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Farhad Sheikhi, activista iraní, contiene las lágrimas al recordar el estruendo de los disparos y la caída de sus compañeros abatidos a balazos. Ahora, tras huir a Irak, observa a distancia los ataques estadounidenses e israelíes contra su país.
“Literalmente, vi el infierno”, afirma este kurdo de 34 años en Sulaimaniyah, segunda ciudad del Kurdistán iraquí, mientras muestra las fotos que tomó en las protestas antigubernamentales de enero, en las que se ve a numerosas personas junto a charcos de sangre.
Pero su mayor preocupación actual es la seguridad de su familia en Irán. Con el apagón cibernético en el país, dice que depende de un amigo que ocasionalmente logra conectarse: “Él llama a mi padre y me cuenta cómo están. Es la única forma de tener noticias de ellos”.
Regresar ya no es opción para Sheikhi, cuyo sueño ahora es viajar a Alemania a concluir sus estudios de derecho. Ahora, que la guerra entra en su tercera semana, dice que la gente es más cautelosa y enfrenta condiciones de vida más difíciles. Aun así, no pierde la esperanza de que “un día una revolución social me permita volver, pero, por ahora, el riesgo es demasiado grande”.
Tras la violenta represión con que las autoridades respondieron a las protestas de enero en Irán, que según organizaciones de derechos humanos se saldaron con miles de muertos, Sheikhi huyó a la región autónoma del Kurdistán iraquí.
La de enero no fue la primera ocasión en la que participó en protestas contra las autoridades iraníes. En 2022 se sumó a las grandes multitudes que tomaron las calles para protestar por la muerte de la joven Mahsa Amini, que murió bajo custodia luego de ser arrestada por supuestamente infringir el estricto código de vestimenta impuesto a las mujeres.
Entonces fue detenido tres veces y sometido a torturas que le causaron la pérdida auditiva. No se detuvo: en diciembre y enero volvió a salir a las calles a protestar contra el régimen. “La represión de la gente, la matanza, fue masiva. Yo mismo lo vi”, expresó.
“Incluso si muero, defiendan sus derechos”: el pedido de un iraní a su familia
Durante las protestas de 2022, Aresto Pasbar fue alcanzado por perdigones que lo dejaron ciego del ojo izquierdo. “He tenido cinco cirugías”, contó este hombre de 38 años desde Sulaimaniyah, Irak.
Temiendo por su vida, huyó a Turquía, donde fue interceptado intentando llegar ilegalmente a Europa por el mar. Una organización humanitaria con sede en Múnich lo ayudó en 2023 a obtener asilo en Alemania.
Desde allí siguió de cerca la situación en Irán. Sufrió viendo la represión de las protestas, al punto que no lo soportó más. Cuando estalló la guerra, dejó atrás la comodidad de Alemania para sumarse a los combatientes kurdos iraníes en el Kurdistán iraquí, esperando un día cruzar la frontera a Irán, aprovechando la guerra actual.
Con voz firme, dice que “no podía permanecer en esa comodidad y ver cómo mi gente era oprimida”. Vestido con la tradicional fatiga gris de los kurdos y con fusil en mano, asegura ser consciente de que podría no volver a ver a su esposa y a sus dos hijas. Recuerda que antes de partir les dijo: “Incluso si muero, por favor, defiendan sus derechos”.
Un sentimiento de venganza contra la República Islámica
En 2005, cuando el esposo de Amina Kadri, Ikbal, huyó de Irán por la persecución política, su familia esperaba que el Kurdistán iraquí fuera un refugio seguro.
Pero 15 años después, Ikbal, entonces de 57 años y miembro de un grupo armado kurdo iraní en el exilio, fue asesinado cerca de la frontera entre Irán e Irak.
Los atacantes le dispararon, dejaron su cuerpo en un río y huyeron en moto a Irán, dijo Kadri citando a testigos del asesinato. Ella acusa a Irán de ser responsable del hecho.
Apenas 53 días después, el hijo mayor de Kadri, quien había permanecido en Irán, fue ejecutado por asesinato. Ella considera que fue un montaje: “Ya no me importa lo que me ocurra a mí”.
“Mi vida no es más valiosa que la de mi hijo o la de mi esposo”, dice esta mujer de 61 años hablando por teléfono desde Penjwen, un poblado fronterizo donde las fuerzas kurdas impidieron la entrada de un equipo de AFP por motivos de seguridad. Ahora solo desea la caída de la República Islámica para poder “vengar la sangre de todos los que han sido ejecutados”.
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