
Hace 25 años, tras el colapso de las Torres Gemelas por los ataques del 11 de septiembre, Nueva York presenció el mayor despliegue de perros de rescate registrado hasta ese momento. Cerca de 300 canes entrenados llegaron a la Zona Cero para trabajar en turnos de hasta catorce horas con el objetivo de encontrar supervivientes. Sin embargo, en cuestión de días, estos comenzaron a mostrar síntomas inesperados para los veterinarios del lugar: tristeza, apatía y rechazo a la comida.
De inmediato, los socorristas y guías atendieron las señales de alarma. Aunque la mayoría evitaba acudir al personal médico y psicológico asignado en la zona para atender sus propios traumas, a sus perros no les dieron ni un minuto de espera y los llevaban a una revisión rigurosa, según recuerda la Dra. Amy Attas, veterinaria neoyorquina presente en el lugar.
"Ellos venían porque tenían que hacerle el chequeo obligatorio a su perro, antes y después de cada turno. Pero yo sé que habrían venido de todas formas, aunque no fuera obligatorio, porque querían asegurarse de que sus perros estuvieran bien. El problema es que cuidaban a sus perros, pero no se cuidaban a sí mismos”, cuenta la doctora.
La primera sospecha apuntaba a un problema físico, pues el aire era notablemente de pésima calidad para cualquiera en la zona. Attas cuenta que todos en el equipo de rescate aprendieron el cálculo rápido: una botella de gaseosa tardaba solo 30 segundos afuera antes de cubrirse por completo de polvo, que incluía material pulverizado y hasta cenizas de las víctimas. Así que no había tiempo que perder.
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“Estábamos estacionados a dos cuadras de distancia de las torres, y cuando pasaban los camiones retirando el metal, podíamos sentir la temperatura del aire subir varios grados a nuestro alrededor", recuerda Attas. "Era literalmente una escena del Infierno de Dante, sentías el infierno rodeándote”, agrega.
Allí se instaló una unidad veterinaria junto a los hospitales militares de campaña (MASH), que empleaba tanques de gas propano para calentar el agua con la que se desinfectaba a los animales contaminados. Pero los exámenes confirmaron que la salud física de los animales era buena. Al descartar cualquier patología, la conclusión fue todavía más inquietante: con el paso de los días, los perros entraron en un cuadro de depresión provocado por la constante frustración de no encontrar sobrevivientes entre los escombros.
Attas, quien ingresó como voluntaria a la Zona Cero con escolta policial, la única manera de acercarse al lugar, explicó que estos animales están condicionados a recibir una recompensa tras localizar personas con vida. Por lo tanto, al no cumplir con el propósito para el que fueron entrenados, perdieron la motivación.
Para contrarrestar este colapso emocional, el equipo decidió improvisar. La Dra. Attas relata que se hizo un llamado público para recolectar pelotas y frisbees, logrando habilitar una especie de “parque para perros”, donde podían quitarse el arnés y comportarse como mascotas. Cuando esto no fue suficiente, sus guías comenzaron a esconderse entre las estructuras para ser encontrados, simulando victorias que les devolvieran el entusiasmo. Es, según describe la experta, un mecanismo universal.
"Esto funciona también para nosotros. No puedes estar deprimido todo el tiempo. En algún momento tienes que darte una recompensa a ti mismo", dice Attas. "Para muchos de nosotros, esa recompensa es ver bien a nuestros animales”, agrega.
Pero lo más sorpresivo de esta iniciativa para atender a los animales es que la carpa veterinaria terminó beneficiando también a los humanos. Attas dice que esta se convirtió en un refugio de salud mental para los propios rescatistas, quienes poco a poco se fueron abriendo con los veterinarios sobre lo que estaban sintiendo y desahogaban su propia angustia. Esta situación llevó a los terapeutas a integrarse discretamente en las mesas de atención canina para brindar apoyo emocional mientras se examinaba a los animales.
"Muchos de los guías nos decían cosas como: ‘eso fue muy deprimente'", recuerda Attas, quien empezó a atender así también a los humanos.
Ella cree que le hablaban a ella y no a los psicólogos, por la misma razón que ve todos los días en su consulta: "la gente confía en el médico que cuida a su mascota, aunque yo no estudié psicología ni medicina humana. Solo tengo sentido común”. Hoy cree que debería haber estudiado psiquiatría, "una habilidad que me habría sido muy útil", sobre todo ahora que la gente está cada día más conectada con sus animales.
"Entrenar a cualquiera de estos perros profesionales requiere un vínculo enorme entre el humano y el animal. Son meses, incluso años, de entrenamiento y comunicación entre ellos. Así que cuando sus perros estaban deprimidos, el guía estaba deprimido, sin ninguna duda”, explica. No había un perro triste y un humano triste por separado. Había una sola tristeza.
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Attas da fe del impacto que recibieron los grupos de ayuda porque ella misma lo vivió. Durante los días del operativo, la urgencia de ayudar actuó como un escudo emocional, pero fue al retirarse de la Zona Cero y retomar la rutina cuando el impacto psicológico y la dimensión de la tragedia terminaron de asimilarse.
“Durante todo el año siguiente, cada vez que visitaba a un cliente por primera vez desde el 11 de septiembre, me enteraba de quién había muerto en las torres", relata Attas. "Llegaba a una casa, veía a la esposa y descubría que nueve meses antes su marido había muerto en el World Trade Center. Fue como revivir el 11-S día a día, durante un año entero”, agrega.
Lo vivido durante esas semanas transformó a quienes estuvieron allí y marcó un hito en la comprensión científica del trabajo con canes. Especialistas como la Dra. Cindy Otto comenzaron a investigar a fondo qué convierte a un perro en un buscador excepcional, dando origen al Working Dog Center de la Universidad de Pensilvania.
“No les damos suficiente crédito por lo brillantes que son", dice Attas.
Aquella tragedia demostró la extraordinaria capacidad de estos animales, impulsando programas que hoy entrenan a perros no solo para tareas de rescate, sino para detectar enfermedades como el cáncer o alertar a pacientes antes de sufrir crisis médicas severas.
"Esto es increíble. La ciencia médica no puede hacer esto, pero algo peludo con orejas y cola sí puede, y eso es simplemente inconcebible", resume Attas.
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Manuel(66071)•13 de septiembre de 2026 – 10:01Ahora comprendo por qué las pelotas de su DIVINA GRACIA que llevó a los damnificados del terremoto tenían un ALTÍSIMO PAPEL PARA RESOLVER EL ESTADO EMOCIONAL DEL LOS QUE QUEDARON SIN CASA, ESCUELA O MARIDO.