, el aumento de los precios y la ofensiva migratoria.

La gobernadora de Nuevo México, Michelle Lujan Grisham, cuestionó la iniciativa y afirmó que, mientras el presidente intenta distraer a los estadounidenses de lo que calificó como su “desastrosa guerra en Irán”, los precios de la gasolina siguen aumentando. También hizo referencia al costo de los alimentos y a las dificultades para acceder a servicios de salud.

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El senador Martin Heinrich resumió el rechazo simbólico a las propuestas de Trump con una frase que reúne los principales episodios de esta disputa por los nombres: “Tres cosas que siempre llamaré por sus nombres reales: el Golfo de México, el lago Ontario, Nuevo México”.

Más allá de las polémicas, la seguidilla de cambios y propuestas de Trump muestra que los nombres también pueden ser una forma de poder. No es casual que aparezcan en medio de tensiones con Canadá, Irán o México, pero el patrón también se repite dentro de Estados Unidos, como ocurrió con el regreso de McKinley en lugar de Denali o ahora con la propuesta de cambiar Nuevo México. En todos estos casos, se ponen en juego nombres que representan historia, identidad y pertenencia, y que Trump busca reemplazar por otros más ligados a una idea de identidad estadounidense.

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Por Laura Henao Arévalo

Periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente integra la sección internacional, donde cubre y analiza conflictos globales con un enfoque en género y derechos humanos.@lauraaahenaolhenao@elespectador.com
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