Entre la guerra que vive Oriente Medio por cuenta de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, así como de la represalia de Teherán que tiene en vilo a varios Estados del Golfo Pérsico, vale la pena recordar las diferencias entre sunitas y chiitas, dos corrientes del islam que están involucradas en las crisis que ocurren a ese lado del mundo. Las tensiones entre unos y otros han sido explotadas por dos rivales regionales: Arabia Saudita e Irán.
Aunque es común que musulmanes sunitas y chiitas se casen entre sí y recen en las mismas mezquitas, pues comparten la fe en el Corán, los dichos del profeta Mahoma y realizan oraciones similares, estos dos grupos difieren en sus rituales e interpretación de la ley islámica.
De los 1.800 millones de musulmanes que se calcula que hay en el mundo (más del 20 % de la población del planeta, concentrados sobre todo en África, Oriente Medio y al sur del sudeste asiático), se estima que casi el 90 % de ellos pertenecen a los sunitas, que se consideran la corriente más tradicional y ortodoxa del islam. Arabia Saudita, Egipto y Jordania son los países con mayoría más clara de ese grupo. En cambio, con cerca de 200 millones de personas, los chiitas se encuentran en Irak, Irán, Baréin, Azerbaiyán, Yemen y Líbano.
La identidad chiita se arraiga en la victimización por el asesinato de Husayn, nieto del profeta Mahoma, en el siglo VII, y en una larga historia de marginación por parte de la mayoría sunita. La secta dominante del islam ha visto con recelo a los chiitas, considerados por los más extremistas como herejes y apóstatas.
¿De dónde nació la división entre sunitas y chiitas?
El centro de pensamiento Consejo de Relaciones Exteriores resume el origen de esta fractura del islam justo en el momento de la muerte de su fundador, en el año 632. El debate sobre su sucesión dividió a la comunidad: algunos argumentaron que el liderazgo debía otorgarse a individuos cualificados, mientras que otros insistieron en que el único gobernante legítimo debía provenir de la línea de sangre de Mahoma.
Un grupo eligió a Abu Bakr, compañero de Mahoma, como primer líder de la comunidad islámica, a pesar de las objeciones de quienes favorecían a Ali ibn Abi Talib, primo y yerno del profeta. Los chiitas, entonces, creen que Ali y sus descendientes forman parte de un orden divino. Los sunitas, en cambio, se oponen a la sucesión política basada en el linaje de Mahoma.
Los sunitas lideraron los primeros nueve siglos del dominio islámico (excluyendo la dinastía fatimí chiita) hasta el establecimiento de la dinastía safávida, en Persia, en 1501. Los safávidas hicieron del islam chiita la religión del Estado y durante los dos siguientes siglos lucharon contra los otomanos, sede del califato sunita. A medida que estos imperios se desvanecían, sus batallas definieron aproximadamente las fronteras políticas de los actuales Irán y Turquía para el siglo XVII, y sus legados dieron lugar a la actual distribución demográfica de las sectas islámicas.
El nombre sunita proviene de la expresión “Ahl al-Sunna”: la gente de la tradición. En este caso, la tradición hace referencia a prácticas derivadas de las acciones del profeta Mahoma y sus allegados. Así, los sunitas veneran a todos los profetas mencionados en el Corán, pero particularmente a Mahoma, quien es considerado el profeta definitivo. Los subsecuentes líderes musulmanes son vistos como figuras temporales. En contraste con la otra corriente del islam, los maestros y líderes religiosos sunitas han sido históricamente controlados por el Estado.
El término chiita, por su parte, viene de “Shiat Ali”: partido de Ali. Él era el yerno del profeta Mahoma y quien, según este grupo, debía liderar a los musulmanes, así como sus descendientes. Ali murió asesinado como resultado de las intrigas, violencia y guerras civiles que marcaron su califato. A sus hijos, Hassan y Hussein, se les negó lo que ellos consideraban su derecho legítimo de sucederlo. Estos eventos están detrás del concepto chiita de martirio y de sus rituales de duelo.
¿Qué tiene que ver la división de sunitas y chiitas con los conflictos políticos en Oriente Medio?
En los países gobernados por sunitas, los chiitas, por lo general, se cuentan entre los más pobres de la sociedad y se ven a sí mismos como víctimas de opresión y discriminación, se lee en la BBC.
La revolución iraní de 1979 lanzó una agenda islamista radical de tipo chiita que quiso retar a los gobiernos sunitas conservadores, particularmente en el Golfo Pérsico. La política de Teherán de apoyar a partidos y milicias chiitas más allá de sus fronteras fue compensada por los Estados del Golfo con más apoyo a gobiernos y movimientos sunitas en el exterior.
Por ejemplo, durante la guerra civil en Líbano, los chiitas adquirieron protagonismo gracias a las acciones militares de Hezbolá. Extremistas sunitas, como el talibán, hicieron lo suyo en Pakistán y Afganistán, donde han atacado los lugares de culto de los chiitas.
Arabia Saudita apoyó a Irak en la guerra de 1980-1988 contra Irán y patrocinó a militantes en Pakistán y Afganistán que luchaban principalmente contra la Unión Soviética, que había invadido a ese último en 1979, pero también reprimían a los movimientos chiitas inspirados o respaldados por Teherán.
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