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“Un campo de concentración”: el calvario que vivió un ucraniano en una cárcel de Venezuela

Yevhenii Petrovich Trush carga con un doble peso: el dolor por la guerra que vive su país por la invasión rusa y el sufrimiento de haber estado privado de su libertad en suelo venezolano. Se fue a perseguir un amor, cayó preso y ahora está en Colombia tratando de reconstruir su vida.

María José Noriega Ramírez

26 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
La venezolana Ariadny González y el ucraniano Yevhenii Petrovich Trush se conocieron en una aplicación de aprendizaje de idiomas. Ambos comparten el gusto por la música.
Foto: El Espectador
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Lo sometieron a una prueba de polígrafo para preguntarle si había llegado a Venezuela para atentar contra Nicolás Maduro o para hacer espionaje. Quisieron saber si tenía reuniones con la oposición y con miembros de seguridad extranjera para entregarles información secreta. El ucraniano Yevhenii Petrovich Trush llegó en octubre de 2024 a la frontera colombo-venezolana para preguntar cómo obtener refugio. Su plan era llegar hasta Carabobo, a encontrarse con su novia, Ariadny González, pero eso nunca sucedió: agentes de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) lo detuvieron sin explicación alguna y permaneció desaparecido por más de un año. De Maduro solo sabía que “era un presidente, no más”, y de Venezuela le atraía la cascada Salto Ángel. Pero en lugar de ver por primera vez a su pareja tras varios años de relación a distancia, e incluso de conocer esa caída ininterrumpida de agua de la que había escuchado hablar, terminó preso en una de las cárceles más temidas del país: El Rodeo I.

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Le hicieron firmar un papel que decía que sus derechos no habían sido violados, pero justo después de eso vio cómo agentes de la DGCIM, “armados hasta los dientes”, con cascos, chalecos y fusiles, lo encapucharon y lo hicieron subir a un carro en compañía de dos peruanos, una colombiana y un uruguayo. Fue cuestión de días desde que ocurrió su secuestro, como él lo califica, para llegar a esa prisión conocida por las denuncias de tratos crueles, inhumanos y degradantes, además de posibles torturas. No le dieron nada: ni cepillo, ni desodorante, ni jabón. “Es un campo de concentración”, esas fueron las palabras que usó para describir esa cárcel: “Allí duermes prácticamente en el suelo, en una celda de dos metros por tres metros que lo es todo: el baño, con la letrina pegada al delgado colchón, y el sitio donde comes. Cuando nos sacaban al patio, les encantaba torturarnos bajo el sol. Nos dejaban encapuchados, esposados y con la cabeza hacia abajo”.

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Las horas pasaban y, en el intento de no hablar sobre aquello que no podía cambiar, conoció a Alejandro Pruna Rodríguez, un cubano con el que conversó de música, en especial de rock y metal, y a Nahuel Gallo, sobre quien dijo que era imposible no saber quién era porque gritaba “Argentina” por todo el pasillo. También se encontró con varios colombianos, entre ellos Manuel Alejandro Tique, con quien, de celda a celda, una frente a la otra, encontró la forma de jugar parqués y ajedrez, aunque para eso tuvo que pintar con crema dental blanca y con otros materiales la placa de su cama. Levantarse cada día era lo más duro. Si en las noches soñaba con Ariadny, el grito de los agentes lo despertaba y lo regresaba a su realidad: una celda oscura. La esperanza la sintió más fuerte cuando, dos o tres días antes de su liberación, ocurrida en enero de este año, lo levantó el canto al unísono del himno nacional de Venezuela y pensó: “No puede ser, estamos saliendo”.

Ella lo esperaba afuera. A los años de relación a distancia se sumó uno más por su desaparición en Venezuela. Ariadny, que desde niña ha estado interesada por el mundo del arte, se había preparado para el momento de verse cara a cara con él. Ya había aprendido algo del hopak, un baile típico ucraniano, y escribió una canción para cuando llegara a Venezuela. “Tenía algo de miedo, sí, pero nosotros no estamos en política, no sabemos nada de eso. Pensábamos que no había xenofobia, pero lo secuestraron. Quedé en shock: no podía creer que mi país hiciera eso, y menos los organismos de seguridad”.

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Su vida quedó en pausa todo ese tiempo. Dejó los estudios y su cuerpo le cobró todo el estrés: se le disparó la insulina y le salieron quistes en los ovarios. Lo único que supo de él fue a través de un mensaje que Yevhenii logró enviarle a finales del año pasado, cuando ya habían pasado más de 12 meses de su captura en la frontera, y otro que le hizo llegar a través de un compañero, quien le repitió la frase “Mi reina de los mares caribeños”. Ese era un código secreto de su relación y cuando lo escuchó supo que era él hablándole a través de ese conocido. Finalmente, no fue en Carabobo, sino en Bogotá, donde lograron juntarse, pues de suelo venezolano voló hasta Cuba y Francia, de donde tomó un vuelo a España para llegar hasta aquí. Fue Colombia, no Venezuela, el escenario de su anhelado encuentro, donde ahora esperan formar una vida. Si no es aquí, será en otro lugar, pero juntos.

Mientras tanto, Yevhenii, que nació en Kiev, pero vivió en Rusia unos años, como es el caso de muchos que tienen una historia compartida de lado y lado, no sabe qué va a pasar con su país. Nunca contempló enlistarse en el Ejército para pelear contra las tropas rusas, pero espera que la paz llegue pronto para los suyos: “Está muriendo mucha gente. La guerra destruye matrimonios y acaba con las familias. Mueren niños y personas inocentes que no tienen nada que ver con la política. Que se acabe la guerra para no tener que migrar y correr riesgos”.

Pero sus pensamientos también van para Venezuela: “Dejen de meter presos a los inocentes. Dejen de secuestrar. Libérenlos a todos”, que es el mismo grito de los familiares de los 644 presos políticos que aún hay del otro lado de la frontera, según la ONG Foro Penal. Sí, el chavismo se interpuso en sus planes, pero ahora canta con Ariadny unos versos que plasman la ilusión de una nueva vida. De su mamá aprendió el gusto por la música, especialmente por la clásica, como Claro de Luna, de Beethoven, y ahora usa ese camino para alejarse del dolor y aferrarse al amor.

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