Un grupo de mercenarios colombianos murió en un ataque ruso en la frontera de la región de Járkov, del que no se sabe con certeza cuál fue el número exacto de víctimas mortales. Los informes, dados por una fuente citada por la agencia RIA Novosti, indicaron que ellos fueron emboscados y, tras decidir no rendirse, resultaron muertos en medio de un tiroteo. La decisión de los rusos fue no usar drones, sino armas pequeñas. En la inspección a sus pertenencias fueron encontrados los pasaportes colombianos, que luego fueron entregados al cuartel general.
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Pero esta no es la primera vez que algo así ocurre: apenas en diciembre pasado, el Ejército ruso aseguró haber “liquidado” una unidad de mercenarios colombianos durante los combates en la misma región fronteriza. En esa ocasión, de acuerdo con lo dicho por la agencia TASS, la ofensiva ocurrió en la ciudad de Vovchansk y fue llevada a cabo por las tropas de la agrupación militar Séver, la misma que perpetró la más reciente emboscada.
En 2024 se conoció que un santandereano también murió en la guerra. Según lo relató su familia al diario La Vanguardia, Wilmer Martínez Vásquez falleció en un bombardeo en la localidad ucraniana de Kurajovo, en el óblast de Donetsk, cuando descansaba con otros tres connacionales. Sus allegados se enteraron por un compañero, no por el Ejército ucraniano. De hecho, varias denuncias apuntan a que muchos de ellos han quedado en las filas como carne de cañón y desprotegidos en un país donde ni siquiera hay representación consular. Después, el drama es lograr la repatriación de los cuerpos, que muchas veces no es posible hacer porque quedan irreconocibles o atrapados entre el fuego cruzado.
Maksym Butkevych, veterano y exprisionero de guerra, no recuerda haber escuchado o visto casos de colombianos muertos en la zona de batalla, donde estuvo antes de ser detenido por las fuerzas rusas. Esas historias las ha conocido a través de las noticias. En cambio, Carlos Giraldo, un colombiano que estuvo allá entre 2024 y 2025, no olvida que su mejor amigo falleció en una ofensiva. Su tarea era hacer un reconocimiento de las trincheras en la región del Dombás, pero no alcanzó a cumplir con eso. Un bombardeo, seguido por un asalto, culminó en unos combates que duraron más de 15 días. Él, al que consideró su principal guía en suelo ucraniano, falleció en medio de ello.
Esa es la muerte que más lo marcó y la que aún, meses después de haber regresado a su casa, sigue teniendo viva en su cabeza. Sin embargo, no es la única. Él recuerda unas que se dieron en Zaporiyia, donde, a pesar de estar en lo que ellos llaman “casas seguras”, al menos dos colombianos perdieron la vida, además de que otros quedaron heridos. Los drones también dejaron víctimas mortales en Jersón, aunque eso se puede dar en cualquier parte, pues ningún lugar del país es seguro, por más lejos que se esté de la línea del frente.
Eso es algo usual, advirtió Giraldo. Y es que, de acuerdo con lo dicho por Ivan Fechko, analista sénior para América Latina en el Consejo de Política Exterior Prisma Ucraniano, los colombianos constituyen uno de los grupos más numerosos peleando allí, con una cifra cercana a los 7.000, lo que supera los niveles de cualquier otro Estado. Ahora bien, no hay evidencia de ataques sistemáticos o deliberados contra ellos, pues se enfrentan a los mismos riesgos que los demás, tanto ucranianos como extranjeros.
Eso mismo detalló Ruslán Spírin, representante especial de Ucrania para Latinoamérica, quien mencionó que los ataques regulares ordenados desde Moscú contra posiciones militares y ciudades ucranianas, especialmente en regiones como Járkov, no distinguen nacionalidades. Es decir, no hay información oficial que confirme una ofensiva dirigida específicamente contra los colombianos: “Si en determinadas zonas hay presencia de voluntarios de ese país, eso responde a las decisiones individuales de ellos, que han optado por integrarse a la defensa de Ucrania. No hay indicios de que Rusia esté llevando a cabo una campaña selectiva basada en la nacionalidad”.
Giraldo recuerda que solo pasaron cuatro días desde que firmó un contrato con el Ministerio de Defensa ucraniano y llegó al frente de batalla, aunque sabe de otros casos en los cuales los foráneos han recibido al menos un entrenamiento relámpago, de 15 a 20 días, antes de ser llevados hasta allá: “Ellos suponen que los colombianos tenemos mucha experiencia militar, aunque el tipo de guerra allá es diferente a la de acá”. Algunos batallones manejan un adiestramiento de dos a tres meses. A veces no hay una logística suficiente para ciertas misiones, pero los que llegan por medio del voz a voz saben lo que les espera allá: una guerra cruda que no parece estar cerca de un fin definitivo.
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